lunes, julio 31, 2006

Volar...

Me gustaría volar, perderme entre las nubes y no mirar atrás.
Ojalá tuviera alas que me dieran esa libertad. Pero ¿de qué sirve tener alas cuando terminan cortándotelas?
A veces también me gustaría tener la memoria de un pez para no recordar nada de lo que ha pasado hace un minuto, ni nada de lo anterior.
Me gustaría volar y olvidar con cada aleteo todo aquello que me estruja por dentro. Pero es difícil. No nací para volar, ni tengo alas para dirigirme hacia el horizonte. Me tendré que conformar con mirarlo desde lejos y con cerrar los ojos... y volar de otra manera, volar con la imaginación. A veces es lo único que nos queda.

Una llamada

Hoy he recibido una llamada desde Santander. Al ver el 942 me he imaginado quién podía ser. Sólo tengo apuntado su teléfono móvil. Ana Lara y yo hablamos de siglos en siglos. La última vez que hablamos fue en julio del año pasado, a principios.
Hace unos meses recibí una postal de Dublín. Era de ella. Por la letra me lo imaginé, firmaba como "Lara". Ella siempre quiso llamarse así, y sus padres no quisieron para ella un nombre compuesto. A la hora del bautizo les dijeron que Lara no era cristiano, de ahí que le tuvieran que poner Ana delante.
Me ha invitado a Santander, donde estará todo el mes de agosto y en septiembre volverá a Dublín. Me ha dicho que su nivel de inglés ha mejorado bastante. No trabaja como psicóloga sino en un restaurante.
Yo siempre pensé que Ana Lara debía autodiagnosticarse antes a sí misma porque tenía cosas raras en la cabeza. Ahora, cuando hablamos, es diferente. La veo más serena, más mujer, menos loca que entonces.
Supongo que le debo ese viaje desde hace años. Me apetece playa, pero no el mar Cantábrico. Ella siempre me insiste en que vaya, así como también me ha invitado a Dublín. Ya le he dicho que si me movía de aquí tendría que ser en la segunda quincena de agosto.
El caso es que ha habido muchos silencios en esa conversación. Me daba la sensación de que éramos dos desconocidas, después de todo lo que compartimos. La única manera de afianzar de nuevo la amistad sería volviéndonos a ver, así que me veo en Cantabria en un plazo no muy largo de tiempo, recordando viejos tiempos y repitiendo antiguas locuras.
La curiosidad aumenta en el momento en que pienso cómo será el reencuentro. Sí, tengo que volver a verla, hay cosas que jamás deben perderse.

El "Jarchas"

Mi profesor de literatura se llamaba Fernando. Llevaba muchos años casado y tenía dos hijas, pero era un secreto a voces que en su pasado, cuando iba a hacer votos para sacerdote, se enamoró de una mujer y se salió del seminario para casarse con ella.
Sólo le conocía de oídas, pero me habían dado a entender que sus clases eran equivalentes a la siesta diaria del día. Le veía de lejos. Era un hombre alto, moreno, tenía el pelo negro como el tizón y una incipiente barriga. Daban ganas de abrazarle. Me daba buena impresión, era un imán que hacía que te acercaras a él irresistiblemente. Lo del "Jarchas" le venía desde hace años, un apodo que alguien le había puesto hacía mucho tiempo y que había perdurado con el paso de las generaciones, aunque su literatura preferida no era expresamente la mozárabe. Siempre llevaba una mano ocupada con varios ejemplares de autores famosos.
Por fin llegó 2º de BUP, donde conocería a mi nuevo profesor de literatura. Ya me habían contado que en la otra aula había pillado durmiendo a uno y le había despertado de ese sopor. Había sido el primer día de clase.
Pasó lista uno a uno y cada vez que decía un nombre se quedaba mirándonos. Yo clavé mi mirada en esos profundos ojos negros. Le miré con afecto, no en vano llevaba un curso entero "enamorada" de él.
Ese curso de literatura fue el más poético de todos. En las clases de Fernando expresaba mis amores juveniles mediante rimas. Aprendí a escribir cuentos al estilo más becqueriano y probé todas los recursos estilísticos. Y llegó la Navidad.
Fernando no sabía nada de mi afición literaria hasta que volvimos en enero del año siguiente. La persona que más libros había leído esa Navidad había sido yo. Recuerdo perfectamente los títulos: La Barraca y Cañas y Barro de Vicente Blasco Ibáñez, y Cumbres Borrascosas de Emily Brönte. Me pidió que le repitiera los títulos y me hizo varias preguntas, supongo que tanteándome. ¿Era posible que no me creyera? No importaba, pronto se daría cuenta de que devoraba libros, como descubrió que en el momento en que me dio por escribir poemas les hacía los deberes a la mayoría de los internos, hasta que los pilló. El cambio de sexo se notaba en aquellas primeras palabras que yo plasmaba en el papel.
Con Fernando aprendí a adorar a los clásicos, aprendí a querer a Bécquer y a añorar a Lorca, ensalcé a Chéjov y del Siglo de Oro me decanté por Quevedo y Lope de Vega, me enteré de que el Poema de Mío Cid estaba más cercano a mí de lo que yo hubiera imaginado jamás, me aprendí aquellos versos innumerables de Espronceda que decían:

Con diez cañones por banda,
viento en popa, a toda vela,
no corta el mar, sino vuela
un velero bergantín.
Bajel pirata que llaman,
por su bravura, "El Temido",
en todo mar conocido
del uno al otro confín.
Recuerdo aquel examen cuya única pregunta fue: "Escribidme la última estrofa de La Canción del Pirata". Con el paso del tiempo fui cogiéndole cariño. Para mí sus clases eran perfectas y deseaba que llegaran. Mientras la gente se dormía mientras él leía cualquiera de los libros que siempre le acompañaban yo siempre me quedaba anonadada con esa voz que era música celestial en mis oídos.

Llegamos a 3º de BUP y Fernando siguió dándome clases de literatura. Un día nos mandó leer Pepita Jiménez de Juan Valera. Cometió un error al recomendar ese libro pues me di cuenta de que la vida del sacerdote protagonista corría paralela a lo que fue en el pasado la vida eclesiástica de Fernando. Y después de leído preguntó en clase qué nos había parecido. Una mano en alto para mezclar lo real con lo ficticio y le pregunté: "Fernando, ¿te sientes identificado con este libro?". Le saqué los colores. Mi pregunta era totalmente inocente. Y mi profesor era propenso a enrojecer. Aquel día tuve una idea maravillosa: le declararía mi amor a través de la poesía. Así es como comencé a escribirle poemas a diario y mezclar esos papeles entre sus libros, antes de entrar en clase.

Mis rimas eran completamente sensuales, románticas y cargadas de un amor platónico inmenso. Después pasaron a ser más eróticas y cargadas de sexualidad. Pero eran rimas inexpertas. Él se imaginaba que alguien le gastaba una broma, pero a veces llegaba a clase ruborizado y algo exaltado. Después de varios meses me pilló metiéndole la poesía diaria entre los libros. Los dejó en la repisa de la ventana, antes de entrar en clase, como siempre, y se alejó, aunque sólo fue a esconderse. Ese día fue él quien me sacó los colores a mí.

En ese momento dejé de interesarme por sus clases, le mostraba dejadez y comencé a leerme mis propios libros. Recuerdo estar en un pupitre del fondo y de repente escuchar un silencio sepulcral a mi alrededor. Levanté la vista y tenía a Fernando delante de mí. Quise desaparecer y sólo pensaba: "Tierra, trágame". Me pidió el libro, se titulaba Ceguera asesina y hace poco que me había llegado del Círculo de Lectores. Pensaba que me lo iba a confiscar el resto de la semana, pero sólo me lo pedía para ver el título. Me lo devolvió. La clase me miraba, pero yo estaba magnetizada por sus ojos negros y su sonrisa, una sonrisa que me decía todo: "No me falles, atiéndeme en clase". Fernando no me dijo nada, no me castigó nunca por haber estado leyendo otras cosas aquel día. Quizás él entendiera mejor que nadie el amor platónico, esos primeros amores de juventud.

Por supuesto, seguí llevándome bien con él y jamás volvió a pillarme leyendo un libro en clase que no perteneciera al temario de literatura española. Es más, volví a ser la primera persona que se leía los libros obligatorios, incluso los recomendados. Volví a ser participativa. Un día nos hizo un examen sorpresa. Recuerdo perfectamente que era sobre Peribáñez y el comendador de Ocaña de Lope de Vega. Tenía los apuntes en un cuaderno, pero no recordaba más que por encima que iba sobre la imposibilidad de ascender de clase social, así que saqué mi cuaderno y me puse a copiar descaradamente. Fernando vino -para mí que siempre me tuvo enchufe- y me dijo qué hacía. Le contesté: "Nada, estoy tomando notas". No me quitó el cuaderno ni alegó que estuviera copiando. Veía las caras anonadadas de la gente, con las bocas abiertas y fijo que pensaban: "Menuda fresca". Quizás lo era, pero también tuve cara para sacar mis apuntes y copiar delante del profesor. Es la única vez que lo hice, no me gustaban los exámenes sorpresa, aunque sí Lope de Vega. ¿Qué más da que copiara lo que él había dicho en clase si en ese examen era evidente que ya me había leído el libro?

Pasó el curso, y llegamos a COU, cuyo coordinador era Fernando. Además de ser mi tutor, ya no sólo me daba clases de literatura sino también de latín. El año anterior, gracias a mi mal profesor de latín, había terminado odiando a los romanos. Sé que decepcionaría a Fernando en el momento en que viera mi pasotismo respecto a la lengua latina. Así que en la primera evaluación me toqué las narices y suspendí, claro, pero en mi mente pensaba que no podía fallar a esa persona. Los textos latinos en COU eran para estudiarlos día a día y yo no lo hacía. Los fines de semana iba a casa. Allí tengo un tío que sabe mucho latín, tanto que siempre te está explicando el origen de las palabras. Le pedí ayuda, y cada fin de semana iba donde él a que me explicara.

En las clases de latín Fernando siempre pedía voluntarios que salieran al encerado. Nunca salía nadie. Un día levanté la mano y salí, al día siguiente igual y así durante toda la segunda evaluación; nadie más que yo salía. Fui la única persona a la que no le importaba equivocarse, pero a diario y voluntariamente estuve traduciendo en la pizarra, y odiaba la tiza, pero mereció la pena. Al final de esa evaluación, un día Fernando preguntó si alguien quería saber su nota. Algunos la pidieron, pero no se la dio. Creo que sabía que yo se la iba a pedir. En ese momento yo era una especie de cebo, pero sin hablar mal, que yo a Fernando le quería mucho. Yo sabía que me iba a subir la nota, como también sabía que él quería demostrar a la clase que el esfuerzo diario tiene su recompensa. Levanté la mano. Y me la dijo: "Ana, tienes un 6,7, pero después de esta evaluación en la que has salido sólo tú a la pizarra, con lo que me cabe pensar que eres la única que ha estudiado latín día a día, y por lo que te has esforzado... tienes notable". Otros cuantos pidieron su nota y a nadie se la dio más que a mí. Sí, me usó de cebo, como también me dio las gracias. Fernando y yo nos entendíamos perfectamente. El resto de curso apenas toqué tiza, la competencia a la hora de salir voluntariamente a la pizarra creció tanto que dejé de salir. Era evidente que pasaría eso. La clase se transformó totalmente, todo el mundo participaba, preguntaba... Un día Fernando me llamó a su despacho. Me agradeció que hubiera impulsado la clase de tal manera. Me preguntó a qué quería dedicarme. Y parece que aún fue ayer aquella larga conversación. Apreciaba a Fernando, como sé que él me apreciaba a mí. Hablamos de muchas cosas, incluso de las poesías de antaño. Me pidió que nunca perdiera la afición por los libros y que si alguna vez en el futuro tenía dudas sobre algo que no dudara en comunicarme con él.

