
La eterna pregunta de hoy (y de ayer) es por qué me marché tan repentinamente y tan pronto el sábado por la noche. En esas situaciones buscas cualquier excusa con tal de desviar el tema. A mis amigos les extraña porque suelo quedarme la última y me termino perdiendo con otra gente muchos fines de semana.
Sin embargo, he sido incapaz de profundizar con nadie en ese tema. Por una parte, no me apetece hablar de ese asunto con nadie; por otra parte, posiblemente me echaría a llorar si lo hiciera, me duele pensar en ello. Ni siquiera a mi mejor amiga se lo he contado.
Los que estaban conmigo el sábado por la noche me notaron distante, pensativa. Realmente es sorprendente que dijera que me marchaba de esa forma tan fría, sin dar opción al "venga, quédate un poco más" o "vamos a echar la última". Y es que eso a veces funciona, aunque el sábado no hubiera funcionado. Me fui porque no podía estar allí, aunque realmente no quería estar en ningún otro sitio. Quizás también temía la posibilidad de encontrarme con él.
No sé. De repente sentí que no tenía ganas de fiesta. A mitad de camino paré el coche, porque no veía la carretera. Estuve veinte minutos llorando bajo las estrellas, hasta que me di cuenta de que podía haber salteadores de caminos, aunque mi coche es seguro, porque se cierra automáticamente a los pocos minutos de haber arrancado. Curiosamente no sentía miedo. Lo que me estaba desgarrando por dentro era mucho más potente que cualquier otro sentimiento.
¿Por qué me fui? Porque quería desahogarme y para ello necesitaba estar sola. Por eso me fui.
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