miércoles, febrero 10, 2010

Aires de placidez

Alguien me dijo una vez que yo me tomo el trabajo como un juego. No es exactamente así; me lo tomo todo con mucha seriedad, pero es cierto que la alegría de cada mañana, la capacidad de absorber conocimientos nuevos cada día, el trato con tantas personas dispares, el disfrute contagioso de cara a cada cosa que haga en cierto momento son actitudes, entre otras muchas más, que la gente nota, siente, palpa y saborea.
Así que quizás ese optimismo se ve reflejado en conversaciones y, por narices, las cosas terminan saliendo bien. Hoy me han felicitado por lo mismo dos personas. Hoy me siento muy íntegra, pero sé que, cuando miro las ramas del árbol, puedo coger manzanas más altas. Quizás ahora no llegue, pero sé que algún día las alcanzaré.
Y si a esto le añadimos la felicidad que me aporta la primera imagen del día nada más despertar o la última imagen antes de dormir, todo el sentimiento anterior se duplica, se multiplica por mil.
La energía positiva está dentro de mí, pero la felicidad me la regala cada día ese ángel de alas invisibles, de voz aterciopelada, de mirada profunda. Entre muchas cosas que pueda escribir, esta noche me quedo con que ese ángel me trae suerte.

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