Llegó el verano. Me dio pena dejar el colegio después de tanto tiempo. Un día estaba en el campo con una amiga cuando vi aparecer un coche que me sonaba mucho. De allí salió Fernando, con su mujer e hijas. Me quedé a cuadros. Fernando era de un pueblo cercano al mío, era evidente que estaba veraneando, y que en mi casa le habrían dicho dónde iba a encontrarme.
Después seguí carteándome con él. Siempre que tenía que elegir entre inmensas listas de libros le preguntaba qué opinaba. A veces se ha encontrado con mis padres, que también le adoran y él les pregunta si me va bien.

A Fernando es uno de los profesores que llevo y llevaré siempre en el corazón. Yo impulsé su clase de latín, pero él propugnó en mí un impulso diferente, me enseñó mundos increíbles inventados por otras personas, me ayudó a viajar a través de las palabras y empujó mi visión lectora como nadie lo habría conseguido jamás.

Nunca, en los cuatro años de internado, le llamé por el mote con el que todos hacían alusión a él. Para mí era simplemente Fernando, como la canción de ABBA.

Y hoy... hoy me he acordado de él porque llevo muchos días sin pasar página en un libro. Debería hacerlo pero no tengo ganas. Si Fernando me viera me cortaría el cuello, o quizás si escuchara esa sutil voz que me mecía en mis años adolescentes fuera suficiente para que cogiera con los ojos cerrados cualquier libro.

domingo, julio 30, 2006

Huir


Necesito huir...
No será hoy, ni mañana. Quizás algún día...

Mañana me iría a cualquier otro sitio con tal de no pensar.

Estoy como en off, sin embargo, me siento hiperactiva. No paro en ningún sitio, no estoy conforme con nadie.

¿Un cambio? Quizás lo necesite. Pero debo estar segura.

Mientras tanto cerraré los ojos...

Y saldré a que me dé el sol, eso lo necesito más que nunca. Mientras tenga la mente en otro lugar... (la segunda parte de esta frase me la guardo para mí, estoy segura de que es mejor así).

"The Jacket"


Tenía 27 años cuando morí por primera vez. Recuerdo que todo estaba muy blanco. Había una guerra y yo me sentía vivo pero en realidad estaba muerto.
A veces creo que sobrevivimos a los hechos sólo para poder decir que ocurrieron, que no le sucedieron a otro sino que me sucedieron a mí. A veces sobrevivimos para vencer las probabilidades en contra.
"No estoy loco", aunque ellos creían que lo estaba.
Vivo en el mismo mundo que los demás, sólo que he visto más cosas en él.
A veces la vida sólo se puede empezar de verdad con el conocimiento de la muerte, de que todo puede acabar cuando menos lo quieres. Lo más importante es creer que mientras sigues con vida nunca es demasiado tarde.
Por mal que parezcan presentarse las cosas, se ven mejor estando despiertos que dormidos. Y cuando mueres sólo quieres que ocurra una cosa: quieres regresar.
La película es fantasía total. De nuevo he vuelto a llorar inevitablemente. A pesar de ser consciente de que algo así no podía ocurrir... el argumento me ha gustado.
Jack Starks recibe una bala en la cabeza en plena guerra de Iraq (1991), por lo que se queda con algo de amnesia. Cuando vuelve a casa, un año después y supuestamente recuperado, se ve implicado e inculpado en un asesinato a un policía que él no ha cometido. Como no recuerda nada le llevan a un centro psiquiátrico, donde le provocan la locura. Pero él no está realmente loco, es consciente de lo que es real y lo que no. Comienzan con él una terapia que estaba prohibida: le meten en una cámara frigorífica durante horas para que su mente vaya al pasado, pero en esos viajes va al futuro. Y vive una vida que parece de otra persona.
Es preciosa :D

Cuido los pequeños detalles

La primera vez que estuve en un colegio de monjas y el primer lema del que me acuerdo es "Cuido los pequeños detalles". Las monjas intentaron metérnoslo en la cabeza, pero no se aprende eso en un curso escolar sino a medida que van pasando los años.
Acabo de darme cuenta de que en mi casa hace mucho calor. He reparado en algo que está en la pared y que ni siquiera miro: el termostato. Marcaba 18 grados, lo he movido hasta el 14. Si sigo teniendo calor lo tendré que bajar mucho más.
En el baño tengo todos los botes cerrados. Me he acordado de que hace unos años mis hermanos, después de ducharse, siempre los dejaban abiertos... hasta que se fueron a vivir solos. De repente, después de que usan el baño, lo dejan todo recogido.
No puedo meterme a la cama si no está perfectamente hecha, así que siempre que me levanto, a no ser que tenga prisa, me esmero por colocarla en condiciones. No me cuesta mucho pues se trata simplemente de extender el nórdico. Tampoco puedo dormir con la almohada si está el cosido justo ahí, por lo que le tengo que dar varias vueltas para que el cosido de la funda no me moleste.
Creo que soy una histérica del orden y de la limpieza. En mi cocina se acumulan de nuevo pequeñas pelusas que no dormirán hoy ahí y, a pesar del calor, tengo ropa que planchar que no puedo meter al armario tal y como está ahora.
En mi estantería se perfilan los libros bien alineados, ordenados por orden alfabético mientras una réplica de Notre Dame preside el mueble del televisor.
He decidido no llenar las paredes con fotos ni pósters. Nunca me gustó exhibir fotografías excepto en álbums. Aunque sí tengo expuesta en el salón una foto, sólo una.
A veces creo que un poco de desorden vendría bien. Pero sigo teniendo todo perfectamente en su sitio.

sábado, julio 29, 2006

"Casanova"

Giacomo Casanova es un libertino fornicador y mujeriego del siglo XVIII que encandila a todas las mujeres venecianas, solteras y casadas, vírgenes y religiosas, madres e hijas, promiscuas y ninfómanas. Todas caen en sus redes de seducción.
Por eso mismo es apresado multitud de veces, pero Casanova se encuentra bajo la protección del Dux de Venecia, que siempre le suelta por falsa identidad.
Un día llega un inquisidor a Venecia en busca del rompecorazones para ahorcarle. Perseguido por los soldados del obispo, llega a la universidad donde se realiza un debate acerca de si las mujeres deben pertenecer o no a esa institución. Allí, rodeada de hombres, se descubre el rostro una mujer que defiende la entrada de las mujeres a formar parte de la universidad.
Casanova se queda encandilado de su belleza y oratoria y comienza a perseguirla, se hace pasar por otra persona, y por primera vez se enamora.
He llorado, no he podido evitarlo. Todos los Casanovas se enamoran alguna vez, era previsible eso. Hay un momento en que no he podido evitar llorar, aunque eso también es previsible pues lloro en casi todas las películas.
Sale Jeremy Irons, que es el hombre perfecto. Aunque me encanta el protagonista (Heath Ledger), más aquí que de gay en "Brokeback Mountain" y me encanta algo que se dice dos veces a lo largo de toda la historia:
Dame un hombre que sea lo bastante hombre para entregarse sólo a la mujer que lo merece. Si esa mujer fuera yo lo amaría sólo a él para siempre.
La verdadera historia de Giacomo Casanova


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Cuando uno evoca el nombre de Casanova, le viene a la mente, inevitablemente asociada, la imagen del seductor por antonomasia, y así es la leyenda del personaje: conquistador lujurioso, de insaciable lubricidad, ha llegado a eclipsar al hombre.
Giovanni Giacomo Casanova, señor de Seingalt, nació en Venecia en 1725. Hijo de la bella actriz Zanetta, se desconoce la auténtica identidad de su progenitor, que bien pudo ser el marido de su madre, otro actor o el empresario teatral Michele Grimani.
De pequeño, Casanova fue un niño enclenque y dotado de una inteligencia extraordinaria, una comprensión rápida y una memoria portentosa. Su abuela, admirada por los progresos culturales que hacía (aprendió a leer en menos de un mes) se decidió a enviarlo a estudiar a Padua, en cuya universidad recibió el título de Doctor en Derecho a los 17 años.
Su vasta instrucción llegó a abarcar diversos campos, y no solamente fue un hombre de conducta escandalosa, duelista y jugador; también destacó siendo violinista, matemático, poeta, novelista, historiador, filósofo, teólogo, traductor de Horacio y de Homero, astrónomo, químico, geólogo, médico empírico... Sin embargo, no ha pasado a la posteridad por ninguna de estas actividades, sino por la de ser un conquistador.
En los 39 años que duró su vida amorosa estuvo con ciento 22 mujeres: actrices, monjas, cortesanas, damas de la alta sociedad...; mujeres de las que Casanova se enamoraba con cierta ingenuidad, con pasión, de verdad; mujeres que, en no pocas ocasiones, se aprovechaban de su generosidad y que siempre conservaron de él un recuerdo dulce y nostálgico, pues el terrible y disoluto seductor era un amante magnánimo y tierno.
La vida de Casanova es una vida inquieta, dinámica, despreocupada y plagada de excesos. Viajero infatigable, aventurero, masón, espía..., conoció la prisión en los Plomos, las enfermedades sexuales, la riqueza y la ruina.
En sus últimos años, recluido en el castillo de Dux en Bohemia, aquejado de la próstata y gotoso, emprende la ardua labor de redactar su biografía. Con una letra menuda y clara y una excelente memoria, Casanova se dispone a escribir sus recuerdos, tarea a la que dedicaba 13 horas diarias, dejando unas memorias que, aun no siendo completas, ocupan 3700 folios.
Escrita en francés, lengua que Casanova domina junto con el italiano y el latín, la Histoire de ma vie jusqu’en l’an 1797 recoge confesiones de una enorme sinceridad, una verdad sin tapujos. En ella, el autor se retrata tal y como se ve a sí mismo, no esconde nada porque no se arrepiente de nada y por eso le resulta indiferente el juicio que el lector pueda hacer de él. El estilo literario es directo, vivaz, realista y un tanto desvergonzado, y la magnífica descripción de los personajes y de las costumbres de la época hacen que esta obra no sólo sea el relato de una serie de aventuras amorosas, sino también una perfecta ilustración histórica del Siglo de las Luces.

