
lunes, julio 31, 2006
Volar...

Una llamada

El "Jarchas"

Con diez cañones por banda,
viento en popa, a toda vela,
no corta el mar, sino vuela
un velero bergantín.
Bajel pirata que llaman,
por su bravura, "El Temido",
en todo mar conocido
del uno al otro confín.
Llegamos a 3º de BUP y Fernando siguió dándome clases de literatura. Un día nos mandó leer Pepita Jiménez de Juan Valera. Cometió un error al recomendar ese libro pues me di cuenta de que la vida del sacerdote protagonista corría paralela a lo que fue en el pasado la vida eclesiástica de Fernando. Y después de leído preguntó en clase qué nos había parecido. Una mano en alto para mezclar lo real con lo ficticio y le pregunté: "Fernando, ¿te sientes identificado con este libro?". Le saqué los colores. Mi pregunta era totalmente inocente. Y mi profesor era propenso a enrojecer. Aquel día tuve una idea maravillosa: le declararía mi amor a través de la poesía. Así es como comencé a escribirle poemas a diario y mezclar esos papeles entre sus libros, antes de entrar en clase.
Mis rimas eran completamente sensuales, románticas y cargadas de un amor platónico inmenso. Después pasaron a ser más eróticas y cargadas de sexualidad. Pero eran rimas inexpertas. Él se imaginaba que alguien le gastaba una broma, pero a veces llegaba a clase ruborizado y algo exaltado. Después de varios meses me pilló metiéndole la poesía diaria entre los libros. Los dejó en la repisa de la ventana, antes de entrar en clase, como siempre, y se alejó, aunque sólo fue a esconderse. Ese día fue él quien me sacó los colores a mí.
En ese momento dejé de interesarme por sus clases, le mostraba dejadez y comencé a leerme mis propios libros. Recuerdo estar en un pupitre del fondo y de repente escuchar un silencio sepulcral a mi alrededor. Levanté la vista y tenía a Fernando delante de mí. Quise desaparecer y sólo pensaba: "Tierra, trágame". Me pidió el libro, se titulaba Ceguera asesina y hace poco que me había llegado del Círculo de Lectores. Pensaba que me lo iba a confiscar el resto de la semana, pero sólo me lo pedía para ver el título. Me lo devolvió. La clase me miraba, pero yo estaba magnetizada por sus ojos negros y su sonrisa, una sonrisa que me decía todo: "No me falles, atiéndeme en clase". Fernando no me dijo nada, no me castigó nunca por haber estado leyendo otras cosas aquel día. Quizás él entendiera mejor que nadie el amor platónico, esos primeros amores de juventud.
Por supuesto, seguí llevándome bien con él y jamás volvió a pillarme leyendo un libro en clase que no perteneciera al temario de literatura española. Es más, volví a ser la primera persona que se leía los libros obligatorios, incluso los recomendados. Volví a ser participativa. Un día nos hizo un examen sorpresa. Recuerdo perfectamente que era sobre Peribáñez y el comendador de Ocaña de Lope de Vega. Tenía los apuntes en un cuaderno, pero no recordaba más que por encima que iba sobre la imposibilidad de ascender de clase social, así que saqué mi cuaderno y me puse a copiar descaradamente. Fernando vino -para mí que siempre me tuvo enchufe- y me dijo qué hacía. Le contesté: "Nada, estoy tomando notas". No me quitó el cuaderno ni alegó que estuviera copiando. Veía las caras anonadadas de la gente, con las bocas abiertas y fijo que pensaban: "Menuda fresca". Quizás lo era, pero también tuve cara para sacar mis apuntes y copiar delante del profesor. Es la única vez que lo hice, no me gustaban los exámenes sorpresa, aunque sí Lope de Vega. ¿Qué más da que copiara lo que él había dicho en clase si en ese examen era evidente que ya me había leído el libro?
Pasó el curso, y llegamos a COU, cuyo coordinador era Fernando. Además de ser mi tutor, ya no sólo me daba clases de literatura sino también de latín. El año anterior, gracias a mi mal profesor de latín, había terminado odiando a los romanos. Sé que decepcionaría a Fernando en el momento en que viera mi pasotismo respecto a la lengua latina. Así que en la primera evaluación me toqué las narices y suspendí, claro, pero en mi mente pensaba que no podía fallar a esa persona. Los textos latinos en COU eran para estudiarlos día a día y yo no lo hacía. Los fines de semana iba a casa. Allí tengo un tío que sabe mucho latín, tanto que siempre te está explicando el origen de las palabras. Le pedí ayuda, y cada fin de semana iba donde él a que me explicara.
En las clases de latín Fernando siempre pedía voluntarios que salieran al encerado. Nunca salía nadie. Un día levanté la mano y salí, al día siguiente igual y así durante toda la segunda evaluación; nadie más que yo salía. Fui la única persona a la que no le importaba equivocarse, pero a diario y voluntariamente estuve traduciendo en la pizarra, y odiaba la tiza, pero mereció la pena. Al final de esa evaluación, un día Fernando preguntó si alguien quería saber su nota. Algunos la pidieron, pero no se la dio. Creo que sabía que yo se la iba a pedir. En ese momento yo era una especie de cebo, pero sin hablar mal, que yo a Fernando le quería mucho. Yo sabía que me iba a subir la nota, como también sabía que él quería demostrar a la clase que el esfuerzo diario tiene su recompensa. Levanté la mano. Y me la dijo: "Ana, tienes un 6,7, pero después de esta evaluación en la que has salido sólo tú a la pizarra, con lo que me cabe pensar que eres la única que ha estudiado latín día a día, y por lo que te has esforzado... tienes notable". Otros cuantos pidieron su nota y a nadie se la dio más que a mí. Sí, me usó de cebo, como también me dio las gracias. Fernando y yo nos entendíamos perfectamente. El resto de curso apenas toqué tiza, la competencia a la hora de salir voluntariamente a la pizarra creció tanto que dejé de salir. Era evidente que pasaría eso. La clase se transformó totalmente, todo el mundo participaba, preguntaba... Un día Fernando me llamó a su despacho. Me agradeció que hubiera impulsado la clase de tal manera. Me preguntó a qué quería dedicarme. Y parece que aún fue ayer aquella larga conversación. Apreciaba a Fernando, como sé que él me apreciaba a mí. Hablamos de muchas cosas, incluso de las poesías de antaño. Me pidió que nunca perdiera la afición por los libros y que si alguna vez en el futuro tenía dudas sobre algo que no dudara en comunicarme con él.
Llegó el verano. Me dio pena dejar el colegio después de tanto tiempo. Un día estaba en el campo con una amiga cuando vi aparecer un coche que me sonaba mucho. De allí salió Fernando, con su mujer e hijas. Me quedé a cuadros. Fernando era de un pueblo cercano al mío, era evidente que estaba veraneando, y que en mi casa le habrían dicho dónde iba a encontrarme.
Después seguí carteándome con él. Siempre que tenía que elegir entre inmensas listas de libros le preguntaba qué opinaba. A veces se ha encontrado con mis padres, que también le adoran y él les pregunta si me va bien.
A Fernando es uno de los profesores que llevo y llevaré siempre en el corazón. Yo impulsé su clase de latín, pero él propugnó en mí un impulso diferente, me enseñó mundos increíbles inventados por otras personas, me ayudó a viajar a través de las palabras y empujó mi visión lectora como nadie lo habría conseguido jamás.
Nunca, en los cuatro años de internado, le llamé por el mote con el que todos hacían alusión a él. Para mí era simplemente Fernando, como la canción de ABBA.
Y hoy... hoy me he acordado de él porque llevo muchos días sin pasar página en un libro. Debería hacerlo pero no tengo ganas. Si Fernando me viera me cortaría el cuello, o quizás si escuchara esa sutil voz que me mecía en mis años adolescentes fuera suficiente para que cogiera con los ojos cerrados cualquier libro.
domingo, julio 30, 2006
Huir
Mañana me iría a cualquier otro sitio con tal de no pensar.
Estoy como en off, sin embargo, me siento hiperactiva. No paro en ningún sitio, no estoy conforme con nadie.
¿Un cambio? Quizás lo necesite. Pero debo estar segura.
Mientras tanto cerraré los ojos...
Y saldré a que me dé el sol, eso lo necesito más que nunca. Mientras tenga la mente en otro lugar... (la segunda parte de esta frase me la guardo para mí, estoy segura de que es mejor así).
"The Jacket"

