lunes, mayo 12, 2008

La tumba

Jervas Dudley escribe su historia desde un sanatorio para enfermos mentales. Desde niño, siempre fue un soñador y un visionario; la gente extraña le veía como un bicho raro. Nunca necesitó trabajar ni estudiar porque su familia era acomodada. Jervas se dedicaba por completo a devorar los libros de la inmensa biblioteca que habían ido creando sus ancestros. A veces, recorría, siempre en solitario, los alrededores de su casa.
Con 10 años encontró la tumba de los Hyde. La puerta estaba entreabierta, pero tenía una gran cadena que impedía entrar a la oscura cripta. Jervas lo intentó ese día y durante años, sin éxito. Acostumbraba a ir allí por las tardes y se tumbaba junto a la enorme puerta.
En la colina había estado enclavada la mansión de la familia Hyde, que sucumbió a un incendio. Ya solo quedaban rescoldos carcomidos por el tiempo.
Jervas se prometió a sí mismo que un día accedería a la tumba y dejó de ir durante unos años. Entonces comenzó a hacer cosas extrañas. Empezaron sus devaneos nocturnos por los cementerios, y la día siguiente poseía unos conocimientos olvidados muchos siglos antes.
Volvió a la tumba de los Hyde. Había descubierto que tenía un lejano parentesco con ellos. A veces, se quedaba dormido frente a la enorme puerta y escuchaba las voces de otro mundo y, a veces, al despertar veía en el interior una difusa luz.
Con 21 años, abrió un cofre y encontró la llave que abriría la cadena de la cripta de los Hyde. Allí encontró un nicho con un ataúd vacío. Solo había escrito un único nombre, el suyo. Huyó de la tumba como alma que lleva el diablo y se vio afectado por unos extraños cambios: hablaba como hombres de siglos anteriores, su conducta antes silenciosa se convirtió en mundana, dibujaba bocetos en los bordes de los libros, recitaba cantos antiguos y olvidados que todo el mundo desconocía... Y empezó a temer el fuego y las tormentas, cuando nunca le habían aterrorizado.
La última noche decidió salir. Había tormenta y, a medida que se aproximada a la fatídica tumba, con el brillo de un rayo vio la mansión en la colina, los carruajes que iban y venían y decidió entrar. En medio de la fiesta, un relámpago atronó contra la mansión y todos los fantasmas desaparecieron. Jervas se quedó solo y, cuando entró en razón, sus padres y los espías que llevaban tiempo vigilándole le sujetaban fuertemente y le habían tomado por loco.
Desde entonces estaba en el sanatorio. Solo tenía noticias del exterior por un viejo criado, que le creía y que había comprobado que, efectivamente, en la cripta de los Hyde había una tumba vacía con una única inscripción: <<Jervas>>.


"Quien carece del contacto con lo vivo inevitablemente se sumerge en la compañía de cosas que no lo están, o que antes lo han estado pero ya no".

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