Homofobia

Hace dos noches que mi amigo Rober, gay, me dijo que era una homófoba. No me lo dijo una vez sino que lo repitió varias veces. Intenté explicarle mi punto de vista pero no me entendió, o no quiso entenderme.
La cuestión es que él sabe que evitaré por todos los medios el hecho de ir a bares de ambiente. Dos veces en el pasado entré en ese tipo de bares con él y no me sentía a gusto allí. Respeto a los homosexuales, y respeto la condición sexual de Rober, como la de Javi, otro amigo que conocí antes. Pero Rober no respeta mi manera de pensar, y eso me jode.
Él sabe que no consentiré ir más veces a los bares a los que acostumbra a ir él porque no estoy en mi salsa ni en mi ambiente. Que me da igual ver a mi lado a dos lesbianas besándose, pero si puedo ir a otros sitios lo prefiero. Además es un mundo aparte, todos se conocen...
Vino a mi casa y estuvimos hablando de películas. Me dijo que tenía que enseñarle varias cosillas de internet al respecto. Voy a empezar a cobrar por enseñar mis conocimientos, que no son muchos, pues día a día aprendo cosas nuevas (ayer me ayudaron a mí porque tardaban en cargarse las páginas :*). Y salió a colación la película de "Brokeback Mountain". Le dije que no me gustó esa película y que a mitad estuve a punto de quitarla, aparte de que se me hizo pesada. Me dijo que eso era otro signo de mi homofobia. Y yo: "Pero vamos a ver ¿por qué? Para gustos... los colores, de toda la puta vida".
Después estuvimos hablando en la terraza de una cervecería. Rober me ha dicho muchas veces que debería probar a liarme con una chica de mi sexo. Siempre le respondo que no me llama la atención, que lo que te puede hacer una tía te lo sabe hacer también un tío. No nos ponemos de acuerdo. Me preguntó si había estado alguna vez en Chueca y le dije que no, cerca, pero exactamente en Chueca no. ¿Para qué voy a ir a Chueca cuando prefiero ir a Sol y Huertas, que son zonas de Madrid que van más con mi estilo?
Lo último ya fue la gota que colmó el vaso. Cuando le di la dirección de mi blog, desmaquillando el arcoiris, me dijo que era un prejuicio más porque el arco iris es el símbolo de los homosexuales. Le dije que dé qué coño iba, que el nombre de mi blog es metafórico, que lo cambié en una etapa triste de mi vida y que venía a decir que mi vida había perdido el color. Me dijo que cambiara el "arco iris" por el "corazón". Le contesté que no, que el arco iris tenía muchos colores, que si lo quería entender bien y sino también.
Al final me di cuenta de que todo lo que le dijera y/o yo haga para él va a ser una actitud homófoba y me jode.
Pero vaya, ahora cuando pienso en todo esto, me estoy pensando si salir o no esta noche. Para empezar no tengo muchas ganas. Estoy en una fase en plan ¿A qué huelen las nubes? y necesito tranquilidad y nada de alcohol. Y si bebo sé que Rober me repetirá e insistirá hasta la saciedad lo de ir a esos bares en los que no me siento a gusto. No iré de todas formas.

Mario Benedetti


Mi táctica
es quedarme
en tu recuerdo;
no sé cómo,
ni con qué pretexto,
pero
quedarme
en vos.


Enya: Only time

Aún recuerdo aquel primer día


Enya: Waterfall

A lo largo de los años he ido conociendo a mucha gente, tanta que ni me acuerdo. Al final siempre nos quedamos con los mejores recuerdos, con aquello que hicimos o quizás no hicimos, aquellos momentos que volvemos a evocar de vez en cuando y nos producen una sonrisa, esos detalles que quedan guardados para siempre en la memoria.

No hace mucho que conocí a alguien. Han pasado ya unos meses desde aquel primer día. No sé por qué me llamó especialmente la atención, quizás una palabra, quizás una imagen... pero noté algo especial, como especial es esa persona. Creo que si algún día dejara de saber de él sería muy difícil mirar hacia adelante, quizás volviera la vista hacia atrás casi perpetuamente para intentar que jamás desaparezca de mi memoria. Espero que jamás se vaya porque entonces me quedaría sin fuerzas. Un abrazo :D

Anoche otra vez...


Anoche mis defensas volvieron a caer por los suelos. Ya no es como hace unas semanas. Es una nostalgia más suave. Sé que habrá más bajones de esta índole, no duelen tanto como al principio, aunque siguen produciendo en mí ganas de llorar.
Anoché lloré por todo. No quería que las lágrimas volvieran a resbalar por las mejillas, pero salieron. Fue sólo un momento. Después volvió a llegar la calma.

Enya: Boadicea (Sleepwalkers Theme)

Colosseo


Aunque pusiera mil fotos del Coliseo parecería igual de pequeño que si lo viéramos en la televisión. El Coliseo romano llena tu campo de visión, da igual donde mires porque siempre te encuentras con él. Me lo imaginaba mucho más pequeño, así que me sorprendió su grandeza, grandeza que no sólo está en sus dimensiones sino también en su historia.
Vangelis me transporta a un mundo diferente y aquí me viene al pelo. Desde la banda sonora de Excalibur, que una vez compusiera Carl Orff, aquel Carmina Burana que me encanta, hasta esa melodía que me pone la piel de gallina con sólo escucharla, Christophe Colomb.
La historia del Coliseo
El Coliseo de Roma es el anfiteatro más grande del mundo. Este colosal monumento de piedra, cuya fachada requirió 100.000 metros cúbicos de travertino y 300 toneladas de hierro, es al mismo tiempo símbolo de la antigüedad romana en la Ciudad Eterna e imagen de la propia Roma en todo el mundo.


En su origen, los combates de gladiadores tenían lugar en el Foro, donde se levantaban graderíos temporales para alquilarlos a los espectadores.
El primer anfiteatro permanente se construyó en el año 29 a. C. Tras el incendio de Roma en el año 64 de nuestra era, Nerón lo reemplazó por un anfiteatro de madera. El anfiteatro más bello del mundo, cuyos restos se contemplan en la actualidad, fue mandado construir por Vespasiano a partir del año 72 y se terminó bajo el reinado de su hijo Tito. Se levantó sobre los restos del parque de la villa de Nerón, la Domus Aurea.


Durante los cien días que duró su inauguración (año 80) se mataron más de 5000 fieras. El último espectáculo conocido tuvo lugar en la época de Teodorico en el año 523. Aunque no es seguro que allí se hayan martirizado cristianos, en el siglo XIX se instaló en su perímetro un vía crucis que es celebrado por el Papa todos los años. Esta consagración del edificio a los mártires cristianos le libró del pillaje al que su revestimiento de mármol y travertino le había expuesto desde la Edad Media.


El anfiteatro forma una eclipse de 188 m x 150 m. Su fachada tiene una altura de 50 m. En lo alto, una fila de ménsulas servía para sostener el gran velum, hecho de lienzos de lino desplegados por encima del edificio para proteger a los espectadores del sol.
Las 8o arcadas de la planta baja daban acceso a un complejo sistema de escaleras, la vomitoria, para facilitar la rápida entrada y salida de espectadores, que podían alcanzar desde 60.000 a 80.000. Las cifras grabadas por encima de estos accesos se correspondían con el número de la localidad (tessera) que cada cual llevaba consigo.


De las cuatro entradas situadas en los ejes principales del anfiteatro, una daba acceso a la tribuna imperial y las otras tres estaban reservadas a espectadores de categoría especial: magistrados, vestales, invitados de honor...
Lo que queda de la fachada exterior, aproximadamente 2/5 partes del conjunto, está mantenido en sus extremos por dos grandes murallas de la época de Pío VII.


El interior del Coliseo, hundido en su mayor parte, no es más que una pálida idea de lo que fue el monumento original en su época.
Los subterráneos del anfiteatro estaban cubiertos antiguamente por un suelo móvil de madera.


Albergaban todos los servicios indispensables para el desarrollo de los juegos: máquinas, jaulas para las fieras, armas...
Los 30 nichos que se abren en la muralla de los subterráneos estaban sin duda dotados de montacargas destinados a subir fieras y gladiadores al nivel de la arena. Grandes paneles de madera inclinados y provistos de un sistema rodante con bisagras y contrapesos permitían el montaje de todo tipo de decorados en el ruedo, paisajes artificiales de colinas y bosques, especialmente en el transcurso de las cacerías (venationes).


La cavea, conjunto de graderíos, estaba dividida en cinco sectores superpuestos. Las plazas eran fijas y su acceso no dependía de la suma pagada -ya que la entrada era gratuita- sino de la pertenencia a una categoría social determinada.
Según el historiador Suetonio, el emperador Augusto atribuyó la primera fila a los senadores, graderíos especiales para los plebeyos casados, otros para los jóvenes ataviados con la pretexta y las filas superiores para las mujeres.


Entre la Via Labicana y la Via San Giovanni in Laterano se ven los restos del Ludus Magnus, el principal cuartel de gladiadores, comunicado directamente por una galería con los subterráneos del Coliseo.


Al lado del anfiteatro se levantaba el coloso en bronce de Nerón, de 35 m de altura. El nombre popular de "Coliseo", utilizado a partir de la Edad Media, viene de la proximidad de esta colosal estatua.
Los Gladiadores
Los emperadores buscaban siempre el favor de la plebe. Para ello, recurrían a distribuciones de trigo, de dinero, baños públicos y, sobre todo, juegos. Éstos tenían lugar principalmente en tres tipos de monumentos: el teatro, el circo y el anfiteatro, donde se celebraban combates de gladiadores y cacerías de fieras, costosos espectáculos que permitían en toda ocasión exaltar los fastos del reinado.
Una grandiosa procesión abría los juegos. Los gladiadores penetraban en la arena por la porta triunphalis, detrás de los magistrados y los lictores. Se ha convertido en clásica la frase pronunciada en una ocasión antre la tribuna imperial de Claudio: ¡Ave, Caesar! ¡Morituri te salutant!

Las piezas de la armadura de los gladiadores, espalderas y grebas, protegían el cuerpo de las heridas que pudieran dejar en grave inferioridad al combatiente.
En el siglo I, se les añadió una rejilla a los yelmos.


Las tremendas batidas de animales destinados a las cacerías empobrecieron la fauna de África del Norte.

El árbitro es reconocible por su túnica y su vara de madera. Dirigía los combates y vigilaba su desarrollo.


Para levantar las bandas del velum a favor del viento se utilizaba un anemómetro.
Varios duelos tenían lugar al mismo tiempo sobre la arena y el público, que tomaba partido, apoyaba a una u otra categoría de gladiadores: tracios, samnitas, mirmillones... Por ejemplo, el secutor, provisto de un largo escudo, de una greba en la pierna izquierda y de un yelmo sin reborde, luchaba contra el reciario, que atacaba con ayuda de una red atada al cinturón, un tridente y un puñal. El reciario llevaba sólo una ancha espaldera que le cubría la base del cuello, tobilleras y un brazalete protegiendo el brazo izquierdo.

