
Desde la ventana se ve la luna en cuarto creciente, delgada, con las puntas hacia arriba. Tranquiliza esa luna, te hace pensar en cada hora de la jornada que está llegando a su fin.
Lo poco que me ha costado levantarme esta mañana. Aunque habitualmente me levanto al segundo toque del despertador, hoy con el primer aviso me he levantado. Todo era silencio. Nadie aún se había despertado. A pesar de que había dormido unas cuatro horas...
Lo primero que he sentido han sido nervios, después he sonreído, e inmediatamente he elegido la ropa a conciencia. Falda, a pesar de que no me gusta ponerme faldas en invierno; botas elegantes, a pesar de lo que te destrozan los pies los finísimos tacones después de varias horas; me he maquillado (que no suelo hacerlo a diario); he buscado pendientes que estuvieran en consonancia con la ropa (y eso que suelo ponerme habitualmente los primeros que encuentro)... En fin, toda una puesta en escena proporcionada por un único motivo: ir a verle.
Ahora, cuando lo pienso, no es que sienta que la ilusión de esta mañana ha desaparecido por una alcantarilla, pero sí que es cierto que no hacía falta que me hubiera esmerado tanto y, además, podía haberme quedado en la cama durante un cuarto de hora más. ¿Pero cómo iba a adivinar que no iba a estar su coche y si no lo veo obviamente no me iba a acercar a verle?
Pienso en dos momentos en que bajaba por las escaleras de la oficina radicalmente opuestos: el primero, al mediodía, cuando iba a por algo para yantar, que he dado un paseo a ver si por azar me lo encontraba; el segundo, cuando me han llamado para tomar café, justo antes de marchar. La primera vez me retemblaba al bajar las escaleras, la segunda iba más tranquila.
Después me he marchado a casa. Intento no pensar en ello, en que me he levantado antes de la cama por él y me he maqueado más de lo habitual por él. Ver para creer. Algún día quizás comente algo de la conversación que he mantenido con mi hermano hace un rato.
De todas formas, lo de hoy me ha dejado un poco 'tocada', tanto que ni siquiera tengo ganas de salir de fiesta. Por supuesto, me he puesto pantalones y el café en el bar no me lo quita nadie, quizás una partida de cartas. Sólo que no tengo ganas de risas, empiezo a notar algo de cansancio y quiero volver pronto a casa.
Él... sigue estando ahí. Lo de hoy no tiene que ver con él más que de un modo indirecto. El hecho de emocionarme tanto es cosa mía. No puedo decir que no lo volveré a hacer, porque seguramente que vuelvo a pensar otro día en pasarme a hacerle una visita y repetiría los mismos pasos de hoy, tembleques incluidos. Debo de quererle mucho...
Llevo quince días sin verle. Es demasiado tiempo si esa persona te ha tocado el corazón.
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