Conocí a Denys Barry en Estados Unidos. Había vuelto al pueblo irlandés de su infancia, Kilderry, donde había decidido restaurar y habilitar el castillo que habitaron sus antepasados. Enseguida lo llenó de esplendor, los labriegos le bendecían y todo marchaba bien hasta que se volvieron contra él. La decisión de Barry de desecar la enorme ciénaga que rodeaba el pueblo había hecho que los habitantes de Kilderry le maldijeran y terminaran abandonando sus casas, aterrorizados.
Kilderry se había convertido en un lugar maldito. La leyenda de la ciénaga se repetía en todos los rincones, y también se hablaba del siniestro espíritu guardián que habitaba las ruinas del islote que se alzaba en medio de las lodosas aguas verdes. La maldición recaería sobre quien osara tocar o desecar la ciénaga. Pero Denys se reía de todas las supersticiones; había contratado braceros extranjeros y tenía intención de seguir adelante con su proyecto.
Denys me invitó a visitarle. Los labriegos intentaron advertirme, pero consideraba que todo eran supercherías. Pero por las noches empecé a oír las flautas estridentes en mis sueños. Al principio, pensaba que eran parte de mis sueños, pero me desperté. En la ventana del torreón donde tenía mis aposentos vi la diáfana claridad de la luna y una procesión mixta de labriegos y seres etéreos, parecidos a náyades. La siguiente noche no quería mirar por la ventana, pero el resplandor rojizo me atraía. La procesión de criaturas se dirigía hacia la ciénaga; primero se sumergieron las náyades, después los labriegos y luego los criados y sirvientes del castillo.
Huí y cuando desperté estaba cerca de la estación de tren que me traería de vuelta a la realidad. Recuerdo que cuando el último hombre entró en las verdes aguas del cenagal, innumerables ranas comenzaron a salir de las aguas. Y al fondo, entre las ruinas marmóleas del islote, reconocí el espectro etéreo de Denys Barry.
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