viernes, julio 28, 2006

Odio

Epica: The Phantom Agony

De toda la gente que ha pasado por mi vida, que no es poca, sólo odio a una persona. Antes pensaba que era incapaz de odiar a nadie pues lo había intentado y no salía de mí ese sentimiento tan negativo. Algo muy fuerte te deben hacer para que germine en tu interior algo así.
Le conocía de vista. Varias veces en el pasado nos habíamos cruzado en el autobús, incluso en la calle y después bares y discotecas.
Un verano intercambiamos un saludo, después comenzamos a hablar y nuestras charlas llegaron más allá. De repente éramos pareja.
Cuando mi hermano se enteró de quién era mi novio en aquellos momentos me advirtió que lo dejara cuanto antes, pero yo, encegada de amor, no veía lo mismo que mi hermano, y no le hice caso. ¿Qué vería mi hermano en él que yo era incapaz de ver...?
B. es el mayor hijo de puta que ha pasado por mi vida. Un día de madrugada, después de una larga noche de fiesta y alcohol, discutimos. Y él, en una vena de agresividad, sacó a la luz su carácter violento. Me levantó la mano. En ese momento se me bajó todo el efecto de las copas de varias horas antes, miles de imágenes empezaron a correr por mi cabeza a toda velocidad, como estoy segura de que por la suya también pasaron muchas cosas.
No la bajó, pero fue suficiente para no dignarme a mirarle nunca más a la cara. Un hombre que es capaz de levantar la mano a una mujer, aunque no la baje, es capaz de llegar mucho más allá.
Si me hubiera tocado un pelo en vez de dirigirme a casa hubiera ido a ponerle una denuncia. No llegó la sangre al río, así que decidí marcharme a casa a maldormir. Ese día no pegué ojo, anduve nerviosa durante muchas horas. Y callé. El silencio, debido al miedo que había cogido a esa persona en cuestión de minutos, era lo único que estaba de mi parte. Caí en un mutismo inusual en mí. En un día había cambiado radicalmente mi manera de ver las cosas.
Cuando ves en el telediario a todas esas mujeres que perecen a manos de los hombres te parece algo tan lejano... Nunca piensas que pueda pasarte a ti. Pero un día pasa... o al menos descubres que también a ti te puede ocurrir... Intentas quitarte esas imágenes de la cabeza, algo imposible. Todavía recuerdo la furia de su mirada, su mano en alto. Sé que nunca podré olvidar ese día. Por eso le odio.
Le evité como pude. De mi boca no salió una palabra respecto a lo que había pasado esa madrugada, ni siquiera a mi mejor amiga se lo conté. Si mis hermanos se hubieran enterado se hubiera montado una bronca terrible, hubieran ido a buscarle... en fin, no sé adónde hubiéramos llegado.
No fueron mis hermanos los que se enteraron y si alguna vez lo supieron nunca me lo comentaron, pero sí mis amigos. Todos mis amigos llegaron a enterarse.
Dos semanas después de que pasara aquello y de que enterrara a B. de por vida, él estaba borracho en una discoteca. Mi amigo Jorge se lo encontró y se pusieron a hablar un poco de todo. B. le dijo lo mucho que se arrepentía respecto a mí por lo que me había hecho. Jorge le preguntó el qué y allí salió a la luz toda la historia que, si hubiera estado en mis manos, jamás se hubiera sabido.
Era un domingo por la tarde cuando nos reunimos todos en un bar. Jorge me cogió aparte diciéndome que tenía que preguntarme algo: "Ana, ¿es verdad que B. te levantó la mano?". Me quedé blanca como el papel, le clavé la mirada, empezó a temblarme el cuerpo, las lágrimas acudieron a mis ojos. No necesitaba darle una respuesta pues con sólo ver ese estado de pánico que se había apoderado de mí ya la sabía. Jorge se lo contó al resto de mis amigos y uno a uno todos me fueron haciendo la misma respuesta. Les pedí que por favor no se lo contaran nunca a mis hermanos (y no lo hicieron).

Mucho tiempo después me enteré que esa tarde mis amigos se habían sentado y habían pensado en ir a buscar a B. Al final se decidieron por el no (al menos ellos son más civilizados). Me alegro de que no pasara nada. Cuando me enteré de esto me acojoné y me enfadé. ¿Qué hubiera pasado si hubieran ido...? Me sentí fatal, y no había sido yo quien abrió la boca.


Después de aquel domingo mis amigos, en un carácter protector, y sabiendo que yo salía con miedo a la calle me aconsejaron que fuera con ellos para que B. no se me acercara. Y así fue. Estuve más de un año saliendo de fiesta con todos los varones. Por lo general mis amigas y yo salimos aparte, pero por aquel entonces, aunque mis amigas fueran a otros bares (en contadas ocasiones, pues ellas también terminaron enterándose), terminábamos saliendo todos juntos. B. jamás se me acercó, ni a mis amigos, que le instaban a que se largara antes de aproximarse.
Poco a poco el temor fue desapareciendo. El día que les dije a mis amigos que necesitaba perder ese miedo que me había atado de pies y manos durante tanto tiempo ellos me preguntaron si estaba segura. Y dije que sí.
El primer día que B. me vio con mis amigas se acercó pero ni me digné a mirarle, en cambio miraba a mi amiga I. y ella me decía: "Ana, tranquila". Respiraba hondo e intentaba ignorar, mal que bien, a quien estaba cerca de mí. Pero el cobarde de B. fue incapaz de dirigirme la palabra, era consciente de lo que podía esperar de mí. En cambio sí que pillaba a mis amigas por banda y algo así fue lo que le soltó a E.: "Dile a Ana que agua pasada no mueve molino, que me perdone, que jamás tenía que haber pasado eso, que quiero que me salude, que podemos volver a ser amigos..."
Lo intentó muchas veces, a mí nunca me dijo nada. Un día se dio cuenta de que no le perdonaría jamás y dejó de dar la brasa a mis amigas. Y de repente dejé de saber de él.
Ahora sé que tiene un bar. Ni mis amigos ni mis amigas han puesto un pie en el mismo. No creo que lo hagan. Aunque si lo hacen me es indiferente. Esa persona para mí no significa nada. Si muriera mañana no lo lamentaría. No le deseo ningún mal, y espero que siga guardando las distancias conmigo. Es más, deseo que la mujer que se case con él no sea una víctima más de la violencia de género. Sé adónde es capaz de llegar esa persona, y ojalá nunca vuelva a levantar la mano a nadie.
Le odio, aunque apenas me acuerdo de él. Prefiero no pensar porque me hierve la sangre.
Han pasado cinco años de todo eso. Ahora ya no me cuesta mucho hablar del tema. El tiempo de después fue criminal pues vivía con miedo, y eso no es vivir. Después todo pasó y parece que fue nada más que un mal sueño, pero no, ocurrió y se me quedó demasiado grabado como para poder olvidarlo así como así. Después de él temía que cualquier hombre se me acercara. Un día me di cuenta de que no todos eran iguales, que sólo había sido una mala experiencia pero todos los hombres no son así, y dejé el temor a un lado.

Y todavía hoy...

Parabellum: La locura

Y todavía hoy las espinas se me clavan y dejan llagas en mi piel.
Son heridas con sal que escuecen más de lo que debieran.
Intento que no sea así, pero... no lo puedo evitar... y al no poder controlar eso me pesa, me pesa bastante.
Y ahora me da por escuchar aquella canción de Parabellum, con la que en cierto modo me siento identificada.


Las rosas no deberían tener espinas :( Y todavía hoy quiero arrancarlas a pesar de que pueda cortarme.

Baila conmigo


Necesito bailar, embriagarme con la música y no parar.
Necesito moverme al compás.
Necesito dar vueltas sin parar.
Necesito olvidarme de todo lo demás.

Baila conmigo. Baila, baila... bailemos sin parar.

Steve Vai: For the Love of God

Creando belleza

Día a día intento que cada cosa que escribo destile belleza por todos los lados. No quiero que nada enturbie ese estado de paz.
Siempre he pensado que la mente hay que moldearla poco a poco, como si se tratara de una obra de arte, que no debemos dejar de lado pues entonces se erosiona. Con el tiempo aprendí que no sólo era la mente la que tenemos que moldear sino muchos otros aspectos de nuestra vida.
Cuando creamos algo, bien sea un texto en un blog, los rasgos de un dibujo, los trazos de una pintura, manualidades varias y otras tantas cosas, deseamos que siempre roce la perfección. Si creamos algo y nos conformamos con eso aun teniendo imperfecciones será una obra inacabada y, por tanto, no tiene tanto valor.
Igualmente en la vida no hay que conformarse con lo que pasa, sino que debemos buscar la perfección en todas las facetas. La perfección es una utopía pues el ser humano nunca podrá aspirar ser perfecto completamente. Podremos ser perfeccionistas, pero nunca perfectos.
Yo soy una persona perfeccionista. Con nueve añitos alguien me abrió los ojos en ese sentido. No sabía exactamente lo que quería decirme, pero se quedó observando mi trabajo mientras mis compañeros de clase estaban en el recreo.
En la escuela, los viernes por la tarde se dedicaban a las manualidades. Mi maestra de entonces era asidua a este tipo de trabajos. Con ella aprendí a escribir bien en los dictados y con ella me di cuenta de lo mucho que apreciaba los viernes por las tardes. Los primeros trabajos manuales eran láminas negras para raspar con punzón, después llegaron las figuras con pinzas de tender la ropa, cuadros con intercalados de escayola, pintura y terciopelo, flores con alambres y medias de colores... y las figuras de escayola. Mi primera figura de escayola fue una virgen de colores lisos que cuelga de la pared de mi habitación desde hace años. Después llegaron las figuras negras que convertíamos en figuras anticuadas con betún. Y un día nos enseñó varios modelos de figuras que hacer para navidad. Toda la clase se cogió las estatuillas más fáciles y cómodas de pintar, por lo general una sola figura. La excepción fui yo, que elegí el trío del belén: San José, María y el Niño. La maestra me preguntó si estaba segura, si me daría tiempo. Y le contesté que sí. Claro que me dio tiempo a acabar de pintarlas para esa navidad, sólo tuve que sacrificar mis recreos. Pero la gozaba pintando. Me sentía dueña de una paz infinita y no quería que terminara nunca esa media hora que pasaba entre pinceles.
Entonces un día, cuando ya todos habían salido al patio menos yo, vino la profesora de párvulos, la señorita Mª Luz, a la que guardo un cariño especial desde que la oyera decir a mi maestra en aquellos tiempos respecto a su trato con los alumnos: "A los niños se les trata con miel, no con hiel". Mª Luz se quedó observando cómo pintaba a San José, con una delicadeza y esmero que la sorprendieron. Así me lo dijo. Me habló suavemente, como hablaba ella. Me dijo que le gustaba el entusiasmo que ponía en las cosas y -lo recuerdo perfectamente- "no lo pierdas nunca". Levanté los ojos de la figura, la miré y sonreí. Después se fue a hablar con mi maestra. Yo seguí pintando, ensimismada y muy concentrada en dónde ponía color.
Cuando un tiempo después llevé el belén a casa a mi madre le encantó. Desde entonces lo expone cada navidad para que todo el mundo lo vea.
Pienso que cada creación, sea cual sea, debe ser bella, perfecta... y si no puede llegar a serlo, al menos debería intentar acercarse, aunque sólo sea un poco.
Si algún día supiera que lo que va a salir de mi mente, por ejemplo a la hora de escribir, es destructivo, no lo escribiré. O simplemente dejaría de escribir. Curiosamente cuando el mundo se me echa encima es cuando tengo una necesidad irreprimible de escribir, aunque lo que salga de mi mente sea a veces demasiado triste.

Ese Catulo...


Odi et amo,
quare id faciam,
fortasse requiris.
Nescio, sed fieri sentio
et excrucior.


[Odio y amo,
tal vez te preguntes
cómo puedo hacerlo.
No sé, pero lo siento
y así me torturo.]

