domingo, febrero 28, 2010

La estrella más brillante


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El último libro de Marian Keyes es diferente a los otros, porque profundiza en la ficción de algo desconocido: el limbo existente antes de nacer. Hace muchos años que leo a esta irlandesa: lo primero que me llamó la atención del primer libro suyo que llegó a mis manos (Por los pelos), fue su portada multicolor, que recuerda un poco a los diseños de Ágata Ruiz de la Prada. Sin embargo, embarcarse en sus novelas es otra historia: su estilo rezuma frescura, no se estanca, aunque sabes que siempre va a terminar bien (y esto hace que muchas veces sea predecible).
Al final, he compartido algunos argumentos con mi mejor amiga y ella también se los lee.

La historia de La estrella más brillante transcurre en el número 66 de la calle Star, un lugar céntrico de Dublín. Allí llega un extraño ser venido de otra dimensión, alguien que busca algo, pero para ello tiene que observar a los habitantes de ese edificio.
En el ático vive Katie. Es inevitable no coger cariño a esta mujer. Es la jefa de relaciones públicas de una discográfica, de ésas que tienen que acompañar a artistas. Lleva una vida ajetreada, con muchas salidas nocturnas, está a punto de cumplir cuarenta años y es una mujer muy sexy. Su novio, Conall Hathaway, es un ejecutivo muy rico que la quiere muchísimo, pero es un ser tan egocéntrico que no sabe lo que tiene hasta que la pierde. Él la quiere a su manera, pero viaja tanto al extranjero que nunca está junto a Katie cuando tiene que estar. Sin embargo, también el lector termina encariñándose con él.
Debajo de Katie viven dos polacos musculosos, Jan y Andrei, junto a una taxista de veintiséis años, Lydia, que es una muchacha muy lista e insolente, que no tiene pelos en la lengua. Sale con un nigeriano que le pone los cuernos, hasta que ella se termina acostando con uno de los polacos, al que más odia, y le confiesa su infidelidad al nigeriano.
En el primer piso vive Jemima, una anciana de ochenta y ocho años, junto a su perro Rencor. Poco dada a chismorreos, sabe todo lo que ocurre en el edificio. En sus ratos libres hace de clarividente vía telefónica, aunque realmente lo único que intenta es abrir los ojos a jovencitas para que no despilfarren sus ahorros en los embustes de pitonisas.
La planta baja está ocupada por una pareja de enamorados, Matt y Maeve, que pasan las horas de ocio acurrucados junto al sofá, comiendo todo tipo de golosinas.
Lo que, al principio, parece una cosa, luego resulta que es algo completamente opuesto. Por ejemplo, el joven matrimonio de la planta baja que, a simple vista, parece feliz, es todo lo contrario: toman antidepresivos a diario, van a una terapeuta todas las semanas, no se tocan y es chocante que nunca practican sexo, a pesar de llevar unos tres años casados. Todo se debe a que ella fue violada por David, su anterior compañero sentimental, que no podía soportar que le hubiera humillado en el trabajo y que le hubiera abandonado por otro. Nadie la cree porque, si es su ex novio, ya había practicado sexo con él en el pasado, y la policía cree que el acto fue consentido. Como nadie puede ayudarles, deciden sumergirse en un mundo que romperá con el intento de suicidio de Matt.
Jemima, que parece al principio una vieja bruja, tiene un corazón grandísimo. Adoptó a Rencor porque era un perro solitario al que nadie quería. Adoptó a un muchacho que se quedó sin madre, Fionn, y al que todos veían como un rebelde, pero ella le educó. Fionn se quedó en el pueblo donde creció y se dedica a la jardinería. Es una especie de Adonis que seduce a todas las mujeres que se cruzan en su camino. Le ofrecen un programa de jardinería en Dublín y se muda, durante unos meses, al piso de su madre adoptiva. Le gusta estar en Dublín y en ese edificio en concreto porque hay muchas mujeres guapas.
Katie decide poner fin a su relación con Conall en el momento en que éste la deja sola en la boda de su ex novio porque está en el extranjero. Las cosas se tuercen, porque un Conall enamorado y humillado recala en el taxi de Lydia, con la que comenzará una relación basada básicamente en el sexo. Mientras, Lydia se sigue acostando con Andrei. Katie encuentra entonces a Fionn, que es el que consigue que olvide el dolor que le produce la ruptura con Conall.
Al final, todo se arregla: Tras el intento de suicidio de Matt y con la ayuda de Jemima, Maeve decide poner todas sus energías en tener un hijo con su marido, en volcar el amor en una tercera persona. Así es como vuelven a ser un matrimonio normal y así es como llega al mundo el extraño ser que lleva dos meses observándoles.
Tanto Fionn como Lydia dejan a sus respectivos novios, porque se han dado cuenta de que siguen enamorados. También Jemima ha influido en esto. Con ella, Conall y Katie pasan las últimas horas de su vida: Jemima les confiesa que cuatro años antes luchó contra un cáncer que se ha reproducido y que es su última hora. Eso les une y los dos descubren que siguen enamorados. A la muerte de Jemima, ésta le deja en herencia su piso a Andrei, que ha decidido casarse con su virginal novia, Rosie, y ha conseguido olvidarse del deseo frenético que siente por Lydia. La taxista, por su parte, conoce a Oleksander, el anterior inquilino de su casa, un grosero con el que hace buenas migas.
Cuatro meses después, otro extraño ser aparece en el número 66 de la calle Star para bendecir a Conall y Katie.

Una imagen congelada y esperada

Es harto difícil que yo me encuentre deseando que pasen raudas las horas del domingo por la tarde, pero no es para menos. Esta noche me van a enviar algo que ardo en deseos de ver. Ni siquiera he permitido que me comenten los detalles, que me lo envíen y entonces será cuando desee que no pase el tiempo mientras observo. Lo que me van a enviar es una sola foto.
-¿En serio quieres que te la envíe?
Yo pensaba para mí: "¿Cómo no voy a querer...?".
-Sí.
-¿Se la enviarás entonces?
Seguía pensando: "¿Cómo no se la voy a enviar, si estoy deseando ponerme en contacto con esa persona?".
-Claro.
-¿Segura?
-Sí.
-Eso es que estás mejor.
-Pues sí, ya te lo he dicho antes. Mándame la foto, que, en serio: quiero verla.
"Quiero ver esa mirada, congelada en fracción de unos segundos robados al mes de diciembre; quiero leer la poesía de sus labios, quiero aprenderme de nuevo esos rasgos de ángel, quiero sentir que mis ojos acarician su barba...".
Creo que las horas se harán eternas hasta la noche. Se me ha olvidado preguntar si sale con los ojos cerrados.

