
Como los jueves anteriores, me he encontrado con D. a la hora de comer, que ha vuelto a insistir en que madrugue más por las mañanas para vernos en el desayuno. Con lo tranquila y feliz que vengo últimamente a trabajar todas las mañanas (aunque muy justa de tiempo)...
Nada más verle me ha entrado la risa, pensando en mil formas de vacilarle. Según él esa sonrisa de oreja a oreja significa que estoy enamorada. No se lo he negado, tampoco le he dicho que sí. No sé por qué intenta hurgar siempre en un asunto del que nunca voy a hablar con él. Es que de ese tema sólo hablaría con una persona, con la única persona que tengo que hablarlo, ni siquiera con mis amigas.
De hecho, D. no me conoce tanto como para intuir esas cosas. Si fuera mi amigo I., que siempre nota mi estado de ánimo porque "tienes los ojos más brillantes que de costumbre"... Es diferente.
Las conversaciones de D. son bastante curiosas y es sorprendente que le interese tanto ese asunto en concreto. Yo le dejo hablar y hay momentos -hoy por ejemplo- que al recordarme a esa persona he desconectado de la conversación para pensar en él. Debería pasarme un día de éstos por su oficina, preguntarle ciertas cosillas pendientes. Si no lo hago es porque sé que cualquier día que me lo encuentre es una situación menos forzada para sacarle en cualquier conversación esos temas. Y eso que me muero por verle, pero es soportable.
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