Mis abuelos paternos

Cuando mi padre tenía tan sólo ocho años quedó huérfano de madre. Mi abuela Paula muere dejando un marido y varios hijos varones, muy chicos para cuidarse por sí mismos. Mi abuelo Floriano, a pesar de sus depresiones constantes, tiene que sacar adelante a un hijo de su mujer recién fallecida, a mi padre de ocho años y a dos mellizos más pequeños. De pequeña no entendía por qué mi tío P. tenía diferente apellido que mi padre. Esta es la historia que me contaron a mí:
Mi abuela Paula y mi abuelo Floriano eran dos jóvenes enamorados, que son cruelmente separados al estallar la guerra. Mi abuela se casa en un pueblo de Burgos con un militar, que le da dos hijos. Un tiempo después quedaría viuda y regresa con su primer amor. El mayor de sus dos hijos también morirá. Le explotó el corazón. Mi abuelo Floriano le abre los brazos y deciden estrechar sus lazos uniéndose en matrimonio. De esa vida en común nacerán mi padre y los dos mellizos. Mi tío P. comienza a estudiar en un seminario. Poco tiempo después mi abuela moriría también por un problema de corazón. La casa queda desamparada sin una mujer al mando. Después de unos años, unos vecinos de San Sebastián que sólo iban a mi pueblo por vacaciones, al descubrir que mi abuelo seguía solo y triste deciden presentarle a una mujer que paliara su soledad. Hablan con él y le dicen que quieren que conozca a alguien, una chica que también está sola, que decidió dejar su tierra natal, Extremadura, en busca de una vida mejor, y que se dedicaba a cuidar de personas mayores en la capital donostiarra. Así es como comienza una relación entre un hombre y una mujer que se estuvieron carteando durante años hasta el día de la boda. Y sí, ese mismo día se conocieron en persona. Gurmensinda se llamaba, pero todo el mundo la conocía como Tomasa. Esa es la abuela paterna que yo conocí.
En realidad, la historia de mis abuelos paternos, que se estuvieron conociendo por carta durante mucho tiempo, no difiere mucho de las actuales relaciones de internet. Aunque el mundo está muy cambiado desde entonces. Mis abuelos encontraron la compañía que necesitaban el uno del otro y fueron felices...

Recuerdos


Recuerdo un atardecer mejor
Recuerdo tu sonrisa enloquecer
Recuerdo tu mirada desfallecer
Recuerdo palabras ensombrecidas
Recuerdo un lamento renacer
Recuerdo días sin odio, sin engaños, sin traiciones
Recuerdo sonreír ante un frío descomunal
Recuerdo un despertar más feliz
Recuerdo haber vivido esto antes...
Y el recuerdo me lleva al olvido.
Aunque no pueda olvidar...

jueves, julio 27, 2006

Ein Pils, bitte!!


La primera vez que me tomé una jarra de cerveza de medio litro fue en Stuttgart. Casualmente llegué a una cervecería en una especie de sótano. Los porteros te ponían un sello en la mano y te regalaban una botella pequeña de Wozka. No recuerdo el precio de la entrada pero equivalía a una consumición gratis.
Cuando bajé los escalones mi sorpresa fue mayúscula. El garito era inmenso y estaba casi a oscuras. Al fondo cantaban en inglés unos greñas vestidos de escoceses. Había dos barras en los laterales. La cervecería estaba llena de gente. Me acerqué a la barra y no me comí mucho la cabeza, miré a los lados para ver qué tipo de cerveza bebía la gente y pedí: "Ein Pils, bitte!". Personalmente prefiero la Franziskaner o la Paulaner. La Pils es una marca tan generalizada en Alemania que cuando pides una cerveza a secas te ponen una Pils. Si quieres otra marca hay que concretar. Si pides cerveza en general te sirven la Pils. A mí me encanta, aunque prefiero otras. Pero esa noche sólo bebía esa. Las primeras jarras entraban bien, las últimas las veía doble.
Llegó un momento en que decidí marcharme si no quería ir a mayores. Los alemanes están acostumbrados y yo me notaba los colores y los calores.
Cuando el recepcionista de noche me vio llegar seguro que lo primero que le llamó la atención fueron mis mofletes. Alexander Bansa me preguntó: "Willst du ein Bier?". Le dije: "Ja". Ni siquiera necesitaba decirle que la quería grande, pues las noches anteriores me preguntaba y siempre le terminaba diciendo que grande. Gracias a esas jarras de cerveza en el mini-bar del hotel nos hicimos grandes amigos. Hablábamos de todo un poco y me solía corregir, sobre todo en el Genitiv, que por aquel entonces no controlaba bien.
Realmente no fue esa la primera vez que probé una cerveza de medio litro. Fue un año antes, en Berlín, donde me dediqué a catar todas las cervezas alemanas. Pero aquel recuerdo de Stuttgart es como un tesoro que guardo con un cariño especial.
Cuando voy al Molly Mallone siempre pido Franziskaner. Lástima que en la cervecería donde solemos ir en estas noches veraniegas no tengan más que Paulaner. Por supuesto, pedimos pintas. Ahora no me suben tanto como antaño. Quizás es porque me da el aire en la cara mientras saboreo ese sabor amargo.

"The Queen of the Damned"



De repente me han entrado unas inmensas ganas de ver "La Reina de los Condenados". Pero hay un problema y es que no la tengo aquí.

Pero quiero verla :(

Y escuchar la banda sonora... Sí :D

Korn: Forsaken (Queen of the Damned)

Correos

Lo que más me gusta de la oficina de Correos de aquí es que cuando voy no tengo que esperar al número. Al ser un horario continuo opto por ir siempre al mediodía. Se respira tranquilidad.
Ayer tuve que ir a recoger una tarjeta que debieron de enviarme el lunes y yo no estaba. Fui, a pesar del calor, al mediodía. No tuve que esperar. Hoy he vuelto. Era más tarde, sobre las 4, pero tampoco he esperado.
Odio las largas esperas. En Roma me las tuve que tragar porque no me quedó más remedio, aunque mereció la pena. Si ahora fuera a la oficina de Correos seguro que tendría que esperar como una hora hasta que toque mi turno
Cuando antes cogía el billete de tren lo reservaba por teléfono. Tenía que ir a recogerlo a la estación de tren. Siempre había muchísima gente, sobre todo cuando había festividades o vacaciones cercanas. Pero había una ventanilla con preferencia para reservas, donde casi nunca había fila.
Una vez un señor mayor que llevaba esperando bastante rato llegó a saltarme que me colaba, que debía coger número... Le dije respetuosamente que tenía reserva y que no tenía que esperar. Empezó a desvariar y a soltar exabruptos por la boca hasta que la señora que había en la ventanilla de reservas le dijo que se callara porque hablaba sin razón.
Ahora ya no reservo porque descubrí que en las agencias de viajes era más rápido sacar el billete y me pillaban más cerca.
Tengo que volver a Correos cualquier día de estos a mandar otro sobre, iré al mediodía, y a pesar del sol estaré poco rato allí.
En otras ciudades, como Logroño, Correos se cierra a las 2 de la tarde. Quizás es una gran suerte que aquí haya jornada continua.

Hoy soñaré contigo y dormiré con los ángeles, pero llegará un día en que soñaré con los ángeles y dormiré contigo

Cuando me voy a la cama intento dejar mi mente en blanco. No puedo. Lo consigo durante cinco minutos, pero de repente empiezan a aparecer imágenes de todo tipo por mi mente. No lo puedo evitar, aunque lo intento.
Me cuesta muchísimo dormir y me da pánico, cada vez más, irme a la cama. Simplemente porque hay imágenes y sueños que se repiten en mi cabeza. Se me encoge el alma cada vez que evoco esos momentos en que camino por mundos que están en otra dimensión.
Sí, soñar es bonito. Pero cuando no quieres soñar es un viaje bastante costoso, donde los obstáculos son difíciles de sortear.
Me gustaría que los sueños desaparecieran esta noche. Lo que más duele es que lo que sueño pertenece a un mundo demasiado maravilloso como para mirarlo con buenos ojos. Es por eso que no quiero soñar hoy. Los sueños, hoy en día, me llevan a una melancolía sin final.

Dos artistas de diferente palo

Hace casi un año de esta foto. No hacía ni dos meses desde que salí del hospital. Ahí quedaban los restos de las "magulladuras" que me dejaron las grapas en el ombligo. Junto a él, un pegaso vuela.
Lo que queda en mi ombligo hoy en día no es nada. No se nota ni siquiera la fina línea que cerraba la herida. Este verano me ha dado el sol y ni siquiera se percibe ese fino hilo de lo que era hace un año. Qué artista el médico, igual o mejor artista que el que me tatuó un pegaso ahí.

No sé por qué de repente me vienen a la mente aquellas palabras de Antonio Machado:

Pegasos, lindos pegasos,
caballitos de madera.

Yo conocí siendo niño,
la alegría de dar vueltas
sobre un corcel colorado,
en una noche de fiesta.
En el aire polvoriento
chispeaban las candelas,
y la noche azul ardía
toda sembrada de estrellas.
¡Alegrías infantiles
que cuestan una moneda
de cobre, lindos pegasos,
caballitos de madera!

¿Se puede olvidar?

Ducan Dhu: Una calle de París


Hablaba la pasada noche con Mireia. Comentamos muchas cosas. De repente llegó un momento en que no nos pusimos de acuerdo. Ella me decía que es fácil olvidar a una persona. Yo le decía que no, que es imposible, y cuanto más lo deseamos más difícil se hace. Me acordaba de aquel dicho: "Querer olvidar a alguien es recordarlo para siempre".
No es que quiera olvidar a nadie y, aunque lo deseara, sé por experiencia que es imposible. Simplemente fue una conversación que me hizo pensar. Hablamos de generalidades. Ella me decía que había olvidado a alguien con la vieja frase esa de "un clavo saca otro clavo" y yo le decía que para querer a alguien nuevo primero era necesario sacarse de dentro al anterior.
No nos pusimos de acuerdo.
El caso es que llega un momento en que no quieres olvidar nada ni a nadie. Al menos en mi caso prefiero quedarme con todos los recuerdos y con todos esos momentos. No los puedo tirar como si no significaran nada. Me costaría mucho y quizás el vacío sería demasiado doloroso.
Ya una vez me vacié de sentimientos y estaba a todas horas cabreada con el mundo. No merece la pena. Aunque te vacíes por dentro, la cabeza se rige por unas reglas diferentes y nunca olvida nada, como mucho lo deja caer en el subconsciente y lo hace aflorar en los momentos más inesperados.
Olvidar... no, eso es imposible.

martes, julio 25, 2006

La Fontana di Trevi

Vivo per Lei

Anochecía cuando vi la Fontana di Trevi. A pesar de que estaba llena de gente pude admirar la belleza de esas curvas de piedra, la sensualidad de esa imagen que se mostraba ante mis ojos.
Es admirable. En sus límpidas aguas se veían las monedas que la gente tira a diario. Y toqué las aguas. No podía marcharme sin meter mi mano en la fuente.
Cuando miras hacia la colosal escultura, realmente dan ganas de alcanzarla. Es un monumento precioso.
Me hubiera gustado verla de día, pero por falta de tiempo no pudo ser.
Y pedí un deseo...

Perdí la cuenta

Después de llevar dos tarjetas para la cámara y que se me acabara una, perdí la cuenta de las fotos del viaje, pensaba que rondaban entre las 300 y 400, cuando la sorpresa que me acabo de llevar es descomunal.


525 fotos... Anda que no tengo cosas que enseñar ni nada :D

Tiempo de reflexión


Estos últimos días he tenido mucho tiempo para pensar. Recuerdo en el viaje a Madrid, en el autobús, donde cogí una página del periódico y sobre una imagen escribí esto:
"Atrás quedan las enormes cúpulas de Salamanca,
atrás queda todo lo que nunca dije,
atrás queda todo lo que jamás diré.
El Tormes corre tranquilo a mi lado.
9.17 en el autobús.
Hoy dormiré en otro país. Roma tiene los brazos abiertos para mí.
¡Oh, Roma, la bella Roma!"

