
No hay cosa que más odie que esperar una larga fila en un banco. Pero no suele ocurrirme muchas veces, siempre consigo que alguien me deje pasar. Hoy no ha sido una excepción. Cuando he entrado en una de las numerosas entidades bancarias de esta ciudad, estaba MC junto a la puerta. Es una persona a la que siempre saludo, aunque sólo haya hablado con ella en dos ocasiones contadas. Siempre saludo aunque no tengo confianza con ella para preguntarle por cierta persona. Lo de Nochevieja es otra historia: había alcohol por medio.
He seguido caminando por el pasillo del banco hasta llegar al mostrador, o más bien a la fila del mostrador, aunque me han dejado pasar. Al marchar, MC aún seguía allí, parecía esperar a alguien en concreto.
Antes de eso, al pasar junto a cierto número de una calle de esta ciudad, he mirado hacia arriba con un descaro que jamás había utilizado (aunque paso por ahí a menudo, dado que es un punto céntrico). Tampoco pensaba encontrarme a nadie en la ventana, pero es cierto que nunca había mirado en esa dirección tan fijamente como lo he hecho hoy. Y entonces, de frente, ha aparecido alguien que trabaja ahí. Espero que no me haya visto mirando hacia arriba tan descaradamente. He sentido que me ruborizaba.
Esta ciudad está llena de personas que me recuerdan a él. Y él está en cada elemento, en cada individuo que conforma el mundo de alrededor.
Hoy hay mucha gente por la calle y eso es vida.
Creo que hoy iré a comer a casa. Después de largas semanas quedándome, casi siempre con la excusa del mal tiempo, ya va siendo hora de que retome las comidas caseras que, sin duda alguna, son las mejores.
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