viernes, mayo 02, 2008

Torres Villarroel. El último hombre de la leyenda

Torres Villarroel, el 'Gran Piscator'

Hay ocasiones en que épocas enteras se resumen en un personaje que pasa a ser símbolo del momento que vivió. Si Calígula o Nerón pueden representar la decadencia de Roma y da Vinci el fervor de la Italia renacentista, Diego de Torres y Villarroel es el emblema de la Salamanca barroca, inteligente, pícara y holgazana y de su Universidad. Aunque nació en los estertores del siglo XVII –que dio en llamarse “Siglo de Oro”- permaneció fiel al espíritu de esa época, a caballo entre lo épico y lo caricaturesco. Había heredado esta constitución de su idolatrado Quevedo, y tejió una vida a tenor de la suya, superándola –si cabe- en desmanes, imprudencias y extravagancias. Recogió todas sus andanzas en una autobiografía publicada en 1751 a la que tituló Vida, ascendencia, nacimiento, crianza y aventuras del doctor don Diego de Torres y Villarroel. En ella puede leerse una descripción que hace de sí mismo:
“Yo tengo dos varas y siete dedos de persona; los miembros que la abultan y componen tienen una simetría sin reprehensión; la piel del rostro está llena, aunque ya me van asomando hacia los lagrimales de los ojos algunas patas de gallo; no hay en él colorido enfadoso, pecas ni otros manchones desmayados. El cabello (a pesar de mis cuarenta y seis años) todavía es rubio; alguna cana suele salir a acusarme lo viejo, pero yo las procuro echar fuera. Los ojos son azules, pequeños y retirados hacia el colodrillo. Las cejas y la barba, bien rebutidas de un pelambre alazán, algo más pajizo que el bermejo de la cabeza. La nariz es el solecismo más reprehensible que tengo en mi rostro, porque es muy caudalosa y abierta de faldones: remata sobre la mandíbula superior en figura de coroza, apagahumos de iglesia, rabadilla de pavo o cubilete de titiritero, pero, gracias a Dios, no tiene trompicones ni caballete, no otras señales farisaicas. Los labios, frescos, sin humedad exterior, partidos sin miseria y rasgados con rectitud. Los dientes, cabales, bien cultivados, estrechamente unidos y libres del sarro, el escorbuto y otros asquerosos pegotes. El pie, la pierna y la mano son correspondientes a la magnitud de mi cuerpo; éste se va ya torciendo hacia la tierra y ha empezado a descubrir un semicírculo a los costillares, que los maldicientes llaman corcova. Soy, todo junto, un hombrón alto, picante en seco, blanco, rubio, con más catadura de alemán que de castellano o extremeño. Para los bien hablados, soy bien parecido; pero los marcadores de estaturas dicen que soy largo con demasía, algo tartamudo de movimientos y un si es no es derrengado de portante. Mirando a distancia, parezco melancólico de fisonomía, aturdido de facciones y triste de guiñaduras; pero, examinado en la conversación, soy generalmente risueño, humilde y afectuoso con los superiores, agradable y entretenido con los inferiores, y un poco libre y desvergonzado con los iguales”.
Antes de pintarse en este retrato, Torres Villarroel nació de un librero, como sus diecisiete hermanos, y estudió retórica en la Universidad hasta los veinte años. Durante ese tiempo, más que al estudio, se dedicó a graduarse en las artes de la guitarra, el baile, los naipes, el toreo y el chascarrillo. Podemos decir que se licenció en disfraces –de vieja, de cura, de borracho, de amolador francés, de sastre, de sacristán, de sopón, hasta treinta veces los mudaba en una noche- y se doctoró en robo. Según él mismo confiesa, llegó a atesorar en su cuarto de estudiante todo artefacto conocido que pudiera valer para abrir una puerta, forzar un candado o escalar un muro. Sus fechorías fueron célebres –una de ellas fue robar unos chorizos al mismo rector-. Harto del estudio, pese a su parca dedicación, se escapó a Portugal con unos reales y un pan bajo el brazo. Allí ejerció de ermitaño, soldado –y después, desertor-, curandero y profesor de baile. Vuelve a Salamanca alistado en una troupe de toreros. Abandona el capote y vuelve a estudiar, tal vez prefiriendo el hastío de la biblioteca a las fatigas del camino. Elige a “los autores rancios de Filosofía Natural, la Crisopeya, la Mágica, la Transmutatoria, la Separatoria...”, doctrinas poco ortodoxas que empiezan a granjearle fama de brujo y alquimista. A través de estas artes llega a las matemáticas, de las que consigue cátedra en la Universidad. Abandona la ciudad y regresa varias veces, sea por su voluntad o por persecución de la justicia. En uno de estos vaivenes por el extranjero compra los globos terráqueos que hay en la biblioteca de la Universidad y los bautiza como “libros redondos”.
Entre todo este embrollo ha escrito varias obras, entre las que destacan sus Almanaques y Pronósticos. No tienen buena acogida y, en Madrid, Diego subsiste bordando chinelas y gorras para el dueño de un garito portátil, además de dedicarse al contrabando. Su fortuna no tardará en virar, y sus Almanaques comienzan a reportar beneficios. Además, recibe la protección de la condesa de Arcos de una manera muy particular cuando intenta expulsar, espadón en mano, a un supuesto duende que había en su casa. En algún momento estudia medicina. Retoma la cátedra.
Ya asentado en Salamanca, tal vez definitivamente, se ordenará sacerdote y fundará una academia de matemáticas con un sobrino. La muerte le sorprendería en 1770 en el palacio de Monterrey, mientras ejercía de contable para el duque de Alba.
Diego de Torres Villarroel nos legó una obra literaria deudora de Quevedo. Visiones y visitas de Torres con don Francisco de Quevedo por la corte, Los ladrones más famosos no están en los caminos, El presente siglo, A los doctores de la Universidad de Salamanca o la citada Vida, ascendencia, nacimiento, crianza y aventuras del doctor don Diego de Torres y Villarroel le reportaron gran fama y dineros, aunque fueron sus Almanaques y Pronósticos –que editaba bajo el seudónimo de “Gran Piscator de Salamanca”- los que le elevaron a la categoría de figura de renombre y le reportaron una verdadera fortuna. A ellos se hallaban suscritos grandes de la nobleza, la casa real, las universidades y algunas órdenes religiosas. En sus páginas mezclaba astrología, medicina, recetas de cocina, alquimia y crítica social, y llegó a predecir con exactitud la muerte de Luis I, el Motín de Esquilache y la Revolución Francesa.
Éste fue Torres. Reducido, resumido y seguramente caricaturizado. Emblema de la heterodoxia, de la curiosidad, de la sabiduría errática. Como le pasó a Quevedo, la figura ensombrece a la obra. A diferencia de él, Torres ha sido prácticamente olvidado. Dura competencia ha sido la suya. Larga sería la lista que enumerara todas las glorias que la Universidad ha dado e interminable el elogio de sus logros.

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