Noticias frescas

Ayer mis amigos llegaban a SD a la 1.45h. y en ese momento vieron a dos personas cruzar un paso de cebra. ¡Maldición! Cuando me quedo en casa, ellos están ahí donde yo no estoy; no es la primera vez que ocurre. Me arrepiento de no haber salido anoche de fiesta, aunque quizás mejor así, mejor no haberle visto, porque seguro que me hubiera quedado con ellos. Y lo del fin de semana pasado está aún muy fresco, es una herida a medio cerrar. Lo que hubiera ocurrido es que no podría habérselo ocultado a esos ojos. Mejor que no hubiera salido ayer.
Puse la excusa del viento, pero no estoy segura de que ése sea un motivo de peso para decantarme por ir a dormir.
He llamado a mi amiga I. para decirle que, con la tarde que hace, me apetece estar en cualquier lugar menos en el Madison y, quien dice ése, se refiere a cualquier cafetería, a cualquier sitio cerrado. Hoy me apetece estar en la ermita, aunque hace algo de frío. Pero el día es precioso.

El viento se irá

Eduardo Chillida: El Peine del Viento (San Sebastián)
Hace varias horas se ha ido la luz varias veces. Yoguito busca mi compañía y se ha acurrucado porque escucha el viento y tiene miedo, pero sabe que si yo estoy cerca no debe temer nada, por eso se queda a mi lado.
Si el viento se llevara todo lo que nos duele, toda la energía negativa... Me pregunto cuánto de contaminada está mi alma. La semana pasada, mucho. Ahora... la verdad es que es como si todo el sentimiento se estuviera grabando a fuego sobre piedra, como si cada vez profundizara en mi alma un poco más. Es decir, que si una persona te aporta tanta felicidad es imposible que ahí haya algo negativo, es imposible que haya malos humos, es imposible que haya sitio para una pizca de contaminación. Pero el viento quizás sí influye, quizás con el paso de los días se ha ido llevando el dolor y a su paso ha dejado aire limpio.
Esta semana he vapuleado mucho esa alma que ama sin límites. Los pensamientos negativos, respecto a todo lo que nos rodea, son numerosos al cabo del día, es difícil mantener alejada al alma. Es imposible que alguien que es una especie de bálsamo para tu alma pueda aportarte energía negativa. Las circunstancias fueron otras; él aparecía únicamente de forma indirecta.
Siempre termino marchando a la cama pensando en esa persona.

Noches mágicas

Acabo de despertarme de un sueño mágico. Es imposible volver a retomar donde me he quedado. Está claro quién aparecía en el sueño. No está mal para un sábado por la noche. El viento sigue silbando fuera. Y hace frío...
Creo que intentaré regresar a la imagen de ese ángel.

sábado, febrero 27, 2010

Una llamada

Voy a hacer una llamada para decir que no salgo. Miro a través de la ventana y escucho la fuerza del viento y comprendo que lo que me apetece es pasar una noche tranquila, viendo una película quizás, leyendo un libro, ora pensando, ora soñando. De lo que no tengo ganas es de coger el coche y enfrentarme a ese frío para venir después de cuatro o cinco horas susurrando como otros muchos días: "Hoy tampoco". Sólo yo sé a qué me refiero con esas palabras antes de quedarme dormida.
Esta noche servirá para pensar. De lo que estoy segura es que esta noche no terminará como hace una semana.

Sería un sábado perfecto

Esta mañana ha sonado la alarma a las siete de la mañana. Parece ser la memoria del móvil guarda la hora del despertador durante una semana (así que espero quitarla esta noche). En medio de una extraña somnolencia, he pensado el que sería un fin de semana perfecto si abriera los ojos y me encontrara con esos ojos tan cerca. Mi imaginación se ha revolucionado hasta llegar al pensamiento más perfecto: despertar a la otra persona y fundirnos en uno solo. Es una buena manera de comenzar el día. Me pregunto si podría ocurrir alguna vez, con él, porque esas imágenes sólo se revelan con él.
He vuelto a quedarme dormida, feliz, con su imagen muy cerca, cruzando el umbral del mundo onírico. Sin prisas.

Opiniones ajenas

En las últimas semanas he notado algo extraño. No quiero darle más importancia de la que merece este asunto, pero es algo significativo porque ha venido de personas diferentes, que apenas tienen relación entre sí. Tanto uno como otro intentan meterme a alguien por los ojos. A veces creo que me he perdido algo, pero que dos personas de diferentes ámbitos me hayan dicho lo mismo al respecto es algo que me resulta chocante, como poco. Y no soporto eso, no soporto que me digan: "Mira a ver éste...". Lo que no comprenden ellos es que eso es imposible: mis huesos tiemblan por quien tiemblan, mi corazón no es libre por una única persona y no tengo ojos para nadie más. Sinceramente, creo que me he perdido algo, y casi prefiero habérmelo perdido.

Lucha por lo que quieres

Lucha por lo que quieres, por los que quieres, que son lo único que tienes. ¿Cuál es, sino, el propósito de vivir? No hay excusas para no luchar, pues la lucha depende solo de nosotros mismos. ¿Hay, acaso, algo más cobarde que culpar al destino por nuestra propia cobardía?

He encontrado ese magnífico pensamiento navegando por internet esta mañana, una mañana lluviosa, gris que ha dado lugar a una tarde luminosa, soleada, con olor a tierra fresca.
Luchar… Me pregunto de qué modo debería luchar por aquella persona a quien tanto quiero.
Me alegro haber dormido tantas horas y no haber salido anoche. Sobre todo porque a las 9.30h. ha empezado a sonar el móvil y no ha parado en toda la mañana. Llamadas incesantes...
También siento que me he ruborizado cuando R. me ha pedido la contraseña de mi ordenador, porque necesitaba algo que sólo estaba en ese ordenador. “¿Pero ésas no son las iniciales de…?”. He sentido que un repentino calor afloraba a mi rostro.

