"Huitzilopotchli: En la mitología azteca, era la divinidad solar por excelencia, el dios de la guerra que arroja sobre los hombres la culebra de fuego (símbolo de la penitencia purificadora), la barrera de fuego (símbolo de la llama de un cuerpo sólido), es decir, la guerra, torrente devastador, fuego devorador.Era un dios terrible, un sanguinario monstruo. Su fantástica imagen estaba sobrecargada de costosos adornos: sus templos eran los más augustos y majestuosos entre los edificios públicos, y sus altares humeaban con la sangre de humanas hecatombes en todas las ciudades del imperio."
En octubre del año 1894 la Mina Norton, situada en el Oeste americano, había encontrado vetas de oro y tenía a muchos hombres trabajando allí. Muchos de los que venían eran emigrantes mexicanos, pobres y desarrapados. Entre ellos, destacaba Juan Romero. Tenía rasgos nobles y sangre azteca y, cada mañana al levantarse, se quedaba mirando y adorando al sol.
En cierto momento que dieron en la mina con roca, pusieron dinamita para poder reanudar con las labores mineras. La montaña se estremeció y se abrió un abismo tan grande que no tenía fondo. Los obreros de la mina no se atrevían a bajar, y así se paralizó el trabajo.
Una noche de tormenta, se oía a lo lejos aullar a un coyote, luego a un perro ladrando y los típicos ruidos de la tempestad en el cielo. Pero Juan Romero oyó algo más: el ritmo de la tierra, el latido en la lejanía. Y de esa guisa se levantó de la cama y se dirigió hacia la mina, hacia el oscuro pozo desde donde parecía provenir la voz. De repente, el mexicano empezó a hablar en un dialecto desconocido, en el que sólo se entendía una palabra: Huitzilopotchli. Se produjo un cataclismo y un caos en la negrura del pozo, desapareciendo Juan Romero en el agujero, ahora iluminado.
El compañero de barracón del mexicano despierta y descubre que todo ha sido un sueño, aunque Juan Romero ha muerto y los médicos no saben de qué. El hombre llevaba un anillo hindú que, misteriosamente, ha desaparecido.
En cierto momento que dieron en la mina con roca, pusieron dinamita para poder reanudar con las labores mineras. La montaña se estremeció y se abrió un abismo tan grande que no tenía fondo. Los obreros de la mina no se atrevían a bajar, y así se paralizó el trabajo.
Una noche de tormenta, se oía a lo lejos aullar a un coyote, luego a un perro ladrando y los típicos ruidos de la tempestad en el cielo. Pero Juan Romero oyó algo más: el ritmo de la tierra, el latido en la lejanía. Y de esa guisa se levantó de la cama y se dirigió hacia la mina, hacia el oscuro pozo desde donde parecía provenir la voz. De repente, el mexicano empezó a hablar en un dialecto desconocido, en el que sólo se entendía una palabra: Huitzilopotchli. Se produjo un cataclismo y un caos en la negrura del pozo, desapareciendo Juan Romero en el agujero, ahora iluminado.
El compañero de barracón del mexicano despierta y descubre que todo ha sido un sueño, aunque Juan Romero ha muerto y los médicos no saben de qué. El hombre llevaba un anillo hindú que, misteriosamente, ha desaparecido.
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