
Lo que debería hacer es hablar con él, cara a cara, explicarle todo, pero no me siento con fuerzas para acercarme a él y decirle lo que está pasando. En el fondo de mí, quizás es que no quiero que me vea triste. Al fin y al cabo, ¿por qué debería fiarme de una conversación de otra persona de un sábado por la noche? No había nada extraño en ese intercambio de palabras, pues lo relevante no fue lo que se dijo, sino lo que no se dijo en la misma, lo que quedó entre líneas y capté perfectamente bien. Tan bien que sentí que el mundo empezaba a hundirse a mis pies, tan bien que necesitaba huir, huir de los bares, de la noche, de la gente..., quizás de él, aunque no estuviera.
Pero sé que no iré donde está él. Quizás porque intuyo que una conversación franca con él no serviría de nada, porque él posiblemente se mantenga en ese silencio, el mismo silencio que ahora me está matando.
Es curioso porque, con todo, me están preparando un presupuesto para Argentina. No he sido capaz de paralizarlo, quizás porque hasta yo misma me siento algo indecisa. Porque no estoy tan segura de la supuesta drástica decisión que tomé este fin de semana. Al fin y al cabo, él sigue teniendo la última palabra. Y yo no estoy segura de no querer hacer ese viaje: después de haber visto lo que tiene me atrae bastante aquel país.
Debería sentir ira o rabia, más bien al contrario, su imagen se superpone sobre toda la tristeza y veo su sonrisa angelical. Y hace dos minutos pensar así en él me ha hecho sonreír efímeramente. ¿Qué poder es ése que tiene sobre mí?
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