Mucho ruido

Me he liado en casa viendo un rato Callejeros y en casa sigo. Ni café ni cartas ni fiesta. Por una parte me apetecía, pero la verdad es que no veo por meterme en la cama y no pensar en nada, sabedora de que mañana las alarmas no sonarán y la verdad es que se agradecen los sábados que te despiertas a la hora que te pide el cuerpo y no a la hora que te pide el despertador.
En Callejeros hablaban del ruido, ese ruido tan molesto. Yo soy muy sensible al ruido, excepto aquellos sonidos a los que me he acostumbrado. Al lado de mi casa pasa una carretera y te acostumbras al paso de coches de vez en cuando, quizás se oye algún perro a lo lejos, o a los gatos que se reúnen en algún patio cercano cuando están en celo y sus maullidos suenan muy parecido al llanto de un bebé. Quitando eso, creo que no podría vivir en una ciudad por el exceso de todo tipo de ruidos molestos. En mis últimos años en Salamanca los vecinos del piso de arriba tenían un perro que no paraba de ladrar y/o llorar cuando ellos no estaban. Después de una semana sin dormir me quejé y le pusieron un collar especial para que no ladrara. Aunque había dejado de ladrar, se pasaba corriendo de un lado a otro, había un movimiento de muebles terrible. Supuse que era un perro muy grande, como descubrí poco después. No sabría distinguir su raza, pero era muy parecido a un dálmata, pero con el pelaje del mismo color.
El ruido te hace valorar el silencio. El silencio es necesario. Yo lo encuentro en muchos sitios, aunque el silencio está estrechamente enlazado a la soledad. Es decir, donde estoy ahora no hay ruidos, se oyen ligeramente los sonidos desvirtuados de dos televisores; miro hacia la calle y no se ve un alma. Hay silencio porque estoy sola. Si me encaminara en dirección a una de las dos televisiones se acabaría el silencio, pero no por los sonidos de la 'caja boba', sino porque dejaría de estar sola y el silencio se vería interrumpido por torrentes de palabras, por comunicación, por la charla con otra persona.
En verdad que hay ruidos que son infumables, muy molestos. Al menos aquí se evitan la mayor parte del tiempo.

viernes, febrero 26, 2010

Como cada viernes

Las tardes dedicadas a la ociosidad terminan convirtiéndose en algo muy breve. Hoy he echado de menos la oficina que, por lo menos allí, siempre hay algo que hacer. Y además el sentimiento de proximidad a él, casi la mayor parte de los días, es algo que no tengo ahora.
Debería ir quedando para esta noche. Aunque, la verdad es que no me apetece ir de fiesta. Pensándolo bien, el viernes pasado estaba también en este plan y terminé viniendo a las tres de la madrugada. Todo se verá.
Antes escuchaba mucho a Manolo García, que tenía una canción que decía: "Como cada viernes salgo a dar una vuelta, a quemar la semana y caminar a la deriva...". Me gustaba mucho aquel disco, Arena en los bolsillos se titulaba, si mal no recuerdo.

El peso de los años

Mis abuelos agradecen todas y cada una de nuestras visitas. Son mayores y, desde la ventana, ven la vida pasar, quizás esperan.
Mi abuelo tiene cataratas y no ve bien desde hace unos meses. Le van a operar el próximo mes. Mi abuela sigue tan nerviosa como siempre, disfrutando de cada momento y sonriendo mucho.
Disfruto de los momentos en que estoy con ellos y me hacen un sinfín de preguntas. Pese a todo, están bien, muy bien.

Salir al sol

En tardes como la de hoy me apetece salir al sol, ponerme las gafas y conducir sin límites de ningún estilo. Disfruto conduciendo con el buen tiempo. Sí, aprovecharé para ir a ver a mis abuelos, que hace algún tiempo que no les hago una visita. Para las seis podría estar en casa. Seguro que habrá un animalillo esperándome: Yoguito. Dice mi padre que a la que más quiere es a mí. También el loro me quiere más a mí, quizás es porque los loros tienen memoria únicamente para una persona: la primera persona con la que han estado. En el caso de Pakito fui yo la primera persona con la que estuvo y ahora es la única a la que se intenta acercar.
Salir al sol... sí que apetece, sí.

En una hora

En una hora se pueden hacer muchas cosas. En una hora posiblemente esté tomando el café abajo, como momento previo a marchar a casa. Me vendría bien echarme una siesta, aunque sé que al final no lo voy a hacer. El sol engaña, porque parece que puedes salir sin abrigo, pero fuera hace frío. Es muy posible que vaya a ver a mis abuelos y quizás lleve a mi abuela a dar un paseo por las solitarias calles del pueblo donde viven (porque ése sí que es un pueblo diminuto).
Se me ocurren miles de cosas que podría realizar en la siguiente hora, la mitad de ellas relacionadas con una persona en concreto.

Cosas que hacer un viernes por la tarde

Lo que me apetecería de verdad hacer esta tarde -y aquí habla el corazón- es quedar con él, pero no para pasear por las archiconocidas calles de esta ciudad, ni para mezclarnos con un sinfín de personas que nos pararían para contarnos cualquier cosa porque cualquiera nos conocería, ni para tomarnos algo en bares que nos sabemos de memoria.
Lo que de verdad me gustaría hacer esta tarde es quedar con él, coger uno de los dos el coche y no marcarnos un destino, irnos en cualquier dirección y parar donde nos apetezca, disfrutar del sol, de las risas, de los momentos de grata compañía. Me encantaría que nos olvidáramos, durante una tarde, de la gente, de los lugares conocidos, de nuestros trabajos, de todo lo habitual...
Lo que de verdad me gustaría hacer esta tarde es ver el mundo a través de sus ojos y mostrarle el mundo a través de los míos.

El sol de las ocho

Si no viniera tan ajustada de tiempo es posible que hubiera parado para hacer una foto al disco anaranjado que se mostraba al frente, un sol cegador impresionante. En momentos así es cuando te das cuenta de lo minúsculos que somos como parte del universo que nos rodea. También te das cuenta de que estás más cerca de la primavera que del invierno, porque hace tan sólo dos viernes llegabas de noche, y esta mañana, a esa hora, el día ya había aclarado.
Hoy tiene pinta de que va a hacer un día espléndido.

Pequeños anhelos que se cruzan con los sueños

Lo que quiero es irme a dormir y cerrar los ojos viendo su sonrisa, esa mirada que enternece. Lo que quiero es susurrarle al oído las palabras que no pueden decirse en voz alta. Lo que quiero es levantarme mañana y ver su rostro como si lo viera la primera vez, aprenderme de memoria otra vez sus facciones, descubrirle de nuevo. Lo que de verdad quiero es abrazarme a él y no soltarle nunca, por si llegara a evaporarse.

Es hora de dormir.

El afanc, bestia de lagos y estanques

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Cuenta una leyenda que una enorme bestia vivía en un estanque del río Conwy, al norte de Gales. a esta bestia la conocían con el nombre de afanc y creían los vecinos que se trataba de un castor gigante. Su cabeza era descomunal y sus dientes eran largos y afilados, pero su cola era similar a la de un cocodrilo, por lo que muchos dudaban de que ciertamente se tratara de un castor.
En cierta ocasión los hombres del valle de Conwy se propusieron acaban con el afanc.
Todos los seres del universo, incluso los más poderosos, tienen un punto débil y, para vencerlo, basta con encontrarlo. Pues esto también lo sabían los vecinos del valle, que observaron durante meses al afanc para descubrir su debilidad. Lo que nadie esperaba es que el agresivo castor se transformara en un ser tímido y adorable cuando una chica joven pasaba junto a él.
Una fría mañana de invierno, más de cien hombres se escondieron cerca del estanque. Lo tenían todo previsto: una hermosa joven les serviría de anzuelo.
La niña se acercó a la orilla del estanque y, con todo mimo, le pidió al afanc que le acompañara a un sitio que ella conocía. La bestia no lo dudó y se acercó a ella como si fuera un gatito. La niña se sentó en la hierba y el afanc se echó junto a ella, dejándose acariciar. El monstruo se sentía tan a gusto que se quedó dormido a su lado. Cuando los hombres notaron que el castor ya no se movía, se acercaron y lo sujetaron con cadenas a unos bueyes.
El afanc se sintió tan humillado que no hizo nada por defenderse. Agachó su cabeza y se dejó arrastrar hasta el centro del pueblo, donde acabaron con su vida.