Tenía 27 años cuando morí por primera vez. Recuerdo que todo estaba muy blanco. Había una guerra y yo me sentía vivo pero en realidad estaba muerto.
A veces creo que sobrevivimos a los hechos sólo para poder decir que ocurrieron, que no le sucedieron a otro sino que me sucedieron a mí. A veces sobrevivimos para vencer las probabilidades en contra.
"No estoy loco", aunque ellos creían que lo estaba.
Vivo en el mismo mundo que los demás, sólo que he visto más cosas en él.
A veces la vida sólo se puede empezar de verdad con el conocimiento de la muerte, de que todo puede acabar cuando menos lo quieres. Lo más importante es creer que mientras sigues con vida nunca es demasiado tarde.
Por mal que parezcan presentarse las cosas, se ven mejor estando despiertos que dormidos. Y cuando mueres sólo quieres que ocurra una cosa: quieres regresar.
Cuido los pequeños detalles
sábado, julio 29, 2006
"Casanova"
Giacomo Casanova es un libertino fornicador y mujeriego del siglo XVIII que encandila a todas las mujeres venecianas, solteras y casadas, vírgenes y religiosas, madres e hijas, promiscuas y ninfómanas. Todas caen en sus redes de seducción.Dame un hombre que sea lo bastante hombre para entregarse sólo a la mujer que lo merece. Si esa mujer fuera yo lo amaría sólo a él para siempre.

