lunes, febrero 22, 2010

El sol de media mañana

Mi padre me ha llamado para tomar un café; por teléfono me ha dicho que si me ocurría algo porque parecía triste, le he dicho que no, pero al responderle escuchaba una voz apagada, carrasposa, casi inaudible. En el espejo del ascensor he mirado a esa persona que me observaba con unos ojos sin vida, se percibía que había llorado no hace mucho y desviaba la vista hacia el suelo para no tener que enfrentarse a la tristeza.
Después he tenido que marchar a la calle M., por algo urgente, y, al cruzar, me he encontrado, enfrente, su coche. Se me ha rasgado el alma, caminaba mirando al suelo porque no quería mirar a la gente que pasaba por la calle. Entonces he recordado que he olvidado las gafas de sol en casa, y que sin ellas no puedo disimular, tapar parcialmente mi rostro.
Estoy controlándome para no llorar, para que la tristeza no pese tanto, y la única manera por la que no pensaré en nada es concentrarme en el trabajo.

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