Lo rápido que pasan...

Cuando estamos los domingos por la tarde en el Madison tomando café siempre hay un alma cándida que dice: "Ufff, y mañana lunes". Pero es que pasan tan rápido las semanas... Cuando quieres darte cuenta ya es viernes y ya estás viviendo la noche, buscando quizás unos ojos en concreto, pasándotelo bien, disfrutando de esos momentos, sin prisa por llegar a casa, sin prisa por despertarte al día siguiente. Lo que tengo claro es que no volverá a ocurrir lo del sábado pasado, es decir, esa conversación y derivadas se convierten en un tema tabú, un asunto en el que no voy a incurrir. No es que no me interese, realmente no quiero que ninguna persona ajena pueda herir, de alguna forma, aunque sin intención, algo que yo considero digno de admiración, algo que roza la perfección. Porque es de una belleza inusitada el hecho de que alguien consiga hacerte sentir viva, en cada segundo, en cada minuto, en cada hora, en cada movimiento, en cada actividad, en cada palabra... Y eso no lo pueden matar, sin más, unas palabras de la noche a la mañana.

Va siendo hora de que me vaya recogiendo, que mañana tengo que levantarme una hora antes. Aunque también estaré antes en casa. Tarde de relax.

jueves, febrero 25, 2010

Cosas del jueves

No puedo dedicar un fin de semana entero a la reflexión. Seguro que mañana, a estas horas, estaré pensando en irme de fiesta. A estas horas... estaré en el bar tomando café, un licor de manzana sin alcohol y jugando a las cartas. No sé, mejor me lo vuelvo a replantear mañana.
Hoy he recibido dos emails de dos amigas, me preguntaban qué tal ha ido la semana, para mí que han hablado entre ellas, porque los correos me han llegado en un intervalo de cinco minutos. O igual sólo ha sido una coincidencia: I. estaba el fin de semana conmigo y M. leyó unas palabras mustias que le escribí el lunes, sin entrar en detalles, y alegando que no tenía ganas de decir nada. Tampoco a ellas les he contestado. Es que no me apetece escribir emails a nadie. Igual es que saturo tanto aquí mis energías para escribir que no me quedan ganas para nadie más.
Me siento más contenta, es obvio, pero esta alegría proviene de la misma mano que, indirectamente, me llevó a la tristeza hace unos días.

Frenando el ímpetu

Cuando me iba he visto un coche brillante a mi izquierda. He tenido que mirar dos veces. He sonreído porque ayer quería preguntarle de qué color era su coche, aunque hoy brillaba, brillaba mucho.
En ese momento he pensado en darme media vuelta, ir a verle, preguntarle cómo le va. Pero me he negado a hacerlo. Aunque ganas no me faltaban.
Es como si hubiera una barrera invisible que no puedo sortear a la hora de dirigirme en su dirección. Hasta que esa barrera caiga por su propio peso, claro.

Un pedazo de cielo

Estar con esa persona es como estar en el cielo. Me siento con la moral tan alta que he empezado a reescribirle lo que ayer fui incapaz de decirle por no sentirme con fuerzas. Pero ese pedazo de cielo me estremece de pies a cabeza.
Me hace escribir tantas cosas extrañas.

"Siempre podemos quedar a tomar un café, creo que me debes alguno. Espera, el 26 de diciembre me debías uno, pero la vida está cara para no cobrar intereses, a café diario de intereses hace un total, a fecha de hoy, de 63 cafés (también he contado el de mañana, contando con que leas esto mañana). Así que estás endeudado hasta las cejas".

Me pregunto por qué me siento tan reacia a escribirle. Sólo yo sé la respuesta. Cambiaré el correo mil veces para no terminar nunca de enviarlo. Creo que cualquier cosa que tenga que decirle se la diré cuando le tenga delante, que no me apetece escribir. Prefiero ver su rostro angelical.
También me lo podría encontrar ahora, que me voy a casa.

Querer

Querer...
Un concepto tan amplio, tan lleno de carisma, tan íntegro en sí mismo. Tantas formas de querer.

Quieres cuando te sorprende ser consciente de que darías la vida por la otra persona, quieres cuando sientes que el corazón se te agota por buscar su modo de expresión ante la presencia de esa persona, quieres cuando el tacto de sus manos te hace estremecer, quieres cuando en sus ojos lees algo que no puedes explicar, quieres cuando un escalofrío de placer recorre toda tu espina dorsal, quieres cuando no te imaginas un día sin algo de él (en todo su más vasto significado), quieres cuando esa persona hace que te sientas bien con todo el mundo, quieres cuando te hace sonreír en mayor medida que las veces que te hace llorar, quieres cuando te irías a cualquier lugar con esa persona, quieres cuando harías algo que nunca sueles hacer sólo para hacer sonreír a la otra persona, quieres cuando sabes que todo le va bien, quieres cuando das sin deseos de recibir nada a cambio, quieres porque esa persona hace que cada día seas un poco más feliz...

Y si esa persona no estuviera no tendrías tantísimas y dispares sensaciones, agradables sensaciones.

Satisfacción

Si tuviera que describir mi tarde en una palabra sería "satisfacción". Hoy me he citado con una persona imponente, de estas personas que sabes de antemano que, hagan lo que hagan, siempre van con la razón por delante, porque siempre se aseguran de dar un paso antes de hacerlo. Suele ocurrir que estas personas, por lo general altos directivos, o se creen seres superiores al resto de los mortales o son un dechado de virtudes. A mí me imponen un poco estos individuos, pero no tanto cuando sabes de lo que estás hablando. Porque hoy me he dado cuenta de que estoy lo suficientemente preparada para explicar cualquier cosa de cualquier 'elemento' con el que trabajo día a día. Eso te dota de cierta seguridad, porque hoy yo me sentía segura, no me temblaba la voz y he sido capaz de explicar todo, incluso lo que no se ha realizado por mi parte.
Satisfacción. Notas que un hilo invisible te alía con la persona que tienes enfrente porque en el aire se nota que te sientes a gusto, que no te importaría quedarte hablando con él durante dos horas más, que tantos nervios a las cuatro no tenían razón de ser. Porque al final esa persona te ha tratado como a un igual, porque le has visto marchar contento, como si en esas dos horas hubiéramos avanzado como dos años.
Por eso me gusta este trabajo. No es sólo el trato con gente tan dispar, de todos los colectivos sociales inimaginables, sino esa sensación de satisfacción cuando sabes lo bien que te salen la mayoría de las cosas, la gratitud que lees en los ojos de la gente, saborear el trabajo bien hecho porque te das cuenta de que los clientes, aquellos para quienes trabajas, te lo están valorando, aunque no te lo digan o lo comenten entre líneas.