Cuando uno evoca el nombre de Casanova, le viene a la mente, inevitablemente asociada, la imagen del seductor por antonomasia, y así es la leyenda del personaje: conquistador lujurioso, de insaciable lubricidad, ha llegado a eclipsar al hombre.
Homofobia
Mario Benedetti
Aún recuerdo aquel primer día

A lo largo de los años he ido conociendo a mucha gente, tanta que ni me acuerdo. Al final siempre nos quedamos con los mejores recuerdos, con aquello que hicimos o quizás no hicimos, aquellos momentos que volvemos a evocar de vez en cuando y nos producen una sonrisa, esos detalles que quedan guardados para siempre en la memoria.
No hace mucho que conocí a alguien. Han pasado ya unos meses desde aquel primer día. No sé por qué me llamó especialmente la atención, quizás una palabra, quizás una imagen... pero noté algo especial, como especial es esa persona. Creo que si algún día dejara de saber de él sería muy difícil mirar hacia adelante, quizás volviera la vista hacia atrás casi perpetuamente para intentar que jamás desaparezca de mi memoria. Espero que jamás se vaya porque entonces me quedaría sin fuerzas. Un abrazo :D
Anoche otra vez...

Colosseo
El anfiteatro forma una eclipse de 188 m x 150 m. Su fachada tiene una altura de 50 m. En lo alto, una fila de ménsulas servía para sostener el gran velum, hecho de lienzos de lino desplegados por encima del edificio para proteger a los espectadores del sol.
De las cuatro entradas situadas en los ejes principales del anfiteatro, una daba acceso a la tribuna imperial y las otras tres estaban reservadas a espectadores de categoría especial: magistrados, vestales, invitados de honor...
El interior del Coliseo, hundido en su mayor parte, no es más que una pálida idea de lo que fue el monumento original en su época.
La cavea, conjunto de graderíos, estaba dividida en cinco sectores superpuestos. Las plazas eran fijas y su acceso no dependía de la suma pagada -ya que la entrada era gratuita- sino de la pertenencia a una categoría social determinada.
Al lado del anfiteatro se levantaba el coloso en bronce de Nerón, de 35 m de altura. El nombre popular de "Coliseo", utilizado a partir de la Edad Media, viene de la proximidad de esta colosal estatua.
En el siglo I, se les añadió una rejilla a los yelmos.
Las tremendas batidas de animales destinados a las cacerías empobrecieron la fauna de África del Norte.
El árbitro es reconocible por su túnica y su vara de madera. Dirigía los combates y vigilaba su desarrollo.
Para levantar las bandas del velum a favor del viento se utilizaba un anemómetro.
viernes, julio 28, 2006
Odio
De toda la gente que ha pasado por mi vida, que no es poca, sólo odio a una persona. Antes pensaba que era incapaz de odiar a nadie pues lo había intentado y no salía de mí ese sentimiento tan negativo. Algo muy fuerte te deben hacer para que germine en tu interior algo así.
Le conocía de vista. Varias veces en el pasado nos habíamos cruzado en el autobús, incluso en la calle y después bares y discotecas.
Un verano intercambiamos un saludo, después comenzamos a hablar y nuestras charlas llegaron más allá. De repente éramos pareja.
Cuando mi hermano se enteró de quién era mi novio en aquellos momentos me advirtió que lo dejara cuanto antes, pero yo, encegada de amor, no veía lo mismo que mi hermano, y no le hice caso. ¿Qué vería mi hermano en él que yo era incapaz de ver...?
B. es el mayor hijo de puta que ha pasado por mi vida. Un día de madrugada, después de una larga noche de fiesta y alcohol, discutimos. Y él, en una vena de agresividad, sacó a la luz su carácter violento. Me levantó la mano. En ese momento se me bajó todo el efecto de las copas de varias horas antes, miles de imágenes empezaron a correr por mi cabeza a toda velocidad, como estoy segura de que por la suya también pasaron muchas cosas.
No la bajó, pero fue suficiente para no dignarme a mirarle nunca más a la cara. Un hombre que es capaz de levantar la mano a una mujer, aunque no la baje, es capaz de llegar mucho más allá.
Si me hubiera tocado un pelo en vez de dirigirme a casa hubiera ido a ponerle una denuncia. No llegó la sangre al río, así que decidí marcharme a casa a maldormir. Ese día no pegué ojo, anduve nerviosa durante muchas horas. Y callé. El silencio, debido al miedo que había cogido a esa persona en cuestión de minutos, era lo único que estaba de mi parte. Caí en un mutismo inusual en mí. En un día había cambiado radicalmente mi manera de ver las cosas.
Cuando ves en el telediario a todas esas mujeres que perecen a manos de los hombres te parece algo tan lejano... Nunca piensas que pueda pasarte a ti. Pero un día pasa... o al menos descubres que también a ti te puede ocurrir... Intentas quitarte esas imágenes de la cabeza, algo imposible. Todavía recuerdo la furia de su mirada, su mano en alto. Sé que nunca podré olvidar ese día. Por eso le odio.
Le evité como pude. De mi boca no salió una palabra respecto a lo que había pasado esa madrugada, ni siquiera a mi mejor amiga se lo conté. Si mis hermanos se hubieran enterado se hubiera montado una bronca terrible, hubieran ido a buscarle... en fin, no sé adónde hubiéramos llegado.
No fueron mis hermanos los que se enteraron y si alguna vez lo supieron nunca me lo comentaron, pero sí mis amigos. Todos mis amigos llegaron a enterarse.
Dos semanas después de que pasara aquello y de que enterrara a B. de por vida, él estaba borracho en una discoteca. Mi amigo Jorge se lo encontró y se pusieron a hablar un poco de todo. B. le dijo lo mucho que se arrepentía respecto a mí por lo que me había hecho. Jorge le preguntó el qué y allí salió a la luz toda la historia que, si hubiera estado en mis manos, jamás se hubiera sabido.
Era un domingo por la tarde cuando nos reunimos todos en un bar. Jorge me cogió aparte diciéndome que tenía que preguntarme algo: "Ana, ¿es verdad que B. te levantó la mano?". Me quedé blanca como el papel, le clavé la mirada, empezó a temblarme el cuerpo, las lágrimas acudieron a mis ojos. No necesitaba darle una respuesta pues con sólo ver ese estado de pánico que se había apoderado de mí ya la sabía. Jorge se lo contó al resto de mis amigos y uno a uno todos me fueron haciendo la misma respuesta. Les pedí que por favor no se lo contaran nunca a mis hermanos (y no lo hicieron).
Mucho tiempo después me enteré que esa tarde mis amigos se habían sentado y habían pensado en ir a buscar a B. Al final se decidieron por el no (al menos ellos son más civilizados). Me alegro de que no pasara nada. Cuando me enteré de esto me acojoné y me enfadé. ¿Qué hubiera pasado si hubieran ido...? Me sentí fatal, y no había sido yo quien abrió la boca.
Y todavía hoy...
Y todavía hoy las espinas se me clavan y dejan llagas en mi piel.
Son heridas con sal que escuecen más de lo que debieran.
Intento que no sea así, pero... no lo puedo evitar... y al no poder controlar eso me pesa, me pesa bastante.
Y ahora me da por escuchar aquella canción de Parabellum, con la que en cierto modo me siento identificada.
Las rosas no deberían tener espinas :( Y todavía hoy quiero arrancarlas a pesar de que pueda cortarme.
Baila conmigo

