
A las siete de la mañana ha sonado el timbre. Creo imaginar quién era, porque a esa hora sólo podía ser una persona, así que, después de comprobar que aún tenía una hora para seguir durmiendo, me he dado media vuelta y he caído en una somnolencia pausada. Creo recordar que he sacado una mano y se me ha quedado helada. La verdad es que no apetecía levantarse esta mañana ni dejar atrás el calor de la cama. Pero las obligaciones son obligaciones.
Si hubiera aprendido a silbar correctamente de pequeña, iría surcando la carretera mojada silbando sin parar, contenta. Porque me siento contenta. En cambio, iba tarareando una canción, en bajito, porque si cantara a voz en grito estoy segura que llovería durante días.
Puede que el día sea gris pero un pensamiento fugaz esta mañana le ha dado un color especial.
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