
El día ha amanecido bastante oscuro, los negros nubarrones y la constante lluvia lo convierten en tristón. No apetece salir siquiera a tomar un café. Pero a última hora tenía algo que hacer e ir a Correos requiere coger el coche. De frente, el suyo y eso conlleva su latente cercanía.
Al volver, media hora después, ya se había ido.
Entonces he empezado a caminar bajo la lluvia, pensando en que por cuestión de minutos no nos encontramos cuando he levantado la cabeza para mirar hacia un paso de cebra. Y entonces me he fijado en el coche que pasaba y en la persona que lo conducía.
Entonces el día ha dejado de parecerme gris, tristón y han desaparecido todas las nubes negras. Casi como su saludo hubiera iluminado el día.
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