El bufeo colorado, delfín rosado de agua dulce

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Aunque pueda parecer increíble, en el río Amazonas, el segundo río más largo del mundo, existe una especie de delfín rosado llamado Inia geoffrensis o bufeo colorado.
Cuentan en Perú que una joven se enamoró en cierta ocasión de un muchacho al que conoció cerca del río. No es extraño que la mujer cayera rendida a sus encantos, pues se trataba de un misterioso joven de tez rosada y cabellos rubios. Pero aquel hombre parecía ocultar un secreto, pues guardaba silencio cada vez que ella le pedía que se quitara el sombrero.
Una noche, la muchacha se empeñó en que el joven la acompañara a una fiesta que daban en el pueblo. Era la primera verbena a la que asistía el muchacho, por eso nadie podía imaginarse que reaccionara tan mal a la bebida. Primero le dieron una copa, luego otra, después otra, y a la cuarta el joven perdió el conocimiento.
Poco tiempo le faltó a la muchacha para quitarle el sombrero. Allí, en la frente, descubrió dos orificios por los que parecía respirar. Asustada por el defecto que mostraba aquel muchacho, llamó a unos amigos y les pidió que lo llevaran junto al río.
Cuando el joven del sombrero sintió las frías aguas bajo sus pies, se despertó sobresaltado y reaccionó con rapidez, se quitó la ropa y se zambulló en el agua.
Afirmaban los del pueblo que se trataba de un bufeo  colorado, un insólito ser que adopta la apariencia de un hombre para salir a la superficie, pero que se convierte en delfín en las aguas del Amazonas.

En media hora

Me podría haber tomado un café hasta las cuatro, porque hoy me han peinado en media hora, así que para las 15.30h. caminaba calle arriba, mientras el sol acariciaba mis ojos. Da gusto caminar así por la calle. He mirado en una dirección, luego en otra. Creo que me ha aumentado la miopía porque no he conseguido ver algo que quería ver. Es el ojo derecho; también tengo taponado desde hace mucho el oído derecho. Debe ser que mi lado bueno es el izquierdo, el del corazón.
De todas formas, la última vez que estuve en el médico se me olvidó decirle que me quitaran el tapón del oído. Así oigo la mitad de la mitad. Quizás es que me he acostumbrado, pero lo anotaré para la próxima vez que tenga que hacer una visita al doctor. Tampoco pasa nada, en verano se me volverá a taponar en cuanto me dé el primer chapuzón en la piscina.

¿Y si...?

¿Y si todo fuera diferente?
Creo que debería ir a comer, puesto que quiero estar aquí antes de las 14.30h. Es decir, que D. llega a partir de esa hora y la verdad es que no me apetece escuchar sus preguntas, ni me apetece hablar con él. Quizás es que me agobia un poco.
Ya podría ser otra persona. Seguramente que el tiempo se pararía aunque el minutero siguiera su curso, pero me parecen tan breves los momentos que está él presente...

Gotas de lluvia

Llueve.
La lluvia lleva a la melancolía.
Hace unos años, bastantes años la verdad, la lluvia me ponía muy triste, el cielo grisáceo me envolvía y mi alma se encontraba repentinamente embarcada en un mundo nostálgico. Todo pasaba cuando dejaba de llover y veía algún indicio del arco iris surcando el cielo.
Ahora me gusta la lluvia, no me entristece, porque la lluvia también tiene su belleza. Además me gusta el olor que queda después.
También me gusta caminar mientras las gotas recorren mi rostro y mi pelo (aunque se me rice). Es agua y es necesaria. Prefiero no imaginar con quién me gustaría caminar bajo la lluvia, sin paraguas.

Caballos acuáticos, espléndidos corceles grises

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En las Highlands escocesas recuerdan la historia de un ladrón al que nadie más volvió a ver desde que se fugó de la prisión en la que cumplía condena. Al parecer, aquel hombre se escapó el primer día del mes de noviembre, utilizó una lima para cortar los barrotes y su propia sábana como cuerda, y salió corriendo por el bosque perseguido por los perros de los guardias de la prisión.
Al llegar al prado que había detrás de los últimos árboles de la prisión, casi cuando los perros estaban a punto de darle alcance, le perdieron la pista de repente y nadie lo volvió a ver nunca más por aquellas tierras.
Sin embargo, aquel ladrón tan listo no consiguió escapar. De hecho, cometió el peor de los errores posibles. Cuando huía de los perros, vio en el prado a un hermoso caballo gris perla, con un pelaje muy hermoso y una planta magnífica. Y como no sabía que se trataba de un peligroso caballo acuático, se subió encima de él sin ningún respeto y le pegó un fuerte taconazo en el lomo.
El caballo relinchó dolorido, pero en lugar de obedecerle salió disparado hacia la playa y de un enorme salto se precipitó en el mar. En la carrera, el ladrón intentó saltar del animal, pero todos sus esfuerzos fueron en vano, pues la piel de aquel caballo parecía impregnada de un potente líquido adhesivo y estaba pegado a ella.
Sólo en el agua volvió a estar sin ataduras de ningún tipo, pero ya era demasiado tarde. En el mar, el caballo devoró a aquel pobre diablo en pocos minutos, dejando de él sólo el hígado, que llegó flotando hasta la orilla.

Un poco de todo

Los desayunos me deben dar una energía extraña, porque muchos días aparezco en la oficina con alguna cosa que tengo que decirles a alguna de mis compañeras. Después digo "Buenos días", pero primero comento lo que me urge decir. Cuando me quiero dar cuenta ya es demasiado tarde. Cualquier día apareceré diciendo "Guten Morgen" y mis compañeras pensarán que las he insultado.
Esta mañana parecía que venía hasta cabreada, que no es el caso. Llegaba un cuarto de hora tarde, aunque podía haber llegado puntual, porque después de abrir los ojos he estado un rato escuchando los silbidos del viento desde la cama. También he oído a mi padre bajando las escaleras mientras me decía que tuviera cuidado al venir, que tiraba mucho aire.
Ahora he quedado a las cuatro en punto en la oficina y he intentado cambiar la cita en la peluquería, cosa radicalmente imposible, pero me he asegurado de que me cojan la primera para estar puntual esta tarde.
Se agradece un descanso en el trabajo. Tantas reuniones en fin de semana me descolocan.
Hoy he soñado... con él.