En el avión tuve un sueño, es demasiado desgarrador para volver de nuevo a él. En otras circunstancias cabría tildarlo de pesadilla, pero en aquellos momentos poco me importaba. Recuerdo que pensaba en ciertas circunstancias y se me caían las lágrimas.
En la capital italiana poco tiempo tuve para pensar. Vivía el momento, ese "Carpe Diem" tan nombrado por tantos autores. Estuve en las alturas y a todas horas estuve rodeada de gente de todo el mundo, sobre todo de españoles.
En cada rincón me encontraba con restos de historia, en cada rincón había un italiano que me saludaba. Entendía el italiano a la perfección, aunque me costaba hablarlo; comprendía a la gente que me hablaba en inglés; y la mayoría debían leer en mis ojos que era española pues muchos me hablaron en mi propio idioma.
Roma es exquisita en cuanto a arte se refiere, pero cojea en otras cosas. Es una ciudad que, para todo lo que tiene, no está bien cuidada ni bien organizada. Los italianos son acogedores y de más de simpáticos. También llega hasta allí la gran riada de inmigrantes, que rondan las zonas turísticas.
Dibujaba el Panteón en las escaleras de enfrente cuando dos niños se me quedaron mirando. Les sonreí. Eran españoles pero yo no dije nada. Estaba sumida en mi mundo y, a pesar de estar rodeada de gente, me sentía demasiado concentrada para notarlo.


De repente llegó la hora de volver. Ayer pensaba que quizás tendría que quedarme una noche más allí (no me hubiera importado). En el avión de vuelta no pensé. Me dediqué a mirar las nubes, el paisaje de abajo. Cuando veía las nubes creando esas imágenes pensaba que eran dioses que estaban durmiendo. Era otro reino, inalcanzable para nosotros. Vi el mar azul abajo, ese mar Mediterráneo en toda su plenitud. Había pedido: "finestra, per cortesia". Aterrizar me da vértigo, y siempre pido ventana en el avión, a pesar de que me dan miedo las alturas. Pensaba que con el retraso perdería el autobús, pero llegué a tiempo. Cuando me senté hice una llamada que me devolvió la sonrisa. Sólo Joan es capaz de hacerme reír. El domingo había sido su cumpleaños. Le llamé muchas veces desde Roma pero ninguna cogió. Ayer me comentó que había pasado el día en la playa y no se había llevado el móvil. Debería hablar más a menudo con él porque tiene salidas que son para soltar grandes carcajadas.
No quería dormirme en el autobús de vuelta, pero no pude evitarlo. A pesar del aire acondicionado y que no tenía ropa para taparme, caí en el delirio onírico hasta que vi el centro comercial "El Tormes", que me despertó con sus luces. Está en Santa Marta de Tormes, a cinco minutos de Salamanca. Me restregué los ojos. También había soñado, recuerdo todo lo que vi pasar mientras mis ojos habían estado cerrados. Era una mezcla de monumentos romanos y una persona que se diluía en el espacio y en el tiempo. Debería mirar en el Diccionario de los sueños. Hay cosas realmente inexplicables y no sé interpretar lo que sueño.

Nadie es más que nadie


En este mundo nadie es más que nadie...

no podemos redimirnos a la voluntad de otras personas,
no podemos dejarnos humillar,
no podemos dejar que nos lleven de aquí para allá
como si fuéramos marionetas
y no podemos permitir que nos pisen.

Y entonces sale a flote eso que se llama ORGULLO, y hacemos cosas que no hubiéramos hecho antes.

Cuando yo me marche...


Cuando yo me marche y te deje...
sabrás entonces... lo mucho que te amé...
buscarás en las estrellas el brillo de mis ojos...
pero estarás decepcionado... porque no lo vas a ver...

Cuando yo me marche y te deje...
sentirás un frío tu cuerpo recorrer...
mirarás el cielo y buscarás mi manto...
pero será tarde porque no te cubriré...

Cuando yo me aleje... cuando yo me marche...
me iré llorando por perder sintiendo tanto dolor...
pero te darás cuenta... de que ambos habremos perdido...
por un malentendido... el verdadero amor...

Pero cuando me marche... en cada paso que dé...
estaré dejando huellas en mi camino...
para que cuando te decidas...
sepas por dónde volver...
y vivir juntos para siempre unidos...
para cuando me marche...

Roma: una visión, un recuerdo

Tristeza por la vuelta, huelga de controladores en Barcelona, Baleares desde el cielo, aeroporto Fiumicino, tren regional desde la estación de tren de Termini, Eloína y su madre, una ventanilla equivocada, Parco Via Appia Antica, Via Appia Nuova, capucchino en la plaza, paseo por una calle inmensa, Termini Stazione y deposito de baggagio, despedida en el hotel Brasile, desayuno a las 8.00, hacer la maleta, cena en el hotel mientras veía las noticias en italiano de TG2, una hora de internet en el centro, Santa Maria Maggiore, Piazza della Reppublica, despedida del Colosseo, Palatino, circo Massimo, tallarines con cerdo y champiñones en una terraza junto al Foro, Plaza de Venezia, subir los escalones del monumento a Vittorio Emmanuel II bajo un sol terrible, ver el cambio de guardia a las 13.00, Museo Capitolino, refrescarse junto a los pies gigantes de piedra de un dios latino, paseíllo por el Foro Romano, Arco de Tito, el Colosseo (impressive!), unas filas inmensas, Tíber, un italiano de ojos verdes que se me ofreció para enseñarme la ciudad, la Piazza del Popolo, los guapísimos Carabinieri, Piazza Navona, la tienda de Ferrari, hotel con los pies negros, el Tíber y sus puentes, el castillo de Saint´Angelo, las catapultas y los cañones, terraza en la zona vaticana, los Museos Vaticanos, inmensa fila llena de pedigüeños, los Carabinieri haciendo levantar los puestos ilegales de africanos que sólo vendían bolsos, la Capilla Sistina, arte en todas sus dimensiones, esculturas de muchísimos siglos, Laocoonte, San Pietro, la tumba de Juan Pablo II, la plaza del Vaticano, la riqueza del clero, el Panteón, la Fontana di Trevi, la Piazza de Spagna, lasagna a la luz de las velas... Tantas cosas y otras tantas que me he dejado...

viernes, julio 21, 2006

Ligera de equipaje


A las 6.45 sonaban todos los despertadores, aunque yo llevaba varias horas despierta. Al menos el viaje a Roma eclipsa otro tipo de pensamientos. En parte, me alegro.
Me he puesto minifalda, unos tacones de espanto y la maleta no me pesa. Siempre me pongo ropa llamativa cuando voy a coger un avión, es que siempre me pita algo. Acabo de recoger los últimos restos de comida que pueden dar vida a nuevas especies vivas en mi frigorífico.
Me queda poner el candado en la maleta, que va casi vacía, pero volverá hasta los topes. En un cuarto de hora (no llego, no llego) debería coger el urbano para la estación de autobuses. Tendrá que ser el de las 8 menos cuarto. Si es que al final voy a tener que esperar en Filiberto Villalobos. Y me dará tiempo a desayunar por segunda vez.
Lo que más pesa es el monstruo que anida en mi interior. Lo abandonaré en Roma para no volverle a ver nunca más. Lo dejaré con el resto de fauna que vive entre los muros supervivientes a tantos siglos de historia.
Necesito este paréntesis, aunque mi mente a veces viaje a otro sitio y se me vuelvan a rasgar los ojos en señal de duelo ¿o quería decir dolor? Pero desecharé pensamientos tristes estos días.
Disfrutaré al máximo, visitaré lugares nuevos y conoceré italianos, estoy segura: "Prego, signore, per cortesia". Sí, al repasar mis conceptos de italiano, resulta que me acuerdo de cosillas. Y me sale acento como a ellos. Me defenderé hablando (o intentándolo) en italiano.
Es hora de irse. No sé si debo decir Arrivederci! o A presto!, más o menos vienen a decir lo mismo.
Volveré pronto.

Si vales bene est, ego valeo


Hace poco tiempo, Jacques me dijo una frase en latín. Literalmente significa: "Si tú estás bien, yo estoy bien". Me encantó por todo lo que conlleva. Y no podía dejar de ponerla aquí. Sí, Jacques, estaré bien, así sabré que al saber tú que estoy bien también te sentirás bien, y sabiendo yo que tú estás bien, yo también me sentiré bien.
La verdad es que todas las palabras de ese Si vales bene est, ego valeo conectan circularmente unas con otras. Al decir la frase se le da la vuelta y se vuelve al principio. Me gusta. La llevaré en mente todos estos días.
Quizás algún día yo también se la tenga que decir a alguien que esté apesadumbrado. Y quizás le sonsaque una sonrisa.

A las cinco de la tarde


Ayer cruzaba la Plaza Mayor cuando me di la vuelta. A mis espaldas estaba el reloj del Ayuntamiento marcando la hora: 18.45. Casi nunca suelo mirar el reloj cuando paso por la Plaza. No sé por qué ayer me dio por mirarlo.
Me acordé de otra hora y de otra época, de ese gran poeta que la guerra se llevó:

Llanto por Ignacio Sánchez Mejías

La cogida y la muerte

A las cinco de la tarde.
Eran las cinco en punto de la tarde.
Un niño trajo la blanca sábana
a las cinco de la tarde.
Una espuerta de cal ya prevenida
a las cinco de la tarde.
Lo demás era muerte y sólo muerte
a las cinco de la tarde.
El viento se llevó los algodones
a las cinco de la tarde.
Y el óxido sembró cristal y níquel
a las cinco de la tarde.
Ya luchan la paloma y el leopardo
a las cinco de la tarde.
Y un muslo con un asta desolada
a las cinco de la tarde.
Comenzaron los sones del bordón
a las cinco de la tarde.
Las campanas de arsénico y el humo
a las cinco de la tarde.
En las esquinas grupos de silencio
a las cinco de la tarde.
¡Y el toro, solo corazón arriba!
a las cinco de la tarde.
Cuando el sudor de nieve fue llegando
a las cinco de la tarde,
cuando la plaza se cubrió de yodo
a las cinco de la tarde,
la muerte puso huevos en la herida
a las cinco de la tarde.
A las cinco de la tarde.
A las cinco en punto de la tarde.
Un ataúd con ruedas es la cama
a las cinco de la tarde.
Huesos y flautas suenan en su oído
a las cinco de la tarde.
El toro ya mugía por su frente
a las cinco de la tarde.
El cuarto se irisaba de agonía
a las cinco de la tarde.
A lo lejos ya viene la gangrena
a las cinco de la tarde.
Trompa de lirio por las verdes ingles
a las cinco de la tarde.
Las heridas quemaban como soles
a las cinco de la tarde,
y el gentío rompía las ventanas
a las cinco de la tarde.
A las cinco de la tarde.
¡Ay qué terribles cinco de la tarde!
¡Eran las cinco en todos los relojes!
¡Eran las cinco en sombra de la tarde!

El gran Federico. Pensé en él, en su dolor en esos momentos que escribía, y algo murió en mí, como si a mí también me hubiera corneado un toro, aunque más era la pérdida lo que sentía. Se me rasgaron los ojos.
De repente, di la espalda al reloj de la Plaza Mayor y seguí andando, mientras apretaba con fuerza el billete de avión a Roma.

jueves, julio 20, 2006

Roma me espera


Ya tengo un pie en Roma, sí, sí. Acaban de llamarme de Halcón Viajes para que vaya a por los billetes y a por las explicaciones necesarias, y para pagar el resto del viaje, claro.
A veces pienso que, de haber sido las cosas diferentes, yo mañana no me cogería un vuelo a otro país, a otra ciudad. Si el monstruo que llevo dentro no fuera tan terrorífico no me vería con la necesidad de llevármelo a otro lado. Lamentablemente, lo que en otras circunstancias hubiera sido un viaje de placer se convierte en un paseo a la meditación, al cambio (al menos en mi cabeza), al posible olvido y a la inminente desaparición. Sí, será un viaje de placer, aunque no alcance todas las cotas placenteras que se esperarían de mí en otros momentos.
Roma constituye el cambio que necesito ahora. Y dicen que los cambios, si se hacen deben ser para mejor.
Cambiar de aires sé que me va a venir estupendamente, cruzarme con otras personas me va a abrir los ojos, aunque sobre los míos he tendido un sutil velo. Antes brillaban, ahora no. Me leí en la guía de Roma que hay ratas entre sus piedras, y lagartijas y mucha fauna que no me quisiera encontrar.
Roma será la novena capital europea que conoceré, después de: Madrid, Londres, Lisboa, París, Berlín, Budapest, Viena y Praga. No está mal.
Los billetes me esperan, así que tendré que irme ya.

