
Cuando me iba he visto un coche brillante a mi izquierda. He tenido que mirar dos veces. He sonreído porque ayer quería preguntarle de qué color era su coche, aunque hoy brillaba, brillaba mucho.
En ese momento he pensado en darme media vuelta, ir a verle, preguntarle cómo le va. Pero me he negado a hacerlo. Aunque ganas no me faltaban.
Es como si hubiera una barrera invisible que no puedo sortear a la hora de dirigirme en su dirección. Hasta que esa barrera caiga por su propio peso, claro.
No hay comentarios:
Publicar un comentario