En una balanza

Si tuviera que elegir un platillo de la balanza, donde en una parte estuvieran todos estos últimos días con todo lo que conllevaban y a él, me quedo con él con los ojos cerrados. Porque da más alegrías que penas, aporta una tranquilidad impresionante, me calma y me reconforta. Y, entre otras muchas cosas, me gusta hablar con él. Ahora recuerdo su voz suave, hipnótica, hechizante; una voz increíblemente sensual.
No me gustan las balanzas, pero por una vez la he utilizado, porque ésta es una forma de que la tristeza de los últimos días pese un poco menos, e incluso es una manera de que sonría de vez en cuando.
Es un gran pensamiento para irme a dormir en estos momentos y dejar que la mente descanse.

Vivir es crecer

A veces me gustaría dormir profundamente y levantarme mañana con la cabeza en blanco, como si fuera el disco duro de un ordenador que se formateara por la noche, pero entonces tendría que empezar cada día de cero y vivir así sería algo muy monótono. Creo que prefiero tener recuerdos, aunque de vez en cuando sean dolorosos; creo que prefiero acordarme de lo que sueño cada noche, aunque en el mundo onírico se vea todo desde otra perspectiva; creo que prefiero levantarme cada mañana como en los últimos meses y ser capaz de empezar el día con una sonrisa... aunque esa sonrisa sea fruto de una única imagen. Así ocurre con aquellas personas que te tocan el alma.
Vivir no es sólo sonreír ni ser feliz, vivir es llorar, entristecerse, caerse, sortear peligros y buscar metas, disfrutar, amar, sufrir... Y con cada una de estas acciones crecemos cada día un poco más. Y yo para ser feliz un momento, aunque sea un instante fugaz, sólo tengo que dedicarle un pensamiento. Él me hace querer a todo el mundo, ¿cómo no le voy a querer a él?

miércoles, febrero 24, 2010

Dedicado a la reflexión

El Pensador, de Rodin
Creo que este fin de semana voy a evitar la fiesta y las grandes concentraciones de gente: lo voy a dedicar a reflexionar. Sencillamente porque me veo en la necesidad de poner ciertas ideas en orden. Cuando leo las entradas anteriores me da la sensación de que camino dando tumbos. Es cierto que una cosa está clarísima: casi todas esas entradas hablan de una única persona. Y la solución más sencilla es hablarlo con él... si me sintiera con energía suficiente para ir a verle. En estos momentos carezco de esa energía. Pero seguramente al final tendré que hablar con él. Aunque no será hoy, ni mañana.
Sí, este fin de semana tiene que ser tranquilo, dedicado a una de las tareas más sencillas, en la que a veces no reparamos, pero muchas veces necesitamos: a pensar. Creo que se evitarían muchos problemas si todos los humanos dedicáramos unos minutos de nuestra vida a la reflexión.
Rodin lo plasmó magníficamente bien en su célebre obra.

Soñar es gratis

La verdad es que me gustaría quedarme dormida como ayer, con las mismas imágenes con las que cerré los ojos anoche, capaces de hacerme cerrar un libro que me gusta para llevarme hasta el país de los sueños. Reconfortan, pero ya estás en otra dimensión diferente de la realidad.
Creo que estoy tan pillada que ahora no sé muy bien cómo salir de ésta. Ni siquiera tengo claro si quiero salir de esta especie de torbellino que ora me atormenta ora me deleita. Es una sensación extraña.
Mañana es jueves... Si me lo encontrara mañana, creo que renovaría todas mis energías, que absorbería toda esa fuerza que emana de él. Debería pensar en que no me lo voy a encontrar. Lo que ocurre, cuando ocurre, suele ocurrir porque no estábamos pensando en ello.
Me sorprende escuchar a muchas personas, sobre todo adultos, cuando dicen que me ven como una chica muy segura. Si todos ellos me vieran ahora...

Cansancio emocional

Me siento muy, muy, muy cansada, infinitamente cansada. Cansada en todos los sentidos.

En mi vida siempre he tenido (y tengo) todo lo que quiero, menos a él. Quizás es que siempre queremos lo que no tenemos. Pero también me he cansado de su silencio, de su indiferencia, de su perfecta educación, de su caballerosidad. Me he cansado de que él esté tan intrincado en mi vida sentimental, de que consiga que el complejo mecanismo que conforma mi corazón entre en erupción. Me he cansado de su "no saber decir nunca que no".
Me he cansado de permitir que su silencio me haga tanto daño. Me he cansado de contarle tantas cosas de mí, de entregarle trocitos de corazón de vez en cuando, de las lágrimas saladas de la desdicha, me he cansado de perseguir ilusiones sin sentido, me he cansado de dar sin recibir nada a cambio.

Puede ser la persona más maravillosa del mundo (que lo es), puede ser un ángel de carne y hueso (que lo es), puede ser la persona más adorable que yo he conocido (que lo es)... pero incluso en toda su perfección no tengo por qué perder tanto tiempo en cábalas. Lo más sobrecogedor es su mutismo, la ausencia de respuestas, pero incluso de eso me he cansado también. Sólo le falta ser un dios del sexo, que eso lo desconozco, pero conociéndole un poco es muy posible que también lo sea.
Estoy cansada de buscarle entre la gente, de que sea capaz de ver en mi interior incluso más que yo misma, cansada de esperarle, de soñarle, de imaginarle, de hablarle, de comprenderle...
De lo único que no estoy cansada es de quererle.

Borrador


Me veo insegura a la hora de mandar ciertos correos electrónicos. Curiosamente, en la carpeta de borradores se van acumulando: un email escrito hace un rato, un email escrito en agosto de 2009. Los dos eran para la misma persona y me veo incapaz de darle a la tecla de enviar. Son correos enternecedores, como todos los que he escrito alguna vez a esa persona.
Estoy reacia a cualquier comunicación con él. Tendría muchas cosas que contarle, pero no le voy a decir nada.
Lo que son las cosas...

Unas letras para la oscuridad

¿Qué mérito tiene escribir algo cuando sé de antemano que su destinatario no lo va a recibir? Caerá en el olvido, pero me sorprende observar que, al ser consciente de que jamás llegará a sus manos, estoy escribiendo algo que jamás imaginaría que iba a escribir. Me pregunto cuántas páginas llenaré para guardarlas o quizás quemarlas...

