sábado, febrero 20, 2010

La pasividad del sábado

Parece que el tiempo se ralentiza en esos sábados en que no tienes ninguna reunión ni otras actividades urgentes ni pendientes. Así que no existen alarmas que te despierten a primera hora y puedes permitirte el lujo de despertarte cuando el cuerpo te lo pida, sin atenerte a horarios. Esos sábados tengo costumbre de dar la luz de la mesilla y taparme hasta el cuello con un libro en las manos y levantarme cuando me parece que es una hora considerable para hacerlo.
Adoro ese momento: una hora leyendo en la cama, sin preocupaciones, sin trabajo, sin noción del tiempo.
A veces, me tomo pequeñas pausas con los dedos entre las páginas del libro para mirar un punto incierto en la pared y pensar en ciertos asuntos.
No hay estrés ni agobios, ni frenética actividad. En contraste con la semana, los sábados por la mañana los dedico al "no hacer nada". Aunque son instantes muy breves: cuando quieres darte cuenta es casi la hora de comer.
Si viviera sola creo que los sábados los pasaría en pijama. Pero como no es el caso, por respeto al resto de mi familia, siempre me termino vistiendo como si fuera a salir a la calle. Y ahora voy a por el pan, que después de ver el sol que hay fuera apetece que me dé el aire. Anima este día soleado.

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