Era noviembre de 1896. Caía una lluvia fría y copiosa.
En Nueva Inglaterra causan auténtico pánico las antiguas y solitarias casas de campo, por las que no pasa nadie y que parecen dejadas de la mano de Dios.
Nuestro protagonista va en bici bajo la tormenta por el valle de Miskatonic. Está investigando su genealogía y ha decidido tomar un atajo, que no es otro que un camino abandonado. A medida que va pedaleando, el aguacero va aumentando.
A lo lejos ve una de esas casas de campo, destartalada y solitaria. Tiene un aspecto sombrío y produce auténtico pavor. Pero él desea, antes de nada, resguardarse de la tormenta.
Aunque la casa parece abandonada, a él le da la sensación de que allí vive alguien. Llama, pero nadie contesta, así que abre la puerta y entra.
En lo que parece una sala de estar descubre antiguos libros en medio de un ambiente bastante arcaico. Ojea un libro del Congo del siglo XVI, que tiene muchísimos grabados. Las páginas del libro se detienen insistentemente en la lámina XII, dibujo que le estremece: se trata de un festín de caníbales.
De repente, en el piso de arriba escucha pasos que, lentamente, bajan la escalera. Poco después, se encuentra frente a él un hombre muy viejo, muy bajo, con unas inmensas barbas blancas, harapiento, desaliñado y con un olor pestilente. El hombre le da la bienvenida, parece estar de buen humor, a pesar de sus excentricidades.
Cuando el viajero le pregunta sobre el libro de África, el viejo le enseña la lámina de los caníbales. Entonces una gota roja cae del techo. El viajero siente miedo ante lo que acaba de descubrir. Pero un rayo retumba sobre la casa, el rayo que le ha salvado, que le ha llevado al olvido que le ha devuelto la razón...
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