Necesito bailar, embriagarme con la música y no parar.
Necesito moverme al compás.
Necesito dar vueltas sin parar.
Necesito olvidarme de todo lo demás.
Baila conmigo. Baila, baila... bailemos sin parar.
Steve Vai: For the Love of God
Creando belleza

Ese Catulo...
Mis abuelos paternos

Recuerdos

Recuerdo tu sonrisa enloquecer
Recuerdo tu mirada desfallecer
Recuerdo palabras ensombrecidas
Recuerdo un lamento renacer
Recuerdo días sin odio, sin engaños, sin traiciones
Recuerdo sonreír ante un frío descomunal
Recuerdo un despertar más feliz
Recuerdo haber vivido esto antes...
Y el recuerdo me lleva al olvido.
Aunque no pueda olvidar...
jueves, julio 27, 2006
Ein Pils, bitte!!

La primera vez que me tomé una jarra de cerveza de medio litro fue en Stuttgart. Casualmente llegué a una cervecería en una especie de sótano. Los porteros te ponían un sello en la mano y te regalaban una botella pequeña de Wozka. No recuerdo el precio de la entrada pero equivalía a una consumición gratis.
"The Queen of the Damned"

De repente me han entrado unas inmensas ganas de ver "La Reina de los Condenados". Pero hay un problema y es que no la tengo aquí.
Pero quiero verla :(
Y escuchar la banda sonora... Sí :D
Korn: Forsaken (Queen of the Damned)Correos
Hoy soñaré contigo y dormiré con los ángeles, pero llegará un día en que soñaré con los ángeles y dormiré contigo

