
Hace unos años no solía bajar la persiana para que, cada mañana, me despertara el sol. En invierno la suelo bajar, pero eso no quita para que el sol entrara por las rendijas. Cuando he abierto los ojos, de forma repentina, creía que me había quedado dormida y el reloj biológico me decía que eran las diez de la mañana. Al encender la lámpara he comprobado que aún no eran las ocho y que todavía no habían sonado las alarmas de los móviles. He suspirado y he dejado caer la cabeza en la almohada, dejando la mente en blanco.
Con los rayos del sol, se ha ido moldeando en mi mente una imagen y, curiosamente, al contrario que los días pasados, esa imagen me ha traído paz, me ha dado tranquilidad en el alma y me ha regalado energía suficiente para comenzar el día con un poco menos de tristeza que ayer.
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