
El último libro de Marian Keyes es diferente a los otros, porque profundiza en la ficción de algo desconocido: el limbo existente antes de nacer. Hace muchos años que leo a esta irlandesa: lo primero que me llamó la atención del primer libro suyo que llegó a mis manos (Por los pelos), fue su portada multicolor, que recuerda un poco a los diseños de Ágata Ruiz de la Prada. Sin embargo, embarcarse en sus novelas es otra historia: su estilo rezuma frescura, no se estanca, aunque sabes que siempre va a terminar bien (y esto hace que muchas veces sea predecible).
Al final, he compartido algunos argumentos con mi mejor amiga y ella también se los lee.
La historia de La estrella más brillante transcurre en el número 66 de la calle Star, un lugar céntrico de Dublín. Allí llega un extraño ser venido de otra dimensión, alguien que busca algo, pero para ello tiene que observar a los habitantes de ese edificio.
En el ático vive Katie. Es inevitable no coger cariño a esta mujer. Es la jefa de relaciones públicas de una discográfica, de ésas que tienen que acompañar a artistas. Lleva una vida ajetreada, con muchas salidas nocturnas, está a punto de cumplir cuarenta años y es una mujer muy sexy. Su novio, Conall Hathaway, es un ejecutivo muy rico que la quiere muchísimo, pero es un ser tan egocéntrico que no sabe lo que tiene hasta que la pierde. Él la quiere a su manera, pero viaja tanto al extranjero que nunca está junto a Katie cuando tiene que estar. Sin embargo, también el lector termina encariñándose con él.
Debajo de Katie viven dos polacos musculosos, Jan y Andrei, junto a una taxista de veintiséis años, Lydia, que es una muchacha muy lista e insolente, que no tiene pelos en la lengua. Sale con un nigeriano que le pone los cuernos, hasta que ella se termina acostando con uno de los polacos, al que más odia, y le confiesa su infidelidad al nigeriano.
En el primer piso vive Jemima, una anciana de ochenta y ocho años, junto a su perro Rencor. Poco dada a chismorreos, sabe todo lo que ocurre en el edificio. En sus ratos libres hace de clarividente vía telefónica, aunque realmente lo único que intenta es abrir los ojos a jovencitas para que no despilfarren sus ahorros en los embustes de pitonisas.
La planta baja está ocupada por una pareja de enamorados, Matt y Maeve, que pasan las horas de ocio acurrucados junto al sofá, comiendo todo tipo de golosinas.
Lo que, al principio, parece una cosa, luego resulta que es algo completamente opuesto. Por ejemplo, el joven matrimonio de la planta baja que, a simple vista, parece feliz, es todo lo contrario: toman antidepresivos a diario, van a una terapeuta todas las semanas, no se tocan y es chocante que nunca practican sexo, a pesar de llevar unos tres años casados. Todo se debe a que ella fue violada por David, su anterior compañero sentimental, que no podía soportar que le hubiera humillado en el trabajo y que le hubiera abandonado por otro. Nadie la cree porque, si es su ex novio, ya había practicado sexo con él en el pasado, y la policía cree que el acto fue consentido. Como nadie puede ayudarles, deciden sumergirse en un mundo que romperá con el intento de suicidio de Matt.
Jemima, que parece al principio una vieja bruja, tiene un corazón grandísimo. Adoptó a Rencor porque era un perro solitario al que nadie quería. Adoptó a un muchacho que se quedó sin madre, Fionn, y al que todos veían como un rebelde, pero ella le educó. Fionn se quedó en el pueblo donde creció y se dedica a la jardinería. Es una especie de Adonis que seduce a todas las mujeres que se cruzan en su camino. Le ofrecen un programa de jardinería en Dublín y se muda, durante unos meses, al piso de su madre adoptiva. Le gusta estar en Dublín y en ese edificio en concreto porque hay muchas mujeres guapas.
Katie decide poner fin a su relación con Conall en el momento en que éste la deja sola en la boda de su ex novio porque está en el extranjero. Las cosas se tuercen, porque un Conall enamorado y humillado recala en el taxi de Lydia, con la que comenzará una relación basada básicamente en el sexo. Mientras, Lydia se sigue acostando con Andrei. Katie encuentra entonces a Fionn, que es el que consigue que olvide el dolor que le produce la ruptura con Conall.
Al final, todo se arregla: Tras el intento de suicidio de Matt y con la ayuda de Jemima, Maeve decide poner todas sus energías en tener un hijo con su marido, en volcar el amor en una tercera persona. Así es como vuelven a ser un matrimonio normal y así es como llega al mundo el extraño ser que lleva dos meses observándoles.
Tanto Fionn como Lydia dejan a sus respectivos novios, porque se han dado cuenta de que siguen enamorados. También Jemima ha influido en esto. Con ella, Conall y Katie pasan las últimas horas de su vida: Jemima les confiesa que cuatro años antes luchó contra un cáncer que se ha reproducido y que es su última hora. Eso les une y los dos descubren que siguen enamorados. A la muerte de Jemima, ésta le deja en herencia su piso a Andrei, que ha decidido casarse con su virginal novia, Rosie, y ha conseguido olvidarse del deseo frenético que siente por Lydia. La taxista, por su parte, conoce a Oleksander, el anterior inquilino de su casa, un grosero con el que hace buenas migas.
Cuatro meses después, otro extraño ser aparece en el número 66 de la calle Star para bendecir a Conall y Katie.













































