sábado, mayo 31, 2008

Simoneta

Los gatos y yo nunca nos llevamos bien. Después de tener durante toda la infancia y adolescencia perros como animales de compañía en casa, jamás me imaginé que llegaran a gustarme los gatos. Pero llegó un momento en que mis padres cambiaron los perros por los gatos. Recuerdo que el primero que tuvimos se llamaba Rigoberto y que mi abuelo, cuando lo vio por casa, lo tiró por la ventana, para sorpresa de todos. El gato volvió. Recuerdo que yo tenía unos zapatos naranjas y que un día la pisé sin querer; siempre que me veía con esos zapatos no se acercaba a mí, aunque siempre prefiriera estar conmigo, sobre todo cuando llegaba de madrugada y se tumbaba a los pies de mi cama. Quizás por estos detalles empecé a tomar cierto cariño a los gatos.
Luego llegó Araceli, que era una siamesa blanca que parecía una rata. A veces daba miedo por el aspecto que tenía. Era muy casera, le gustaba poco salir de casa y su pelaje siempre estaba limpio. La bautizó mi padre, como una vecina, porque este gato -era macho, a pesar de su nombre- siempre se asomaba a todas las habitaciones y miraba primero quién había dentro. Es lógico, porque mi hermano pequeño trató siempre fatal a todos los gatos que vivieron en casa.
Más tarde, "adopté" un gato que me encontré en la finca de mi padre. Andaba yo lavando un coche y el gato se metió dentro. No hubo manera de sacarlo, así que me lo llevé. Estaba tan sucio y debía tener tantas pulgas que lo primero que hice fue frotarle con agua y jabón. Intentaba escabullirse -a los gatos no les gusta el agua-, pero conseguí dejarle limpio. Este gato duró cuatro días en mi casa. En cuanto mi padre vio que tenía un gato vagabundo -que él ya había visto antes- en casa, se lo llevó. Ni siquiera me dio tiempo a llamarle de ninguna manera.
Entonces nos regalaron una pareja de gatos. Jamás vi animales tan ariscos. Mi madre los tenía en el sótano, donde les había preparado una cómoda cesta y donde les llevaba la comida. A los pocos meses, uno de ellos se murió. La otra empezó a darse con todos nosotros. Recuerdo que, una de las veces que fui al sótano, vi sus ojos observándome, pero cuando intenté acercarme, desapareció.
No sé si fue la soledad o que necesitaba que le dieran cariño, Simoneta enseguida se alió con mi hermano pequeño (el mismo que hace unos años se llevaba mal con los gatos). Él le puso el nombre, él le daba de comer cuando estaba en casa y terminó engañándola para que subiera las escaleras. Después le puso un cascabel. Y aquí la gata ya empezaba a confiarse y entrar en las dependencias de la casa, ya no se limitaba al sótano. Dormía con mi hermano pequeño, se sintió querida -supongo- y todos le hacíamos arrumacos. Incluso intentó hacer migas con el loro.
Y ahora Simoneta se ha convertido en una princesa. Duerme con nosotros. Los días que estuve en casa esta semana pasada se tumbaba en mi cama y se quedaba grogui; ponía películas en el pc y se quedaba mirando fijamente (no sé por qué le llamaba tanto la atención, si también se queda dormida delante de la tele). Yo siempre decía que era una tragona porque antes no hacía más que comer, pero debió tener un aborto y ahora no está tan gordota. Ahora duerme mucho más y come menos. Y le encanta que la mimemos y acariciemos.

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