Dos artistas de diferente palo
Lo que queda en mi ombligo hoy en día no es nada. No se nota ni siquiera la fina línea que cerraba la herida. Este verano me ha dado el sol y ni siquiera se percibe ese fino hilo de lo que era hace un año. Qué artista el médico, igual o mejor artista que el que me tatuó un pegaso ahí.
No sé por qué de repente me vienen a la mente aquellas palabras de Antonio Machado:
caballitos de madera.
Yo conocí siendo niño,
la alegría de dar vueltas
sobre un corcel colorado,
en una noche de fiesta.
En el aire polvoriento
chispeaban las candelas,
y la noche azul ardía
toda sembrada de estrellas.
¡Alegrías infantiles
que cuestan una moneda
de cobre, lindos pegasos,
caballitos de madera!
¿Se puede olvidar?

martes, julio 25, 2006
La Fontana di Trevi
Anochecía cuando vi la Fontana di Trevi. A pesar de que estaba llena de gente pude admirar la belleza de esas curvas de piedra, la sensualidad de esa imagen que se mostraba ante mis ojos.
Tiempo de reflexión
"Atrás quedan las enormes cúpulas de Salamanca,
atrás queda todo lo que nunca dije,
atrás queda todo lo que jamás diré.
El Tormes corre tranquilo a mi lado.
9.17 en el autobús.
Hoy dormiré en otro país. Roma tiene los brazos abiertos para mí.
¡Oh, Roma, la bella Roma!"
De repente llegó la hora de volver. Ayer pensaba que quizás tendría que quedarme una noche más allí (no me hubiera importado). En el avión de vuelta no pensé. Me dediqué a mirar las nubes, el paisaje de abajo. Cuando veía las nubes creando esas imágenes pensaba que eran dioses que estaban durmiendo. Era otro reino, inalcanzable para nosotros. Vi el mar azul abajo, ese mar Mediterráneo en toda su plenitud. Había pedido: "finestra, per cortesia". Aterrizar me da vértigo, y siempre pido ventana en el avión, a pesar de que me dan miedo las alturas. Pensaba que con el retraso perdería el autobús, pero llegué a tiempo. Cuando me senté hice una llamada que me devolvió la sonrisa. Sólo Joan es capaz de hacerme reír. El domingo había sido su cumpleaños. Le llamé muchas veces desde Roma pero ninguna cogió. Ayer me comentó que había pasado el día en la playa y no se había llevado el móvil. Debería hablar más a menudo con él porque tiene salidas que son para soltar grandes carcajadas.
Nadie es más que nadie

En este mundo nadie es más que nadie...
no podemos redimirnos a la voluntad de otras personas,
no podemos dejarnos humillar,
no podemos dejar que nos lleven de aquí para allá
como si fuéramos marionetas
y no podemos permitir que nos pisen.
Y entonces sale a flote eso que se llama ORGULLO, y hacemos cosas que no hubiéramos hecho antes.
Cuando yo me marche...

Cuando yo me marche y te deje...
sabrás entonces... lo mucho que te amé...
buscarás en las estrellas el brillo de mis ojos...
pero estarás decepcionado... porque no lo vas a ver...
Cuando yo me marche y te deje...
sentirás un frío tu cuerpo recorrer...
mirarás el cielo y buscarás mi manto...
pero será tarde porque no te cubriré...
Cuando yo me aleje... cuando yo me marche...
me iré llorando por perder sintiendo tanto dolor...
pero te darás cuenta... de que ambos habremos perdido...
por un malentendido... el verdadero amor...
Pero cuando me marche... en cada paso que dé...
estaré dejando huellas en mi camino...
para que cuando te decidas...
sepas por dónde volver...
y vivir juntos para siempre unidos...
para cuando me marche...
Roma: una visión, un recuerdo
viernes, julio 21, 2006
Ligera de equipaje

Si vales bene est, ego valeo

A las cinco de la tarde
Llanto por Ignacio Sánchez Mejías
La cogida y la muerte
A las cinco de la tarde.
Eran las cinco en punto de la tarde.
Un niño trajo la blanca sábana
a las cinco de la tarde.
Una espuerta de cal ya prevenida
a las cinco de la tarde.
Lo demás era muerte y sólo muerte
a las cinco de la tarde.
El viento se llevó los algodones
a las cinco de la tarde.
Y el óxido sembró cristal y níquel
a las cinco de la tarde.
Ya luchan la paloma y el leopardo
a las cinco de la tarde.
Y un muslo con un asta desolada
a las cinco de la tarde.
Comenzaron los sones del bordón
a las cinco de la tarde.
Las campanas de arsénico y el humo
a las cinco de la tarde.
En las esquinas grupos de silencio
a las cinco de la tarde.
¡Y el toro, solo corazón arriba!
a las cinco de la tarde.
Cuando el sudor de nieve fue llegando
a las cinco de la tarde,
cuando la plaza se cubrió de yodo
a las cinco de la tarde,
la muerte puso huevos en la herida
a las cinco de la tarde.
A las cinco de la tarde.
A las cinco en punto de la tarde.
Un ataúd con ruedas es la cama
a las cinco de la tarde.
Huesos y flautas suenan en su oído
a las cinco de la tarde.
El toro ya mugía por su frente
a las cinco de la tarde.
El cuarto se irisaba de agonía
a las cinco de la tarde.
A lo lejos ya viene la gangrena
a las cinco de la tarde.
Trompa de lirio por las verdes ingles
a las cinco de la tarde.
Las heridas quemaban como soles
a las cinco de la tarde,
y el gentío rompía las ventanas
a las cinco de la tarde.
A las cinco de la tarde.
¡Ay qué terribles cinco de la tarde!
¡Eran las cinco en todos los relojes!
¡Eran las cinco en sombra de la tarde!
jueves, julio 20, 2006
Roma me espera

