Dos veces fue destruida la ciudad en las horrendas luchas entre defensores de la Biblia y partidarios del Corán. La refriega termina con Salamanca en manos cristianas y, aunque la villa acoge a los hijos del Islam, nunca cederá la enconada desconfianza con la que se les contempla. A ellos se imputa popularmente la fundación de la escuela de nigromancia de la Cueva de Salamanca. Cervantes recoge una mención a ello algo ripiosa en un entremés que dedica a la Cueva:
“... en ella se hacen discretos los moros de la Palanca;
y el estudiante más burdo ciencias de su pecho arranca.
A los que estudian en ella, ninguna cosa les manca;
viva, pues, siglos eternos
la Cueva de Salamanca”.
Los judíos, llegados a la villa a la vez que la Universidad, tampoco gozan de la pública aceptación, aunque tal vez disfrutan de mayor respeto por haber entre ellos muchos prestamistas y banqueros. Aunque se dedicaban a otros oficios, poseían éstos en exclusiva, así como el –también impopular- de recaudador de impuestos.
La judería de Salamanca estaba bien poblada, y en el siglo XV se extendía bordeando la muralla desde la vaguada de la Palma hasta la altura del Puente Romano. Tenía, por su importancia, categoría de aljama y llegó a tener rabinato, tres sinagogas, carnicería –adecuada a su credo-, cementerio y posada. Al igual que en el resto del reino, los judíos dependían directamente del monarca, y declaraban impuestos al rey sin pasar por sus habituales intermediarios: los nobles, los concejos y la Iglesia. Esto les otorgaba protección real, pero también una cierta vulnerabilidad local. Su desamparo se puso de manifiesto en varias persecuciones que modificaban a menudo la utilidad de los muros de las juderías. Unas veces protegían a sus ocupantes y otras les encerraban. En el fondo de estas oleadas antisemitas estaba el deseo de los vecinos de usurpar o destruir las cartas de crédito de los prestamistas, única prueba de las deudas contraídas.
La guerra de los Trastámara, que provocó la segunda crisis de la contienda de los Bandos, marca el declive de los hebreos en todo el reino. Cuando el llamado “drama de Montiel” se salda con la muerte de Pedro I de Castilla a manos del antisemita Enrique de Trastámara, la suerte queda echada. El hijo de Enrique, Juan I, compartirá su animadversión, y su nieto, Fernando I de Aragón, será un poderoso aliado de San Vicente Ferrer, que ostenta el récord de conversiones en los reinos peninsulares. Este santo dominico aconseja al rey Juan II que separe en barrios diferentes a árabes y hebreos, lo que hace en 1411. Además, los moros deberán llevar una caperuza verde con una luna clara y los judíos un tabardo con una señal roja.
La judería de Salamanca estaba bien poblada, y en el siglo XV se extendía bordeando la muralla desde la vaguada de la Palma hasta la altura del Puente Romano. Tenía, por su importancia, categoría de aljama y llegó a tener rabinato, tres sinagogas, carnicería –adecuada a su credo-, cementerio y posada. Al igual que en el resto del reino, los judíos dependían directamente del monarca, y declaraban impuestos al rey sin pasar por sus habituales intermediarios: los nobles, los concejos y la Iglesia. Esto les otorgaba protección real, pero también una cierta vulnerabilidad local. Su desamparo se puso de manifiesto en varias persecuciones que modificaban a menudo la utilidad de los muros de las juderías. Unas veces protegían a sus ocupantes y otras les encerraban. En el fondo de estas oleadas antisemitas estaba el deseo de los vecinos de usurpar o destruir las cartas de crédito de los prestamistas, única prueba de las deudas contraídas.
La guerra de los Trastámara, que provocó la segunda crisis de la contienda de los Bandos, marca el declive de los hebreos en todo el reino. Cuando el llamado “drama de Montiel” se salda con la muerte de Pedro I de Castilla a manos del antisemita Enrique de Trastámara, la suerte queda echada. El hijo de Enrique, Juan I, compartirá su animadversión, y su nieto, Fernando I de Aragón, será un poderoso aliado de San Vicente Ferrer, que ostenta el récord de conversiones en los reinos peninsulares. Este santo dominico aconseja al rey Juan II que separe en barrios diferentes a árabes y hebreos, lo que hace en 1411. Además, los moros deberán llevar una caperuza verde con una luna clara y los judíos un tabardo con una señal roja.
San Vicente Ferrer se acercó a Salamanca a predicar el año siguiente para, entre otras cosas, instar a los infieles a abrazar la fe de Cristo. No le debió bastar con sus fuerzas para la tarea, así que echó mano de las divinas. Estaban los judíos de la Sinagoga Menor en plenos oficios religiosos cuando el dominico irrumpió, crucifijo en mano, exhortándoles a la conversión. Los feligreses debieron quedar perplejos por la aparición y aún más al ver que de las alturas bajaba una lluvia de cruces de luz blanca que se situaron sobre sus cabezas. Según se dice, todos se hicieron bautizar de inmediato y la sinagoga se convirtió en la iglesia de la Vera Cruz.