Nieve en el corazón

Una vez escribí un compendio de cuentos que se titulaba Nieve en el corazón. Me gustaban algunas de las historias que se me habían ocurrido; todas y cada una de ellas estaban relacionadas con la nieve o con el frío, y en un sentido más profundo tenían alguna connotación triste. Porque es obvio que esa metáfora nos lleva a pensar en una especie de frialdad interna, dolorosa, muy cercana a la tristeza.
Hoy me ha venido a la mente aquel título para englobar diferentes historias y es que realmente siento que tengo nieve en el corazón. Llevo como dos horas intentando controlar esa tristeza. Después de unos días intentando aguantar, intentando que no me afecte, hoy compruebo que sí me está afectando, que vuelvo a tener unas terribles ganas de desahogarme, que se me rasgaban los ojos al conducir hacia casa al mediodía. He comprendido que la tristeza sigue ahí, inalterable, que me echo a temblar si pienso en él, aunque en determinados momentos esa imagen consiga sonsacarme una débil sonrisa.
Siento que se me está encogiendo el corazón, como si ahora midiera dos milímetros menos de grosor. Uffff...

Desde el espejo retrovisor

He sentido su cercanía física cuando me dirigía al coche. Al desaparcar, mirara para donde mirara esa matrícula, ese vehículo, no podía apartarse de mi vista. Tan cerca. Y después he mirado hacia la calle. Y me he permitido sonreír: tan lejano y tan cercano a la vez.
Casi prefiero ver su coche, saber que está ahí, saber que es real, aunque no nos veamos. Si veo algo de él sé que está bien, trabajando mucho, pero bien. No soy alguien que se conforme con eso, pero de momento tendré que conformarme.

Pequeños escarceos

No hay cosa que más odie que esperar una larga fila en un banco. Pero no suele ocurrirme muchas veces, siempre consigo que alguien me deje pasar. Hoy no ha sido una excepción. Cuando he entrado en una de las numerosas entidades bancarias de esta ciudad, estaba MC junto a la puerta. Es una persona a la que siempre saludo, aunque sólo haya hablado con ella en dos ocasiones contadas. Siempre saludo aunque no tengo confianza con ella para preguntarle por cierta persona. Lo de Nochevieja es otra historia: había alcohol por medio.
He seguido caminando por el pasillo del banco hasta llegar al mostrador, o más bien a la fila del mostrador, aunque me han dejado pasar. Al marchar, MC aún seguía allí, parecía esperar a alguien en concreto.
Antes de eso, al pasar junto a cierto número de una calle de esta ciudad, he mirado hacia arriba con un descaro que jamás había utilizado (aunque paso por ahí a menudo, dado que es un punto céntrico). Tampoco pensaba encontrarme a nadie en la ventana, pero es cierto que nunca había mirado en esa dirección tan fijamente como lo he hecho hoy. Y entonces, de frente, ha aparecido alguien que trabaja ahí. Espero que no me haya visto mirando hacia arriba tan descaradamente. He sentido que me ruborizaba.
Esta ciudad está llena de personas que me recuerdan a él. Y él está en cada elemento, en cada individuo que conforma el mundo de alrededor.
Hoy hay mucha gente por la calle y eso es vida.

Creo que hoy iré a comer a casa. Después de largas semanas quedándome, casi siempre con la excusa del mal tiempo, ya va siendo hora de que retome las comidas caseras que, sin duda alguna, son las mejores.

Ha salido el sol

Necesito que me dé el sol, así que aprovecharé para irme de bancos (por decir algo). Lo peor de los bancos es que siempre hay enormes filas que esperar, a no ser que vayas a primera hora. De todas formas, aprovecho y me tomo un café.
El sol anima. Es genial salir a la calle y encontrarse con un día luminoso como el de hoy.

Dulces sueños

Anoche tenía intención de escribir sobre algo, no recuerdo sobre qué exactamente, aunque esa idea volverá a aparecer en las próximas horas. Escuchaba el viento fuera y me arropé en la cama con un libro. No duré mucho leyendo. A pesar de que cuando me tumbé no tenía sueño, los ojos se me cerraron y un abanico de imágenes empezaron a mostrarse rápidamente, en todos esos 'fotogramas' aparecía él: él sonriendo, él hablando, él conduciendo, él caminando... A los pocos minutos abrí los ojos de repente, me situé y decidí volver a cerrar los ojos.
La mente no siempre nos da imágenes en forma de recuerdos tan completas, por lo general son bosquejos, pinceladas incompletas, pero anoche yo le veía definido y no quería perder esa imagen, quería retenerla en mi mente.
Así me quedé dormida. Cuando me he despertado esta mañana, me he encontrado con la lámpara encendida, con el libro sobre la cama, con el portátil abierto. Entonces he recordado por qué me quedé dormida anoche.
Eso sí que son dulces sueños.

Seguro que si me propongo recrear su imagen, no me llega tan completa y definida como anoche.

Mitad de semana


Siempre me ha preocupado el paso del tiempo, no tanto por envejecer sino más bien al concienciarme de que el 'ahora' será pasado en cuestión de minutos. Se me pasan las semanas tan rápido que apenas me da tiempo a saborearlas, y eso que me esfuerzo por concienciarme del momento: "estoy aquí y ahora y eso es importante, ahora", dentro de unas décadas eso será cenizas.
Sin embargo, esta semana se me está haciendo larguísima, aunque parece que lo del sábado por la noche ocurrió hace años y la noche que me paseaba con un enorme sobre formara parte del siglo pasado.
Pese a lo que parezca, me encanta pensar en el tiempo. Me parece un concepto extraordinario, una dimensión extraña.
Antes pensaba mucho en la muerte y me daba pánico pensar en ello, pero cuanto más intentaba dejar de pensarlo más vueltas le daba. "Dejar de existir", ¡qué terrible suena! Hace mucho que no pienso en este tema. Prefiero pensar en el tiempo, ese tiempo que nos encamina hacia nuestro destino final.
Si mi tiempo tuviera un límite (que lo tiene, como el de todo el mundo, pero no me refiero a ese límite a largo plazo), estoy segura de que esas últimas horas me encantaría compartirlas con cierta persona, que así, visto desde esta perspectiva, me parece tan lejano en el tiempo.

martes, febrero 23, 2010

Antes de tiempo

Me siento profundamente cansada. Entre una cosa y otra, se me ha pasado el día volando. Tengo los pies hechos papilla gracias a los tacones que aún no me he quitado, pero descansarán al llegar a casa. Porque hoy llegaré antes de las diez (eso espero).
También he pensado mucho en cierta persona. Es una constante en mi vida. Me sorprendo al descubrir lo mucho que le quiero y lo extraño que me resultaría lo contrario.
En fin, me estoy dejando llevar y hay temas de los que, en estos momentos, no me apetece hablar.
Hoy llegaré a casa antes que los últimos días.

