jueves, febrero 18, 2010

Belleza en mayúsculas

En mi vida he conocido a muchas personas, he convivido con muchos tipos de gente y una de las cosas que nunca deja de sorprenderme es ese alto grado de superficialidad en las esferas sociales. Supongo que es una etapa por la que pasamos todos, aunque nos cueste (y nos duela) asentir ante la evidencia.
¿Quién no ha estado en un bar de copas y se ha fijado en el físico del otro sexo, se ha acercado a hablar con la persona en concreto y a los cinco minutos ese individuo le parecía más bien un orco de Mordor, porque el "guaperas" pecaba de estúpido? Además, ¿quién quiere un tío así, para pasearlo como un florero por la calle? Haberlos haylos.
Una frase de la Biblia repetida hasta la saciedad es aquella de que "quien esté libre de pecado que tire la primera piedra". Hace diez años yo era una persona que me fijaba mucho en el físico. Visto ahora me resulta extraño, pero comprensible. Con el paso del tiempo te das cuenta de que la belleza es subjetiva y que hay tantas opiniones como personas, pues quien le parezca hermoso a mi amiga de al lado puede que a mí no me parezca nada del otro mundo. En definitiva, las personas más bellas para cada uno de nosotros son aquellas que nos llegan dentro, que por lo que sea nos caen bien o que nos muestran una parte de sí mismos que no se queda en un mero envoltorio. Supongo que influye mucho la forma que nosotros tengamos de mirarlos. Y pasa que si alguien te cae bien sientas un aura de hermosura que le rodea, aunque realmente no exista tal.
Quedarse en el envoltorio es algo muy superficial, y triste, porque entonces se te escapan muchas cosas. La verdadera belleza, esa que se escribe con letras mayúsculas, es invisible a los ojos, está en el interior de las personas y es una belleza que nunca envejece, aunque es frágil, muy frágil. Puede hacerse añicos en cuestión de pocas palabras. Esa belleza es pura porque viene desde el corazón.

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