Reviviendo mi paseo por las galerías del Louvre




En sus ocho siglos de existencia, el Louvre pasó por varias etapas: comenzó siendo un castillo fortificado, después un palacio real, abandonado en el momento en que el rey Sol se traslada a Versalles, fue residencia de artistas durante un tiempo, y unido al Palacio de las Tullerías, se convierte, finalmente, en el mayor museo del mundo, que atrae a más de 5 millones de turistas al año.
Yo me perdí entre sus galerías. Llegué desde la parada de metro y aconsejaría a todo el mundo que lo visitara que es el acceso más rápido, pues desde la pirámide invertida del subsuelo se podía comprobar la inmensa cola de gente esperando en la calle. Me llevó más de una hora encontrar el tan ansiado cuadro que todo turista como tal busca entre los rincones del museo: La Gioconda. Mi estupor fue inmenso: una sala gigante y un cuadro minúsculo empotrado en una pared tras varias cristaleras bien gruesas. El único cuadro vigilado por dos guardas que decían a todo el mundo que no se pararan delante, el embotellamiento de la gente delante de la pintura del genio Da Vinci. El único cuadro en todo el museo al que estaba prohibido hacer fotos. Porque si algo me sorprendió de París es que en todos los museos se podía llevar cámara y fotografiar las obras de arte, incluso en el Louvre, todos... excepto a la Mona Lisa.
De la guía del museo sólo voy a hablar de los cuadros que tengan un interés especial, bien sea por su historia o bien porque son lo suficientemente importantes como para hablar de ellos, o bien desde un punto de vista subjetivo, es decir, porque me gustan a mí.
Escuela de Fontainebleau, Gabrielle d´Estrées y una de sus hermanas en el baño, hacia 1595.


A la derecha, Gabrielle d´Estrées, amante de Enrique IV, en su baño, acompañada probablemente de su hermana, la duquesa de Villars. Ésta pellizca entre sus dedos el pezón de Gabrielle. El resto, en clave, alude al nacimiento en 1594 del duque de Vendôme, fruto de los amores del rey y su amante. Ésta última sostiene en su mano izquierda un anillo en prueba de amor.

 
Georges de La Tour, Magdalena con lamparilla, 1640-1645.
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Se han conservado cuatro versiones de este tema, sin contar con las numerosas copias que existen de él. El rostro de santa Magdalena aparece siempre de perfil, iluminado por la alta llama de la lamparilla. En esta versión, junto a la santa hay dos libros cerrados, una cruz y un silicio. Después de una vida de pecado, la santa, convertida en ermitaña, reflexiona sobre su vida y sobre la muerte. El cráneo, apoyado en sus rodillas y que ocupa el centro del cuadro, evoca, como la lamparilla que se consume, el tiempo que pasa y la vanidad de las cosas de la tierra. La extrema estilización de las formas, bañadas por la luz dorada, invita a la meditación.

Nicolas Poussin, El rapto de las Sabinas, 1637-1638.

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Poussin narra aquí un episodio de los inicios de la historia romana: una vez fundada Roma, Rómulo invita a la gente de las ciudades vecinas a participar en los juegos que han organizado. La invitación es en realidad una estratagema, porque dada una señal, los hombres todavía sin pareja se apoderan de las jóvenes Sabinas. El movimiento y la agitación, la factura de los rostros y la composición permiten leer el cuadro como un libro, según el propio deseo de Poussin.

Hyacinthe Rigaud, Luis XIV, rey de Francia, 1701.

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Pintado para ser regalado a Felipe V, nieto de Felipe XIV y rey de España, este retrato fue tan del gusto del rey que se lo guardó para sí. El monarca, que entonces tenía 63 años, aparece vestido con la capa de la coronación y los emblemas de su poder.

Jean-Antoine Watteau, Peregrinaje a la isla de Citera, 1717.

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Para su trozo de recepción en la Academia, Watteau pintó una obra que no podía ser clasificada en ninguna de las categorías definidas por esa Academia. Se crea así para él el género de las "fiestas galantes". Este cuadro ha dado lugar a muchas discusiones en cuanto a la escena representada: todas estas parejas ¿zarpan hacia la isla de Venus? ¿O bien, melódicas y lánguidas, se preparan para dejar la isla encantada? ¿Se trata de una partida alegre hacia los éxtasis de Citera o se una elegía sobre la fugacidad de los amores, que no escapan al desgaste del tiempo? Las figuras, muchas de las cuales son representadas de espaldas, se destacan entre ese fondo vaporoso que confiere al conjunto de un tono melancólico y misterioso.

Jacques-Louis David, La coronación de Napoleón I, 1806-1807.

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"¡Qué relieve, qué veracidad! No es pintura: ¡uno puede caminar dentro de su cuadro!" dicen que exclamó Napoleón cuando vio este inmenso lienzo que exigió a David más de dos años de trabajo. Doscientos dignatarios, algunos de los cuales son perfectamente identificables, asisten aquí al momento en que Napoleón está por colocar la corona en la cabeza de Josefina. David ha representado incluso a los ausentes, la más famosa de las cuales es Madame, la madre del Emperador. Después de haber exaltado en sus lienzos a los héroes de la Antigüedad, David ha encontrado un nuevo héroe, esta vez contemporáneo: Napoleón.

Eugène Delacroix, La Libertad guía al pueblo, 1830.

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El tema es todavía de candente actualidad cuando Delacroix decide pintar esta obra histórica en que se conmemoran los Tres Gloriosos, los tres días de la revolución de julio de 1830 que puso fin al reinado de Carlos X. Pero en la realidad histórica de la violencia de los combates, Delacroix añade un soplo místico con la figura de la Libertad en marcha. Más grande que las otras figuras, su pecho desnudo evoca inevitablemente la alegoría de la Victoria. Si bien la obra fue observada por muchos en el Salón, se dijo que la Libertad era "populachera" y se le reprochó al pintor haber hecho apología de "la chusma".

Théodore Géricault, La Balsa de la Medusa, 1819.

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En 1816, una fragata francesa naufraga a la altura de Senegal; los oficiales hicieron construir entonces una balsa improvisada donde pronto se hacinan 150 náufragos. Rápidamente comienzan a faltar los víveres. Sólo 15 personas saldrán vivas de esta pesadilla. Atribuyendo la culpa al comandante de La Medusa, un emigrado que había sido reintegrado por dispensa especial en la Marina Real, a pesar de no haber navegado en 25 años, se dice que Géricault quiso extender el descrédito al gobierno de la Restauración. El realismo mórbido de los cuerpos también desagradó a parte del público. Géricault había obtenido en el hospital Beaujon cercano trozos de cadáveres: brazos, troncos y piernas.

Jean-Auguste-Dominique Ingres, La Gran Odalisca, 1814.

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Desde las campañas napoleónicas, el Oriente se pone de moda, no sólo entre los pintores sino también entre los escritores: basta pensar en las Orientales de Victor Hugo. Muchos incluso viajan: Delacroix a Marruecos, Byron a Grecia, etc. Ingres no escapa a esta tendencia. Aquí el abanico de plumas de pavo real, el narguile, el turbante tornasolado y el tema mismo de la odalisca confieren al lienzo un ambiente orientalizante. Este desnudo destaca en particular la línea: es la belleza del trazo la que hace la belleza del cuerpo. No importa que el dibujo no soporte escrupulosamente la anatomía: los detractores de Ingres afirman que la Odalisca tiene demasiadas vértebras.

Jan Van Eyck, La Virgen del canciller Rolin, hacia 1434.

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La Virgen y el Niño, con un ángel que está a punto de coronarla, se aparecen como una visión a Nicolas Rolin, canciller de Felipe "el Bueno", duque de Borgoña. El realismo meticuloso de la pintura de Van Eyck, pintor oficial del duque, hace que todo esté presente y vivo: las baldosas son frías, el abrigo de brocado de oro del canciller es un poco rígido, la piel ya arrugada de su cuello se ve algo caída y la vena de su sien palpita. La luz modela el espacio y las formas. Restituye a las cosas su sustancia. Pero este realismo no debe engañar, porque esta realidad material, pintada con tanta meticulosidad, ilustra la significación espiritual del cuadro. Las flores representadas en el pequeño jardín cerrado, por ejemplo, son alusiones a la Virgen o a Cristo: el lirio simboliza la castidad y la virginidad de la Virgen, las margaritas su humildad... Todo aquí tiene un sentido. Cada detalle cuenta. Al contrario de lo que se ha pretendido durante mucho tiempo, no fue Van Eyck quien inventó la pintura al óleo, con sus muchas ventajas: saturación y brillo de los colores, fundido de las pinceladas, etc. Pero este pintor perfecciona una mezcla que no ha sido aún identificada y que le permitía un secado más rápido del óleo, de modo que el artista podía superponer capas levemente coloreadas (veladuras), que dan a las obras de los "primitivos flamencos" ese aspecto liso y esmaltado.

Hieronymus Bosch, llamado "El Bosco", La Nave de los Locos, comienzos del siglo XVI.

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Bosch no fue el único que se interesó en la locura: en 1494, Sebastian Brant publica una obra también titulada la Nave de los Locos, en la cual hace una sátira de los vicios y defectos de una sociedad corrupta, obra que probablemente inspiró a Bosch. En 1509, Erasmo publica el Elogio de la Locura, donde critica a las diferentes clases sociales, especialmente al clero.

Quentin Metsys, El Prestamista y su mujer, 1514.

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Según Van Mander, "el Arte llegó a Amberes tras los pasos de la riqueza". Efectivamente, a partir del siglo XVI, Amberes reemplaza progresivamente a la ciudad de Brujas y se convierte en un centro comercial internacional, con un floreciente mercado del arte. Se instalan allí muchos pintores, como Quentin Metsys, que representa aquí a un prestamista y a su mujer en su tienda, sentados en un banco uno junto al otro, delante de las estanterías llenas de objetos. Como los pintores flamencos del siglo anterior, Quentin Metsys describe todo de manera analítica, llevando el arte del trampantojo a su cima: los reflejos de la luz en la botella o en las perlas, el grano de los materiales o el paisaje que se refleja en el espejo han sido reproducidos admirablemente. Ninguno de estos objetos ha sido elegido al azar. El espejo entre ambos personajes, así como la vela en el estante, recuerdan que la vida pasa y que no hay que atarse a los valores materiales, es decir, a las piezas de oro y perlas aquí representadas. La balanza alude al peso de las almas en el Juicio Final; el libro piadoso frente a la mujer se abre en una imagen de la Virgen: será ella la que podrá intervenir a favor de los pecadores en el momento del Juicio Final.

Pier Paul Rubens, La llegada de María de Médicis a Marsella el 3 de noviembre de 1600, 1622-1625.

