jueves, noviembre 24, 2011

El hechizo del instante perfecto

A las tres deseaba escribir, pero no me apetecía hacerlo con la Blackberry. A las cuatro había ya abierto el blog, pero alguien ha venido a interrumpirme hasta las siete de la tarde. En mi fuero interno sólo deseaba describir ese momento. En cuanto me he quedado libre y he salido a la calle, casi corriendo, me he acordado de él y le he llamado. Después pensaba en describir los dos momentos, pero eran casi las nueve cuando he salido de la oficina.
¡Vaya tarde! Ni siquiera he tenido un minuto para evocar cada momento de él.

A las dos de la tarde buscaba un sitio para aparcar. No había un hueco libre, pero cuando he visto su coche se me ha pasado por la cabeza que, en última instancia, podía preguntarle (no sé si con mensaje o con llamada) si no iba a ir a comer en ese momento. Entonces he aparcado.
He salido del coche y él venía por la acera. Siempre tan guapo, tan dulce, tan perfecto. Creo que algo en mí me empujaba a caminar más deprisa en su dirección. ¿Es posible que no recuerde cómo iba vestido? Sí que recuerdo su chaqueta, pero no el resto. Lo que sí recuerdo es su rostro, que llevaba gafas de sol (y creo que son otras). Lo recuerdo porque le miraba a los ojos, porque por una vez no me he puesto a mirar a los lados ni al cielo. Le miraba a él, porque su rostro tiene demasiada atracción en mí como para mirar a otro sitio. Pero no miraba sus ojos, sí, pero no podía mirar más allá de las gafas de sol. Sin embargo, ese momento era mágico, especial.
Me he acordado de la otra vez que le vi con la barra de pan. Cuando aún no le conocía, cuando paré el coche para verle pasar y me eché a reír. Cuando no le conocía y ya sentía una total atracción por aquel desconocido de mirada angelical. Entonces sí recuerdo cómo iba vestido, porque tuve ocasión de observarle desde el volante. Pero no sabía su nombre, no podía haberme parado en la calle a hablar con él, como ha ocurrido hoy.
Hoy le miraba, le escuchaba y sentía que mi corazón palpitaba más aprisa. Un cúmulo de sensaciones bailaban al ritmo del timbre sensual de su voz. Y en mi mente se iban moldeando las palabras que confirmaban todas esas sensaciones: “Cuánto le quiero”. Es imposible no quererle. Se hace querer… Más allá de todo lo que yo sienta, es que él se hace querer. Desde el primer momento. Le tenía delante y deseaba cubrirle de besos.
Hoy no esperaba encontrarme con él. Y allí estaba. Guapísimo. Adoro su sonrisa. Me encanta verle sonreír. Cuando le veo sonreír, con esa sonrisa tan franca, tan dulce, me siento bien, porque sé que él se encuentra perfectamente.
Después de unos minutos, cada uno ha proseguido su camino. ¿Cómo me sentía en ese momento en que mis pasos se alejaban de él? Feliz, claro. ¿Cómo iba a sentirme después de haberme encontrado con él? Siempre son agridulces las despedidas, el tiempo se para y nunca sé cuándo tengo que despedirme. De hecho, nunca deseo alejarme de él. Porque desconozco cuándo volveré a saber de él, cuándo nuestros pasos se volverán a cruzar inesperadamente.
He vuelto a pisar el suelo, pero una parte de mí seguía flotando, una parte de mí seguía con él. Y es obvio que, aunque la tarde haya sido un tanto pesada, desde el mismo momento en que me he encontrado con él no he dejado de sonreír ni un segundo. Él me trae una felicidad indescriptible. También me da energía positiva. Siempre que me encuentro con él todo lo que me rodea se cubre de un manto de perfección, de magia, de belleza. ¿Acaso no es el mundo siempre perfecto cuando estamos enamorados? Y estoy enamorada, hace meses que me di cuenta. Cuando me encuentro con él todo ese amor me desborda. Me pregunto si él puede ‘ver’ todo eso. Prefiero no saberlo.

Así que esta tarde, pese al “sinparar”, le dedicaba unos minutos cada poco tiempo y me sentía feliz, completamente hechizada.

Cuando pasadas las siete he tenido un rato libre, he aprovechado para llamarle. Sé que podría haber esperado a mañana. Sé que podría haber hecho otras cosas. Pero pensaba en él, no podía dilatarlo en el tiempo. Caminaba por la calle y, de memoria, iba diciéndole… Escuchaba su voz, y entonces he llegado a mi destino. Y seguía escuchando esa voz tan sensual, que me llegaba como una dulce caricia, y sentía miles de mariposas revoloteando a mi alrededor.
Otra vez tenía que despedirme. No me gustan las despedidas, pero cada vez que tengo que despedirme de él es un cruel suplicio. Me pasaría horas escuchándole. Cuando la conversación ha terminado, me he dado cuenta que mi corazón hoy se ha mantenido silencioso.

Iba caminando hacia el coche cuando he visto el suyo. He sonreído. He mirado hacia el fondo de la calle a ver si venía él. Él siempre se queda hasta más tarde. Venía pensando en él, en un día que ha terminado siendo largo, pero no importa, él ha dado color a este día, él estaba presente, casi tan cerca…

Es adorable. 

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