
Hoy ha sido un día extraño, de ésos en que estoy desconectada y siento que todo me llega como en ondas suaves y pasa sin que me entere muy bien de lo que ha pasado por delante de los ojos. Nada más llegar, mi compañera me ha preguntado si conocía a alguien que realizara una actividad concreta que aquí no voy a especificar. He sonreído, porque en todos los sitios aparecen motivos para acercarme a él. "Claro, yo me encargo", le he respondido cogiendo toda la documentación. Papeles que aún no he mirado. Por una parte me agrada tener que aproximarme a él, laboralmente hablando; por otro lado, se me eriza la piel con sólo pensarlo. Al final, tendré que armarme de valor y acercarme a verle.
De hecho, tengo muchas cosas que contarle, otras muchas más que preguntarle, pero sobre todo tengo ganas de escucharle, de mirarle.
Sería más fácil llamarle, sólo que termino pecando de inconformista, porque no me conformaría con escucharle y hablar con él, necesito más que eso. La memoria almacena con más facilidad en forma de recuerdos lo que perciben los ojos que lo que escuchan los oídos. Al menos yo me acuerdo mejor de las caras que de las voces. Así que terminaré yendo a verle.
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