Reviviendo mi paseo por las galerías del Louvre

Se han conservado cuatro versiones de este tema, sin contar con las numerosas copias que existen de él. El rostro de santa Magdalena aparece siempre de perfil, iluminado por la alta llama de la lamparilla. En esta versión, junto a la santa hay dos libros cerrados, una cruz y un silicio. Después de una vida de pecado, la santa, convertida en ermitaña, reflexiona sobre su vida y sobre la muerte. El cráneo, apoyado en sus rodillas y que ocupa el centro del cuadro, evoca, como la lamparilla que se consume, el tiempo que pasa y la vanidad de las cosas de la tierra. La extrema estilización de las formas, bañadas por la luz dorada, invita a la meditación.
Poussin narra aquí un episodio de los inicios de la historia romana: una vez fundada Roma, Rómulo invita a la gente de las ciudades vecinas a participar en los juegos que han organizado. La invitación es en realidad una estratagema, porque dada una señal, los hombres todavía sin pareja se apoderan de las jóvenes Sabinas. El movimiento y la agitación, la factura de los rostros y la composición permiten leer el cuadro como un libro, según el propio deseo de Poussin.
Pintado para ser regalado a Felipe V, nieto de Felipe XIV y rey de España, este retrato fue tan del gusto del rey que se lo guardó para sí. El monarca, que entonces tenía 63 años, aparece vestido con la capa de la coronación y los emblemas de su poder.

Para su trozo de recepción en la Academia, Watteau pintó una obra que no podía ser clasificada en ninguna de las categorías definidas por esa Academia. Se crea así para él el género de las "fiestas galantes". Este cuadro ha dado lugar a muchas discusiones en cuanto a la escena representada: todas estas parejas ¿zarpan hacia la isla de Venus? ¿O bien, melódicas y lánguidas, se preparan para dejar la isla encantada? ¿Se trata de una partida alegre hacia los éxtasis de Citera o se una elegía sobre la fugacidad de los amores, que no escapan al desgaste del tiempo? Las figuras, muchas de las cuales son representadas de espaldas, se destacan entre ese fondo vaporoso que confiere al conjunto de un tono melancólico y misterioso.
"¡Qué relieve, qué veracidad! No es pintura: ¡uno puede caminar dentro de su cuadro!" dicen que exclamó Napoleón cuando vio este inmenso lienzo que exigió a David más de dos años de trabajo. Doscientos dignatarios, algunos de los cuales son perfectamente identificables, asisten aquí al momento en que Napoleón está por colocar la corona en la cabeza de Josefina. David ha representado incluso a los ausentes, la más famosa de las cuales es Madame, la madre del Emperador. Después de haber exaltado en sus lienzos a los héroes de la Antigüedad, David ha encontrado un nuevo héroe, esta vez contemporáneo: Napoleón.

El tema es todavía de candente actualidad cuando Delacroix decide pintar esta obra histórica en que se conmemoran los Tres Gloriosos, los tres días de la revolución de julio de 1830 que puso fin al reinado de Carlos X. Pero en la realidad histórica de la violencia de los combates, Delacroix añade un soplo místico con la figura de la Libertad en marcha. Más grande que las otras figuras, su pecho desnudo evoca inevitablemente la alegoría de la Victoria. Si bien la obra fue observada por muchos en el Salón, se dijo que la Libertad era "populachera" y se le reprochó al pintor haber hecho apología de "la chusma".

En 1816, una fragata francesa naufraga a la altura de Senegal; los oficiales hicieron construir entonces una balsa improvisada donde pronto se hacinan 150 náufragos. Rápidamente comienzan a faltar los víveres. Sólo 15 personas saldrán vivas de esta pesadilla. Atribuyendo la culpa al comandante de La Medusa, un emigrado que había sido reintegrado por dispensa especial en la Marina Real, a pesar de no haber navegado en 25 años, se dice que Géricault quiso extender el descrédito al gobierno de la Restauración. El realismo mórbido de los cuerpos también desagradó a parte del público. Géricault había obtenido en el hospital Beaujon cercano trozos de cadáveres: brazos, troncos y piernas.

