
Ésta es la historia de una ciudad en época de la Reconquista. Una ciudad que empezaba a ser repoblada y que acababa de cambiar su nombre de Ambrosía a Placencia. Pero sobre todo es la historia de las personas que habitaron en ella. Como protagonistas principales están el Bien y el Mal, y la explicación de cómo teniéndolo todo, por un mal paso, una persona se puede quedar sin nada.
Cuatro caminantes del siglo XIII se dirigen a Santiago por la Vía de la Plata: un clérigo tan reservado que ni siquiera ha dicho su nombre, un mercader, un caballero de la Orden de Santiago y un sencillo fraile procedente de Asís y de nombre Francesco.
A medida que pasan los días y los cuatro compañeros de camino se van acercando a tierras de Galaecia, uno de ellos comienza a contar la historia de su vida. El clérigo silencioso y culto se ve tan arrepentido que se sincera con sus acompañantes.
Blasco Jiménez nació en Ávila, en medio de la más doliente pobreza. Con muchas bocas que alimentar en su casa, él se dedicaba a mendigar en las calles, convirtiéndose así en un hábil ratero. En una de las fiestas más pomposas de la ciudad, se había corrido la noticia de que el generoso don Bricio, arcediano de la catedral de Ávila, iba a repartir pan para los pobres. La masa mendicante se acercó al imponente hombre y, cuando éste iba a darles monedas, ellos le terminaron robando y salieron huyendo. Pero a Blasco le capturan. Él tiene tanto miedo que devuelve todo lo que ha robado. Don Bricio se compadece de él y le lleva a su casa para darle una vida digna. Le meterá al servicio pero, a medida que el niño va creciendo, y se deja observar una gran inteligencia en él, el arcediano hará que aprenda a leer y escribir, los idiomas clásicos, que lea las Sagradas Escrituras y, finalmente, tomará los votos eclesiásticos. Don Bricio va preparando al que tiene pinta de ser su sucesor. Y Blasco no es ingrato con su benefactor.
El miramamolín de Marruecos concentra sus tropas y Alfonso VIII, rey de Castilla, reagrupa a sus caballeros y nobles. Nombrado don Domingo como nuevo obispo de Ávila, el clero abulense acompaña al ejército hasta la capital sevillana. Allí, son atacados en la retaguardia por los cordobeses, que han acudido en ayuda de sus hermanos de religión. Las tropas del rey castellano tienen que regresar a Toledo, donde Blasco es iniciado en los estudios de la Escuela de Toledo. Y se preparan para otra batalla en Alarcos, donde las pérdidas de los cristianos serán numerosas. Después, llegan las treguas y varias épocas de paz, donde los musulmanes van conquistando las ciudades castellanas.
En este contexto histórico, don Bricio le pide al rey una ciudad y Alfonso VIII le convertirá en obispo de Placencia, que seguirá los cánones de San Agustín en De civitate Dei (La ciudad de Dios) y la convertirá en un lugar fértil y rico en gentes de mente y espíritu. Don Bricio nombra a Blasco arcediano de la ciudad, mientras un ser ruin que había sido su escudero, Hermesindo, se convierte en recaudador de impuestos. Hermesindo será el "mal amigo" que le llevará a Blasco por sendas poco virtuosas e incluso peligrosas.
Don Bricio es un hombre mayor que debe acudir como consejero del rey a Burgos. Está ausente de su bella ciudad durante varios años. En su ausencia, Hermesindo y Blasco derogarán leyes, ahorcarán súbditos, se convertirán en amantes de los placeres y sobornarán gentes. Blasco es entonces cuando se enamora de Doxia, una joven que ha conocido en casa de un mercader musulmán, Abasud al-Waqil. Se enamora completamente y pierde el juicio. Mientras, en la ciudad Hermesindo hace un complot contra el arcediano y luego escribe a don Bricio contándole lo que está haciendo Blasco.
Bricio está decepcionado, pero decide dar otra oportunidad a su hijo adoptivo. Ahora irá en nombre de Placencia, en su lugar, a la guerra, donde se volverán a enfrentar a los musulmanes. En el lugar de Alarcos, los castellanos deben huir de las hordas musulmanas. Los de al-Andalus sitian ciudades para su sultán, y en Placencia ponen sitio. Blasco se opone al obispo y entrega la ciudad, mientras se va a vivir al alfoz (parte externa de la muralla) con su barragana, Doxia, y su hijo. Se hace construir una casa pero no dura mucho su felicidad, pues una noche es apresado como traidor. Los cristianos han vuelto a recuperar la ciudad, que está todavía derruida tras el paso de los musulmanes. La sentencia para Blasco es la horca, pero don Bricio todavía tiene compasión por él, a pesar de haber abusado de su confianza. Consiguen envenenarle para producirle un estado de catalepsia, en un actus mortis o falsa muerte, para sacarle de la ciudad. Mientras en Placencia se le ha enterrado, Blasco camina por tierras de León, enemigas del rey de Castilla, y llega a Coria, donde conoce a don Arnaldo, obispo de la ciudad que una vez fue a visitar Placencia. Arnaldo le toma a su servicio y le enseña la reliquia que tienen en la catedral, el Santo Mantel de la Última Cena. Tras pensarlo bien, y aunque ahora tiene otra vida y otro nombre, Blasco decide robar el mantel y se marcha a Sevilla, a buscar a Doxia.
Pasa muchas penurias y tiene que mendigar, pero en un arrebato de fuerzas sacadas de lo más profundo de su ser, consigue llegar hasta la casa de Abasud. Allí ve a Doxia, pero todos le dicen que ve visiones. Abasud le cuida en su casa y le presenta a muchos comerciantes. Pero una noche de borrachera, Blasco abusa de su confianza y penetra en las habitaciones de las mujeres, donde descubre la cruda realidad: Cosme no es su hijo, sino hijo del mercader. Abasud le echa de su casa y Blasco se convierte en un alma en pena. Intenta vender la reliquia de Coria, sin éxito. Por fin, en un momento de inspiración, decide ir a Toledo. Allí pasará años mendigando, pero después se da cuenta de que conoce a gente en la Escuela de Toledo. Se adecenta como puede y entra a formar parte de la Escuela, entregando sus conocimientos al servicio de los alumnos y bajo los dictados del director, don Blas, un hombre frío pero de gran bondad.
En el lecho de muerte de don Blas, Blasco termina contándole su historia, incluso el robo de la reliqua y don Blas encuentra la máxima felicidad con ese trozo de tela. Ya ha decidido que Blasco será su sucesor. Está arrepentido y lo que tiene que hacer es devolver la reliquia a Coria y pedir perdón a todos aquellos a los que tanto daño hizo.
A la muerte de don Blas, decide emprender el camino. Empieza a ver muchos pueblos en fiesta. Por fin, el rey castellano ha vencido a los musulmanes en la batalla de las Navas de Tolosa, y todos están de celebración. Nadie le reconoce en Placencia y allí se entera de que don Bricio había muerto el año anterior. Nada le retiene allí y sólo desea entrar en la catedral para ver el sepulcro de su benefactor.
Después, marcha hacia Coria y entrega el Santo Mantel. Don Arnaldo tiene medio cuerpo paralizado, pero le explica que, gracias a ese robo, el lienzo no cayó en manos morunas cuando la morisma asaltó la ciudad. Es perdonado y entonces decide, desde allí, peregrinar a Santiago, donde se ha encontrado con los otros tres caminantes...