
Si tuviera que elegir un platillo de la balanza, donde en una parte estuvieran todos estos últimos días con todo lo que conllevaban y a él, me quedo con él con los ojos cerrados. Porque da más alegrías que penas, aporta una tranquilidad impresionante, me calma y me reconforta. Y, entre otras muchas cosas, me gusta hablar con él. Ahora recuerdo su voz suave, hipnótica, hechizante; una voz increíblemente sensual.
No me gustan las balanzas, pero por una vez la he utilizado, porque ésta es una forma de que la tristeza de los últimos días pese un poco menos, e incluso es una manera de que sonría de vez en cuando.
Es un gran pensamiento para irme a dormir en estos momentos y dejar que la mente descanse.
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