Desde las campañas napoleónicas, el Oriente se pone de moda, no sólo entre los pintores sino también entre los escritores: basta pensar en las Orientales de Victor Hugo. Muchos incluso viajan: Delacroix a Marruecos, Byron a Grecia, etc. Ingres no escapa a esta tendencia. Aquí el abanico de plumas de pavo real, el narguile, el turbante tornasolado y el tema mismo de la odalisca confieren al lienzo un ambiente orientalizante. Este desnudo destaca en particular la línea: es la belleza del trazo la que hace la belleza del cuerpo. No importa que el dibujo no soporte escrupulosamente la anatomía: los detractores de Ingres afirman que la Odalisca tiene demasiadas vértebras.
La Virgen y el Niño, con un ángel que está a punto de coronarla, se aparecen como una visión a Nicolas Rolin, canciller de Felipe "el Bueno", duque de Borgoña. El realismo meticuloso de la pintura de Van Eyck, pintor oficial del duque, hace que todo esté presente y vivo: las baldosas son frías, el abrigo de brocado de oro del canciller es un poco rígido, la piel ya arrugada de su cuello se ve algo caída y la vena de su sien palpita. La luz modela el espacio y las formas. Restituye a las cosas su sustancia. Pero este realismo no debe engañar, porque esta realidad material, pintada con tanta meticulosidad, ilustra la significación espiritual del cuadro. Las flores representadas en el pequeño jardín cerrado, por ejemplo, son alusiones a la Virgen o a Cristo: el lirio simboliza la castidad y la virginidad de la Virgen, las margaritas su humildad... Todo aquí tiene un sentido. Cada detalle cuenta. Al contrario de lo que se ha pretendido durante mucho tiempo, no fue Van Eyck quien inventó la pintura al óleo, con sus muchas ventajas: saturación y brillo de los colores, fundido de las pinceladas, etc. Pero este pintor perfecciona una mezcla que no ha sido aún identificada y que le permitía un secado más rápido del óleo, de modo que el artista podía superponer capas levemente coloreadas (veladuras), que dan a las obras de los "primitivos flamencos" ese aspecto liso y esmaltado.

Bosch no fue el único que se interesó en la locura: en 1494, Sebastian Brant publica una obra también titulada la Nave de los Locos, en la cual hace una sátira de los vicios y defectos de una sociedad corrupta, obra que probablemente inspiró a Bosch. En 1509, Erasmo publica el Elogio de la Locura, donde critica a las diferentes clases sociales, especialmente al clero.

Según Van Mander, "el Arte llegó a Amberes tras los pasos de la riqueza". Efectivamente, a partir del siglo XVI, Amberes reemplaza progresivamente a la ciudad de Brujas y se convierte en un centro comercial internacional, con un floreciente mercado del arte. Se instalan allí muchos pintores, como Quentin Metsys, que representa aquí a un prestamista y a su mujer en su tienda, sentados en un banco uno junto al otro, delante de las estanterías llenas de objetos. Como los pintores flamencos del siglo anterior, Quentin Metsys describe todo de manera analítica, llevando el arte del trampantojo a su cima: los reflejos de la luz en la botella o en las perlas, el grano de los materiales o el paisaje que se refleja en el espejo han sido reproducidos admirablemente. Ninguno de estos objetos ha sido elegido al azar. El espejo entre ambos personajes, así como la vela en el estante, recuerdan que la vida pasa y que no hay que atarse a los valores materiales, es decir, a las piezas de oro y perlas aquí representadas. La balanza alude al peso de las almas en el Juicio Final; el libro piadoso frente a la mujer se abre en una imagen de la Virgen: será ella la que podrá intervenir a favor de los pecadores en el momento del Juicio Final.

En 1622, María de Médicis, reina de Francia y viuda de Enrique IV, asesinado en 1610, acude al flamenco Rubens para pintar "las historias de la vida muy ilustre y de las gestas heroicas" de la reina y su regencia. Estos 24 cuadros debían decorar una galería del palacio de Luxemburgo, cuya construcción acababa de terminar. El contrato especifica que Rubens debía pintar de su mano el conjunto: cerca de 300 metros cuadrados de pintura, que realizaría en menos de tres años. El proyecto es muy original porque se cuenta la vida de un personaje histórico, María de Médicis, no mediante un juego de alegorías complejas o de relatos mitológicos, sino en un modo a la vez narrativo y épico. Cada escena ilustra un acontecimiento de la vida de la reina, que aparece como una "heroína" idealizada y protegida por los dioses. El artista, entonces célebre en toda Europa, reúne aquí las características del estilo barroco: composiciones de gran claridad, profundidad del espacio, dinamismo de las escenas, colores refinados obtenidos por medio de veladuras superpuestas que dan a las carnes su legendaria transparencia.

