Un joven vestido con una andrajosa túnica púrpura y con una corona de pámpanas en su cabello rubio apareció un día en la ciudad de piedra de Terloth. Entonaba canciones acerca de sus recuerdos, sus sueños y sus esperanzas. En todas las canciones hablaba de su ciudad natal, la bella Aira, ciudad que estaba buscando. El joven se llamaba Iranon.
En Terloth le dijeron que se pusiera a trabajar con el zapatero remendón, pues nadie en aquella ciudad estaba ocioso. Caminando entre las grises piedras, buscando un hueco verde, un niño de nombre Romnod le propuso irse lejos, cruzar las montañas y llegar a Oonai, la ciudad de los laúdes y del baile, donde nadie se reiría al escuchar las canciones de Iranon.
Así que huyeron hacia Oonai. Estuvieron muchos años perdidos, tantos que Romnod creció y llegó un momento en que parecía más viejo que Iranon. Cuando, al cabo de muchos años, llegaron a Oonai, fueron recibidos con flores que los que les escuchaban les tiraban. A Iranon le vistieron con túnicas doradas. Oonai era un jolgorio donde todo el mundo estaba borracho a todas horas. Romnod empezó a beber y un día murió.
Cuando Iranon enterró a su amigo, decidió marcharse en busca de su amada Aira. En el camino se encontró con un viejo que vivía en una choza solitaria. Cuando el anciano escuchó el nombre de la ciudad imaginaria le dijo que sólo había escuchado ese nombre en su niñez, con un compañero de juegos, que se creía el príncipe de Aira y que un día partió a buscarla y a deleitar a otros pueblos con sus canciones. Se llamaba Iranon, dijo el viejo.
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