viernes, mayo 02, 2008

Dos curiosas actas fundacionales. Creación del Colegio de Huérfanos y del Seminario de Carvajal

Muy apreciada ha sido siempre la caridad de los opulentos y pocos han desdeñado agradecerla. Pero caridades debe haber tantas como hombres y algunas son tan peculiares como los caracteres de quienes las practicaron.

Junto a la antiquísima iglesia de Santo Tomás se encuentra un colegio de estilo renacentista que fue fundado en 1545 por don Francisco de Solís. Este Francisco no gastó título de “don” por derecho de nacimiento, sino por adopción. Andaba en su niñez Francisco hecho un pillastre de doce años por las calles de Salamanca. Era huérfano de padre y madre y no tenía ni zapatos. Un día olvidó –o no quiso- quitarse la gorra ante el paso de gentes de Iglesia. Un vecino que andaba por allí le reprendió por el gesto y el huerfanito no dudó en insultarle con toda la artillería de su breve vocabulario. El otro le agarró por el pescuezo y comenzó a propinarle una sonora paliza. El violento represor era uno de los criados de los Maldonado, y su señora, al oír los aullidos del chiquillo, acudió al lugar. Esta dama no era otra que la madre del comunero Pedro Maldonado. Libró al muchacho de las garras de su lacayo y le dio ropa, calzado, alguna lección de urbanismo y un puesto en el servicio de la casa. Pronto se puso de manifiesto la valía de Francisco, que hacía gala de una natural y despierta inteligencia.
Tanto fue el afecto que la señora de Maldonado tomó a Francisco que se ofreció a pagarle estudios. Francisco aceptó y se decantó por la medicina. Se dice que pronto superó en habilidades y conocimientos a alumnos y maestros, ganando una gran reputación como académico y como médico. No habían pasado siete años desde su ingreso en el Estudio cuando se desató la revuelta “de las Comunidades”. Esta sublevación reflejaba el descontento general de los castellanos respecto a la política de Carlos V y sus asesores flamencos. Estando el emperador ausente de la península, Toledo, Segovia, Burgos, Madrid, Cuenca, Ávila, León, Plasencia, Badajoz, Soria, Palencia, Salamanca y otras localidades se levantan en armas bajo el control de la “Santa Junta” de los “comuneros”. Proclaman el respaldo de la reina Juana, “retirada” en Tordesillas, villa también sublevada. Las traiciones, los errores tácticos y la oposición de la nobleza feudal dieron al traste con la rebelión. La caballería leal al emperador les derrotó en Villalar y sus líderes –Juan de Padilla, Juan Bravo y Francisco Maldonado- fueron ejecutados.
Pedro Maldonado también fue hecho preso, pero la intercesión de su tío, el conde de Benavente, lo libró del cadalso. Fue un indulto momentáneo, pues al regreso de Carlos V fue sentenciado y ejecutado por rebelde. Cuando su madre se enteró, cayó víctima de una terrible postración. Francisco dedicó todas sus fuerzas a la curación de su benefactora y buscó desesperado su remedio. No hubo resultado. Su amada madre de adopción había perdido las ganas de vivir y murió al poco. “¡Pobre ciencia!”, se decía Francisco mirando sus doctos volúmenes de medicina.

"¡Pobre ciencia!"

Para amortiguar su dolor, el muchacho quiso alejarse de Salamanca. Viajó hasta Trento, que entonces era víctima de una terrible epidemia y luchó contra la enfermedad exponiendo su propia vida con desapego. Salvó a muchos y su notable fama le llevó hasta la cabecera del Papa Pablo III.
Llegó la hora del regreso, y no era el pequeño Francisco sino don Francisco de Solís el que volvía. El caballero quiso invertir sus riquezas en una obra de caridad y fundó el Colegio de Huérfanos. Avisado por sus dolorosas experiencias incluyó en sus actas dos condiciones: que los niños allí acogidos jamás se cubrieran con gorra o sombrero –para evitar castigos como el sufrido por él- y que tuvieran prohibido estudiar la inútil medicina que falló a Francisco cuando más la necesitó.

Es parecida a ésta la historia del Seminario de Carvajal. Más intrascendente y más mezquina, pero de parejos resultados.
Frente a un puesto del mercado del Corrillo se encuentran el señor de Carvajal y Vargas, corregidor de la villa, y un orondo zapatero llamado “el tío Blas”. Los dos observan golosos una gran anguila que, aún viva, se retuerce en el cesto de un pescadero. El ejemplar está tasado en sesenta reales, un precio bastante elevado a juicio del corregidor, que no se decide a pagar. Aprovechando la duda, el orondo y manirroto tío Blas echa mano a la bolsa y lo mismo hace el caballero precipitadamente. Para evitar disputas, el pescadero decide subastarla y la puja se salda en favor del remendón, menos provisto de medios que el corregidor pero más tragón, desprendido y –tal vez- orgulloso. “¿Cómo os podéis permitir malgastar así?”, le reprende el ofendido caballero. “¿Y si mañana cayerais enfermo, cómo pagaríais vuestra cura?”. El tío Blas se encoge de hombros. “No me preocupa”, responde, “que para eso está el Santo Hospital”.
Al parecer, la pícara respuesta del zapatero mucho divirtió a los presentes. El corregidor, señor de Carvajal y Vargas, se debió de sentir triplemente ofendido. En primer lugar por haber perdido la subasta de la anguila ante un zapatero, lo que ya no tenía remedio. En segundo lugar, por haber sido desairado con ese orgulloso comentario, lo que tampoco ya se podía remediar. Y en tercer lugar, ofendido por tener legados sus bienes a ese Santo Hospital al que pretendía acogerse el zapatero burlador en caso de necesidad. Esta tercera situación sí podía solucionarse. De inmediato el corregidor cambió su testamento, usando esos fondos para fundar el Seminario que llevaría su nombre. De él podrían disfrutar cuantos mozos necesitados quisiesen pero nunca –ah, venganza- los hijos de zapateros.

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