En el marco de esta cruzada de carácter local se encuadra un hecho milagroso que da nombre a otra de las capillas de la Catedral: la capilla de la Virgen de la Verdad. El prodigio tiene como protagonistas a un cristiano y a un prestamista judío. El caso es que, si hacemos caso a la literalidad de la leyenda, un honrado cristiano, en un momento en el que atravesaba insalvables dificultades, pide un préstamo a un avariento judío. Con grandes trabajos el deudor junta la suma más los abusivos intereses y los entrega a su acreedor, saldando así la deuda. Pero el pérfido sayón no ha terminado aún de sangrar al pobre cristiano y lo denuncia ante la justicia real. Dice que el deudor no ha pagado. El astuto banquero urde una telaraña de intrigas que confunde a los jueces y alguaciles. El honrado y piadoso salmantino está a punto de dar con sus huesos en prisión. En el último momento propone un trato a las autoridades: acudir a la Catedral a rogar por la intercesión de la Santa Virgen. Van para allá en comitiva, el judío acusador tal vez con una sonrisilla irónica. Ante la imagen de Nuestra Señora cae el inocente y pregunta con devoción: “¿Señora, diríais vos que soy inocente?”. Para asombro de la concurrencia, la Virgen de madera movió la cabeza afirmativamente. Ante prueba de tal envergadura, se desecharon las acusaciones del malvado usurero. Esto es lo que se cuenta, aunque no es difícil de imaginar a un banquero judío asistiendo estupefacto a la farsa milagrera de quienes, más que hacer justicia, pretenden buscar la ruina a todos los de su condición.
En 1492, los Reyes Católicos destierran a los judíos que rechazan la conversión al cristianismo y poco después les seguirán los musulmanes. Se calcula que el año de la expulsión salieron por la frontera de Portugal entre cien mil y doscientos mil judíos. Muchas de sus propiedades pasan a manos de los vecinos de la ciudad o del Concejo. Es el caso de la Sinagoga Mayor, que es derribada para la construcción de viviendas. Así, poca memoria queda del paso de estas gentes por la ciudad salvo una casa en la calle Veracruz y una placa en un pasillo de la facultad de matemáticas, lugar en el que se alzaba una sinagoga. La losa exhibe una cita de los salmos: “Ésta es la puerta de Dios, por ella entrarán los justos”.
Pocas son también las historias que quedan sobre moros, fuera de las hazañas militares. No obstante, hay una digna de mención que tiene por espectral protagonista –como muchas otras leyendas en otros lugares- a una mora encantada. Se dice de esta mora que era un alma en pena condenada a hilar para siempre un copo de oro. Su fantasma aparecía en la torre de la puerta de Villamayor a medianoche, y se la veía sobre todo durante la noche de San Juan. Era una visión de ultratumba, pero aliviaba el pavor contemplar sus grandes ojos almendrados, sus negros cabellos, su escote de nácar. Trenzaba sus hilos con gran habilidad en una hermosa rueca mientras exhalaba dolorosos suspiros. Se cree que, al final del siglo XVIII, un tal Juan Iñigo quebró el encantamiento, al echar mano a la materia prima de la espectral hilandera. El tal Juan enloqueció y, encima, espantó a la encantadora fantasma.
Como remate, recordaremos brevemente el relato de don Guzmán de Gonzaga, secretario del virrey del Perú, tal y como aparece en Relación del orbe planeta español, paisajes, semblanças y sus enclaves más fecundos y sus próceres, adereços y actos de fe, editado en Lima en el XVII. En el capítulo dedicado a Castilla, don Guzmán cuenta su viaje hacia Salamanca en un carruaje, acompañado de un clérigo y un judío. Mientras sus acompañantes dormían profundamente, nuestro viajero observaba el paisaje y tomaba notas en un cuadernito. De repente, el judío despertó y le pidió una mandarina. Inmediatamente, volvió a dormirse. Minutos después, el carro traqueteaba sobre el empedrado del Puente Romano.
Don Guzmán se apeó del carruaje en la Puerta de Aníbal, donde le esperaba un joven criado. Le contó al muchacho el suceso de la mandarina y dijo: “Tal vez, el judío estaba soñando”. El mozo, que era avispado, respondió: “O tal vez fuisteis vos quien soñó que el judío despertaba y os pedía la mandarina”. Ahí quedó la cosa hasta que, ya de noche, el criado se juntó con su enamorada. Le contó la historia del judío y el caballero: “El caballero pensaba que el judío soñaba, pero tal vez quien soñaba era él”. La moza, que era fácil de palabra, respondió: “Quizá fuiste tú quien soñó que el caballero te contaba que un judío, en sueños, le pidió una mandarina”. Y con una risotada jovial, la rapaza salió a atender unos asuntos. Esos asuntos se referían a ciertos tratos carnales que mantenía con un cura cuyo nombre omitiremos por piedad. La moza le contó el enredo y el cura respondió: “Con astucia respondiste a tu amigo pero, ¿cómo estarás segura de que no fuiste tú quien soñó que tu enamorado te dijo que su señor había soñado que un judío le había pedido, entre sueños, una mandarina?”. Mucha chanza hizo el cura de la ocurrencia y a la mañana siguiente la contó a su barbero. El barbero, que era discreto, fue oír y callar, pero le vino a las mientes si no sería el viejo sacerdote quien había soñado que su amante le contaba que su amigo había soñado que su amo había soñado que un judío, en sueños, le pedía una mandarina en su viaje a Salamanca.
Algo tardó el barbero en aclarar en su cabeza tal embrollo mientras preparaba las maletas. Iba a Zamora, a un entierro. Cuál no sería su sorpresa cuando, al subir en el carruaje, vio que viajaba a su lado un judío. Sin poderse contener, le contó el relato del cura. El judío contestó: “Es probable que lo hayáis soñado todo vos. Es más, es probable que sea yo quien ahora mismo sueña que un barbero me cuenta que un cura ha soñado con una moza que ha soñado que su amante ha soñado que su señor ha soñado que un judío –que bien podría ser yo- le ha pedido, entre sueños, una mandarina”. De pronto el judío despertó y abrió los ojos. El carruaje traqueteaba sobre el empedrado del Puente Romano. El judío despertó a don Guzmán, que iba dormido y le contó su sueño, para que lo apuntara en el cuadernito. Cuando don Guzmán terminó la redacción del sueño del judío, esa noche en la posada, pensó si no habría soñado todo aquello.
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