
Me pregunto cómo será despertar mañana, de qué color será el cielo, qué canciones escucharé, con qué personas hablaré y dónde estará mi mente en cada instante. Me pregunto cómo ocultaré este dolor, cómo conseguiré continuar como si todo siguiera su curso, como si nada hubiera ocurrido. Pero es que sí que ha ocurrido algo.
No es algo comparable a lo que pasó en noviembre. Había tristeza, una tristeza que duró unos pocos días hasta que opté por asegurarme primero, pero al menos sabía a qué atenerme. Es que ahora no sé nada y ese silencio me mata.
Es difícil enfrentarse a una situación así. No se puede sacar a una persona de tu vida de un día para otro y mucho menos si sientes algo que a duras penas consigues controlar. Aunque tenerle cerca, mirar sus ojos, escuchar su voz sería una tortura por la que no quiero pasar.
Tengo pánico a lo que pasará a partir de ahora, a cruzarme con él por la calle, a verle en los bares... Y aún así, sé de antemano que no podré desviar los ojos de él, que en mi mundo, aunque estemos rodeados de gente, seguiré teniendo ojos para él porque sólo le veré a él.
Esta noche he sentido un frío glacial. Por mucho que me tapé no conseguí aliviarlo porque ese frío venía de dentro, como si se estuviera formando un témpano de hielo en mi corazón. Se que, cuando nos veamos, mi corazón seguirá latiendo muy fuerte cuando él esté delante, porque hay sentimientos que no mueren de la noche a la mañana, porque es imposible no quererle.
Hoy no me quedan lágrimas que derramar...
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