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En 1622, María de Médicis, reina de Francia y viuda de Enrique IV, asesinado en 1610, acude al flamenco Rubens para pintar "las historias de la vida muy ilustre y de las gestas heroicas" de la reina y su regencia. Estos 24 cuadros debían decorar una galería del palacio de Luxemburgo, cuya construcción acababa de terminar. El contrato especifica que Rubens debía pintar de su mano el conjunto: cerca de 300 metros cuadrados de pintura, que realizaría en menos de tres años. El proyecto es muy original porque se cuenta la vida de un personaje histórico, María de Médicis, no mediante un juego de alegorías complejas o de relatos mitológicos, sino en un modo a la vez narrativo y épico. Cada escena ilustra un acontecimiento de la vida de la reina, que aparece como una "heroína" idealizada y protegida por los dioses. El artista, entonces célebre en toda Europa, reúne aquí las características del estilo barroco: composiciones de gran claridad, profundidad del espacio, dinamismo de las escenas, colores refinados obtenidos por medio de veladuras superpuestas que dan a las carnes su legendaria transparencia.

Antoon Van Dyck, Carlos I, rey de Inglaterra, cazando, 1635-1638.

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Después de haber trabajado en el taller de Rubens, Van Dyck viaja a Italia e Inglaterra, donde termina instalándose. Continuando el linaje de Tiziano, aquel a quien se ha bautizado como el "Mozart de la pintura" definió el modelo del retrato aristocrático en Inglaterra con este cuadro del rey Carlos I, de quien fue pintor oficial. Su influencia en ese país será considerable.

Frans Hals, La Gitana, 1630.

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Frans Hals, que pasó toda su vida en Haarlem, sólo pintó retratos. En La Gitana, su pincelada extremadamente libre y amplia, magistral en la reproducción de la tela de la blusa blanca, modela verdaderamente su figura. Esta factura tendrá una influencia perdurable, y se la encuentra así en las "figuras de fantasía" de Fragonard y, más tarde, durante el siglo XIX, en Manet.

Rembrandt Van Rijn, llamado "Rembrandt", Filósofo meditando, 1632.

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Cerca de una ventana que difunde una luz dorada, un anciano sentado con las manos unidas, medita. La escalera de caracol junto a él, ¿evoca acaso los meandros de su pensamiento?

Johannes Vermeer, El Astrónomo, 1668.

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El Astrónomo es uno de los escasos lienzos fechados y firmados por Vermeer que se han conservado. La fecha en cifras romanas y el monograma del pintor aparecen, efectivamente, en la puerta del armario. Sentado en su mesa recubierta con un grueso tapiz, el astrónomo tiende la mano hacia un globo celeste. El libro frente a él ha sido identificado: se trata de un tratado de Adriaen Metius, Sobre la observación de las estrellas, abierto en las primeras páginas del tomo III. La composición del lienzo es muy próxima a la de otro cuadro de Vermeer que también representa a un sabio en su estudio, El Geógrafo. Mientras una ventana a la izquierda deja entrar la luz, el sabio, absorto en su reflexión, domina una mesa detrás de la cual se ha dispuesto un armario. Es posible que el modelo de ambos cuadros haya sido Van Leeuwenhoek, el famoso constructor de microscopios de Delft, designado más tarde administrador de la sucesión Vermeer. En ambas obras Vermeer se aleja de su tema predilecto: la mujer, sorprendida en su entorno doméstico.

Hans Holbein, llamado "el Joven", Erasmo, 1523.

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"Quisiera que Durero pintara mi retrato: ¿y por qué no debería yo desear eso de un tal artista?" escribió Erasmo. ¿Cabe lamentar que este retrato de Erasmo haya sido pintado por Holbein, también gran retratista de sus contemporáneos? Sobre un fondo constituido por una colgadura con motivos orientales y un entablado, Erasmo es representado de perfil, como en las medallas antiguas. Se encuentra envuelto en un inmenso abrigo oscuro y tocado con una boina negra: por su importante correspondencia, se sabe que era muy friolero. Su rostro y sus manos bañadas de luz atraen la mirada del espectador. Con los ojos bajos sobre su página, Erasmo está absorto en lo que escribe: pasará a la posteridad gracias a su obra. El cuadro de Holbein pasa a ser así la imagen tipo del humanista en el trabajo.

Guido di Pietro, llamado "Fra Angelico", La coronación de la Virgen, 1430-1435.

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Este retablo fue pintado por Fra Angelico, dominicano encargado de la decoración del convento dominicano de Fiesole. Tanto los hermosos colores como el tema pertenecen todavía a la Edad Media. La composición, en cambio, fundada a la vez en un triángulo y en el círculo formado por la asamblea de los santos, así como el manejo del espacio, determinado por el juego de las líneas de las baldosas y por los escalones, pertenecen al Renacimiento. Así lo había establecido Brunelleschi para la arquitectura, Masaccio para la pintura y Donatello para la escultura. Bajo la escena principal están representados, en la predela, episodios de la vida de santo Domingo a uno y otro lado de un Hombre doloroso.

Leonardo da Vinci, La Virgen, el Niño Jesús y Santa Ana, 1508-1510.

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Este tema, tratado varias veces por Leonardo, se apoya en una composición piramidal no exenta de dinamismo: la Virgen, sobre las rodillas de santa Ana, trata de retener al Niño, que está inclinado sobre el cordero que prefigura su Pasión. Como a menudo en Leonardo, sfumato y perspectiva aérea prestan a la escena un carácter sobrenatural y misterioso.

Leonardo da Vinci, La Gioconda, 1503-1506.

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Este retrato se encuentra modelado por la sombra y por la luz que proviene a la vez del paisaje y desde la izquierda. La pincelada es fina y sutil: no hay marcas de ella. El horizonte, colocado muy alto, se abre sobre un paisaje donde se funden agua, tierra y aire, y donde los diferentes planos se suceden gracias a la perspectiva aérea: en la medida que las cosas se alejan, los colores cambian y pasan de la gama de los rojos a una paleta más azulada. El contorno de la Gioconda, apoyada en una balaustrada, está difuminado: es el famoso sfumato. "El contorno de las cosas es lo que tiene menos importancia en ellas... por lo tanto, oh pintor, no rodees jamás los cuerpos con un trazo", afirma Leonardo, que no quiere describir con precisión los rasgos de la Gioconda sino pintar su alma, sensible en su mirada y en su sonrisa enigmática. Colgada en la habitación de Bonaparte, La Gioconda fue después expuesta en el Louvre, donde suscitó muchos comentarios. Robada en 1911, víctima de una agresión en 1956, será objeto de numerosas variaciones por parte de los artistas del siglo XX que demuestran así, a su manera, su fascinación.

Rafaello Sanzio, llamado "Rafael", La Virgen, el Niño y el pequeño San Juan, llamado La Bella Jardinera, 1507.

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El peinado muy elaborado de la Virgen y su expresión suave la vinculan con la tradición florentina. Pero la escena, que tiene lugar en un paisaje apacible, no es menos intensa, probablemente por la actitud y las miradas intercambiadas entre los tres protagonistas, dispuestos en un esquema piramidal clásico. Atentos y en recogimiento, la Virgen y san Juan Bautista miran hacia el Niño. Éste trata de coger el libro apoyado en el brazo de la Virgen, donde está anunciada su Pasión, mientras san Juan Bautista sostiene la cruz, otra prefiguración del sacrificio futuro.

Paolo Caliari, llamado "Veronés", Las Bodas de Caná, 1562-1563.

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Este inmenso lienzo fue encargado en 1562 para el refectorio del convento benedictino de San Giorgio Maggiore, restaurado por Palladio. El espacio pictórico se encuentra perfectamente integrado al espacio real: el suelo y las columnas del cuadro prolongan la arquitectura de la pieza, escenografía conforme las tesis de Vitruvio. Este espacio pictórico es demasiado amplio para ser abarcado con una sola mirada y, como ocurre a menudo, coexisten varios puntos de fuga: uno a nivel de los personajes y el otro en la parte superior, atrayendo así la mirada del espectador hacia el cielo, que abre el espacio del refectorio al exterior. Veronés aparece aquí como un gran decorador, llenando su lienzo con personajes en ropajes contemporáneos y de objetos sin relación directa con la escena del Evangelio, lo que le será reprochado por los censores eclesiásticos en el caso de otro lienzo. A lo cual replicará Veronés: "Nosotros, los pintores, nos tomamos la misma libertad que los poetas y los locos", citando libremente al poeta Horacio.

Michelangelo Merisi, llamado "Caravaggio", La Muerte de la Virgen, 1605-1606.

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Caravaggio entrega este cuadro a los Carmelitas Descalzos para su iglesia en Roma, pero es rechazado por indecente. Rubens, entonces en la corte de Mantua, aconseja al duque, su mecenas, adquirirla para su colección. Los monjes reprochaban a Caravaggio haber presentado a la Virgen como un verdadero cadáver. Se cree que el pintor tomó como modelo a una prostituta ahogada: el cuerpo de la Virgen se ve hinchado y muy blanco. Al representarla así se cuestiona la idea de que, apenas muerta, ascendió al cielo. El haz de luz oblicuo destaca el drama y el dolor de los discípulos. Poco después de terminar este lienzo, Caravaggio tuvo que huir de Roma, acusado de asesinato.

Francesco Guardi, La partida del Bucentauro hacia el Lido de Venecia el día de la Ascensión, 1766-1770.

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Este lienzo pertenece a una serie de 12 cuadros (de los cuales 10 se encuentran en el Louvre) que ilustra las fiestas organizadas en Venecia en honor a la elección del dogo Alviso IV Mocenigo. Pintados unos 10 años después de las ceremonias, se inspiran en grabados, copiados a su vez de Antonio Canaletto. En éste se asiste a la partida de la galera del Bucentauro hacia el Lido, donde el dogo celebraba cada año, el día de la Ascensión, las bodas de Venecia y el Adriático. Esta escena es para Guardi el pretexto para esbozar con su pincelada vibrante y desenvuelta, de sensibilidad eternamente moderna con respecto a la atmósfera, una vista de Venecia y de sus habitantes dentro de una luminosidad diáfana y plateada. Guardi ha renovado enteramente la pintura del vedute, sustituyendo el punto de vista preciso de Canaletto, su predecesor y compatriota, con una visión más poética e incluso fantástica.

Domenicos Theotocopoulos, llamado "El Greco", Cristo en la cruz adorado por dos donantes, 1585-1590.

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"Había visto antes algunos de sus cuadros, que me habían impresionado mucho... Si mis personajes de la época azul se estiran, es probable que sea por influencia suya" (Picasso, en una carta a Brasaï).

Bartolomé Esteban Murillo, El Joven Mendigo, hacia 1650.

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En esta obra de juventud, Murillo aborda un tema que retomará a menudo: el de los chicos andaluces que corretean por las calles y se alimentan de poco (en algunos casos de melones, aquí de algunos cangrejos), tema de la picaresca que también trata la literatura. Este mismo pintor multiplicará las representaciones de la Inmaculada Concepción, cuya suavidad se encuentra en las antípodas del claroscuro brutal y realista de esta escena.
Aparte de cuadros, en el museo del Louvre hay una infinidad de esculturas, tallas, objetos decorativos, e incluso salones que llaman especialmente la atención, bien sea por su profusión, como el Salón Dorado, o por su sencillez, como la Sala de las Cariátides, o por los innumerables restos de Egipto. Pero de momento, hoy me he limitado a la pintura. Si algún día me apetece escribo sobre otros tipos de arte del Louvre.