Extrañas decisiones

Estaba en E. cuando me ha llamado E. Era la segunda vez que me llamaba hoy; esta mañana no he podido atenderla. Cuando he visto el prefijo he sentido que el suelo se derritía a mis pies: sabía lo que me iba a decir.
¿Tan pronto lo ha preparado? Ahora no sé qué hacer. Digo yo que se lo tendré que enviar a él. Por supuesto, nada más regresar a la oficina ha sido cuestión de segundos cerrar un correo, abrir el otro y descargármelo.
También me ha dicho que me ha buscado vuelos internos para desplazarnos de un sitio a otro (algo que ya había intuido yo por las distancias, aunque no había contado con el estado de la vía férrea y los trenes que circulan por la misma, que deben ser pésimos). Y que esa época es invierno, pero aún no es lo más crudo del invierno.
Argentina... tan alcanzable, pero ¿qué pensará él? Cuando me sienta con fuerzas y energía suficiente, así como cuando se incremente la seguridad en mí misma, es posible que me ponga en contacto con él. Sólo con pensarlo vuelvo a recordar el sábado por la noche y vuelvo a sentirme infinitamente triste.

¿Irme a otro sitio aunque sea tan cerca?

Hace unos diez días me propusieron ir a otro sitio, no muy lejos (a unos quince kilómetros), a realizar el mismo trabajo que estoy haciendo aquí, aunque sólo en horario matinal. Me pareció una idea genial, porque allí yo veo un filón. Lo único que me echaba un poco para atrás era alejarme físicamente de él, no encontrarme con su coche de vez en cuando o no cruzarme con él algunos días que el azar une nuestros caminos.
La verdad es que ese otro lugar a mí me encanta, en verano y en invierno (aunque jamás subiré a las pistas y probaré a esquiar), por eso no me costó mucho decir que sí.
Cada vez eso es más tangible. Esta tarde vamos a ir a ver la oficina, a hacer un reconocimiento del lugar. Realmente algo así es lo que necesito ahora, porque nada de aquel lugar tiene por qué recordarme a esa persona.
Hoy salía del Suma y evitaba mirar al frente. Cuando voy a ese supermercado suelo tomar la calle de atrás y entonces he visto quién había aparcado allí. Pese a evitar mirar me he encontrado buscándole con los ojos ¿por si venía en esa dirección? Creo que me he quedado parada, aunque luego he empezado a caminar rápidamente, sin mirar atrás, huyendo de allí, intentando dejar sus recuerdos detrás de mí. Aunque sé que es imposible.
¿Y si me lo hubiera encontrado? Posiblemente hubiera hablado con él como siempre, absorbiendo sus palabras, aprendiéndome sus rasgos, acariciándole con los ojos, con los oídos. Me pregunto si él captaría cómo me siento. En verdad creo que sí, que no se le escaparía.
Pero no me lo he encontrado.
Si me fuera le iba a echar mucho de menos.

Café a media mañana

El año pasado el café a media mañana me gustaba un poco más, quizás es porque me deleitaba con la presencia de cierta persona, aunque entonces fuéramos meros desconocidos. Recuerdo que, después de un mes, aunque mi cuerpo me pidiera antes la dosis diaria de café, siempre esperaba a las doce. Esos recuerdos me debilitan quizás, porque antes tenía esa pequeña ilusión y ahora carezco de ella. Sigo bajando al café, aunque intento que no me den las doce.
Hoy es una excepción porque se me ha hecho algo tarde. Necesito ese café y hojear quizás el periódico, pasar inadvertida, aunque eso también ha cambiado. Hace un año no conocía a nadie, y ahora raro es el día que no me invite nadie al café o que no se paren a decirme algo.
Yo creo que también podría dejar el vicio del café a media mañana. No bajo tanto por el café, sino para que me dé el aire, para sumergirme entre el murmullo de la gente, para despejarme. Y es que una mañana sin café no es una mañana completa.
Aunque sólo sea por hacer honor al nombre de este blog, nombre que cambié por lo que significaba ese café de las doce, para que quedara como memorandum.

Despertar con el sol

Hace unos años no solía bajar la persiana para que, cada mañana, me despertara el sol. En invierno la suelo bajar, pero eso no quita para que el sol entrara por las rendijas. Cuando he abierto los ojos, de forma repentina, creía que me había quedado dormida y el reloj biológico me decía que eran las diez de la mañana. Al encender la lámpara he comprobado que aún no eran las ocho y que todavía no habían sonado las alarmas de los móviles. He suspirado y he dejado caer la cabeza en la almohada, dejando la mente en blanco.
Con los rayos del sol, se ha ido moldeando en mi mente una imagen y, curiosamente, al contrario que los días pasados, esa imagen me ha traído paz, me ha dado tranquilidad en el alma y me ha regalado energía suficiente para comenzar el día con un poco menos de tristeza que ayer.

Si el viento se llevara todo

Se escucha el viento silbar en el exterior con una fuerza impresionante. Creo que ya va siendo hora de ir a dormir. La verdad es que puede que me vaya a dormir ahora pero no sé cuánto tiempo estaré dando vueltas sin cesar.
Sigo contando mis secretos a la almohada, pero esta noche no tengo ganas de decir nada. Lo que de verdad me gustaría decir sólo podría decírselo a él.
Quiero dormir profundamente. No me importa que él aparezca en mis sueños, pero quiero descansar y quiero que mi mente y mi corazón también descansen.
En la oscuridad seguiré escuchando las palabras del viento, quizás se lleve consigo todo este pesar. Aunque sé que eso no es posible.

lunes, febrero 22, 2010

Cuando llegan las dudas

Lo del sábado se ha asentado como un témpano en mi corazón, pero es únicamente eso: un témpano de hielo, destinado a derretirse. Imposible que congele todo lo que está alrededor. Después de dos días, estoy sopesando las posibilidades: sería una tortura tenerle delante, aunque podría soportarlo; pero desconocer todo de él e incluso ignorarle como pretendía el sábado es aún más insoportable. Sé, además, que le veré y seguiré hablándole normal, aunque me cueste tantísimo ocultar lo que llevo acarreando desde hace tres días.
Es impresionante cómo conjuga en su misma persona tantas cualidades dignas de admiración. Casi roza la perfección. Y no exagero, es que jamás he conocido a una persona tan íntegra y que aporte tanto a la vez. Es vida. Su magnetismo es enorme.
He vuelto a sonreír al pensar en que no es mi deseo sacarle de mi vida. No podría, pero es que tampoco quiero.
La tristeza continuará azotándome, porque sigo encontrándome un poco a la deriva. Siento que me tambaleo. En estos momentos me encuentro como si acabara de salir de un mal sueño. Lo de estos días sigue ahí de todas formas. Y yo estoy algo liada, quizás porque no sé qué camino tomar. Lo que tengo claro es que seguiré permitiendo que él, su imagen, cualquier recuerdo, cualquier objeto me traiga una sonrisa de vez en cuando. Es que... ¿cómo voy a sacarle de mi vida si él no ha hecho nada? Er ist ein Engel.