
Desde que tenía catorce años aún guardo una sudadera de Levi's de color gris que ya nunca me pongo. Le tengo cierto cariño, pese a que tiene los agujeros de varias dentelladas del perro lobo que teníamos en casa cuando éramos pequeños, Levi se llamaba. Me dio mucha pena cuando se lo llevaron. Nos clavó una mirada oscura, como si tuviera conocimiento que aquella sería la última vez que nos viéramos. Era un perro enorme, agresivo con los extraños, con una fuerza terrible. Y había crecido con nosotros. Todavía hoy se me pone la piel de gallina cuando recuerdo a mi primer perro. Después me prometí que no volvía a encariñarme con ningún otro perro, que no deseaba por nada del mundo volver a sentir ese vacío. Es un perro, sí, pero su falta después de tantos años también se nota.
El jersey estaba colgado en un tendedero, lo cogió y clavó sus colmillos. Creo que lo conservo porque me recuerda al primer perro que tuvimos.
Yoguito es diferente, más pequeño, más juguetón y vive dentro de casa. A veces se queda quieto escuchando y da la sensación de que te entiende. Tiene fijación por las zapatillas de casa y cada vez que me quito las botas tengo que buscar por todas las habitaciones mis zapatillas. Aunque esta noche le ha dado por coger una esponja, traerla a mi cama y empezar a destrozarla. Cuando me he dado cuenta, había trozos de espuma amarilla esparcidos por la cama y una parte de la cama húmeda. Aunque le he reñido y me he llevado el trozo de esponja ha vuelto a hacerlo. Se lo he tenido que esconder. No me enfado con él, sobre todo cuando vuelvo a pensar en el momento en que me iba de casa a primera hora de la mañana para ver su carita llena de pena tras la barandilla, su perfil estático, mirándome fijamente, sabedor de que me iba durante varias horas.
Los animales... una debilidad que me supera. Según mi familia, tengo un don con ellos.
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