Después de haber trabajado en el taller de Rubens, Van Dyck viaja a Italia e Inglaterra, donde termina instalándose. Continuando el linaje de Tiziano, aquel a quien se ha bautizado como el "Mozart de la pintura" definió el modelo del retrato aristocrático en Inglaterra con este cuadro del rey Carlos I, de quien fue pintor oficial. Su influencia en ese país será considerable.
Frans Hals, que pasó toda su vida en Haarlem, sólo pintó retratos. En La Gitana, su pincelada extremadamente libre y amplia, magistral en la reproducción de la tela de la blusa blanca, modela verdaderamente su figura. Esta factura tendrá una influencia perdurable, y se la encuentra así en las "figuras de fantasía" de Fragonard y, más tarde, durante el siglo XIX, en Manet.

Cerca de una ventana que difunde una luz dorada, un anciano sentado con las manos unidas, medita. La escalera de caracol junto a él, ¿evoca acaso los meandros de su pensamiento?
El Astrónomo es uno de los escasos lienzos fechados y firmados por Vermeer que se han conservado. La fecha en cifras romanas y el monograma del pintor aparecen, efectivamente, en la puerta del armario. Sentado en su mesa recubierta con un grueso tapiz, el astrónomo tiende la mano hacia un globo celeste. El libro frente a él ha sido identificado: se trata de un tratado de Adriaen Metius, Sobre la observación de las estrellas, abierto en las primeras páginas del tomo III. La composición del lienzo es muy próxima a la de otro cuadro de Vermeer que también representa a un sabio en su estudio, El Geógrafo. Mientras una ventana a la izquierda deja entrar la luz, el sabio, absorto en su reflexión, domina una mesa detrás de la cual se ha dispuesto un armario. Es posible que el modelo de ambos cuadros haya sido Van Leeuwenhoek, el famoso constructor de microscopios de Delft, designado más tarde administrador de la sucesión Vermeer. En ambas obras Vermeer se aleja de su tema predilecto: la mujer, sorprendida en su entorno doméstico.
"Quisiera que Durero pintara mi retrato: ¿y por qué no debería yo desear eso de un tal artista?" escribió Erasmo. ¿Cabe lamentar que este retrato de Erasmo haya sido pintado por Holbein, también gran retratista de sus contemporáneos? Sobre un fondo constituido por una colgadura con motivos orientales y un entablado, Erasmo es representado de perfil, como en las medallas antiguas. Se encuentra envuelto en un inmenso abrigo oscuro y tocado con una boina negra: por su importante correspondencia, se sabe que era muy friolero. Su rostro y sus manos bañadas de luz atraen la mirada del espectador. Con los ojos bajos sobre su página, Erasmo está absorto en lo que escribe: pasará a la posteridad gracias a su obra. El cuadro de Holbein pasa a ser así la imagen tipo del humanista en el trabajo.
Este retablo fue pintado por Fra Angelico, dominicano encargado de la decoración del convento dominicano de Fiesole. Tanto los hermosos colores como el tema pertenecen todavía a la Edad Media. La composición, en cambio, fundada a la vez en un triángulo y en el círculo formado por la asamblea de los santos, así como el manejo del espacio, determinado por el juego de las líneas de las baldosas y por los escalones, pertenecen al Renacimiento. Así lo había establecido Brunelleschi para la arquitectura, Masaccio para la pintura y Donatello para la escultura. Bajo la escena principal están representados, en la predela, episodios de la vida de santo Domingo a uno y otro lado de un Hombre doloroso.

Este tema, tratado varias veces por Leonardo, se apoya en una composición piramidal no exenta de dinamismo: la Virgen, sobre las rodillas de santa Ana, trata de retener al Niño, que está inclinado sobre el cordero que prefigura su Pasión. Como a menudo en Leonardo, sfumato y perspectiva aérea prestan a la escena un carácter sobrenatural y misterioso.
Este retrato se encuentra modelado por la sombra y por la luz que proviene a la vez del paisaje y desde la izquierda. La pincelada es fina y sutil: no hay marcas de ella. El horizonte, colocado muy alto, se abre sobre un paisaje donde se funden agua, tierra y aire, y donde los diferentes planos se suceden gracias a la perspectiva aérea: en la medida que las cosas se alejan, los colores cambian y pasan de la gama de los rojos a una paleta más azulada. El contorno de la Gioconda, apoyada en una balaustrada, está difuminado: es el famoso sfumato. "El contorno de las cosas es lo que tiene menos importancia en ellas... por lo tanto, oh pintor, no rodees jamás los cuerpos con un trazo", afirma Leonardo, que no quiere describir con precisión los rasgos de la Gioconda sino pintar su alma, sensible en su mirada y en su sonrisa enigmática. Colgada en la habitación de Bonaparte, La Gioconda fue después expuesta en el Louvre, donde suscitó muchos comentarios. Robada en 1911, víctima de una agresión en 1956, será objeto de numerosas variaciones por parte de los artistas del siglo XX que demuestran así, a su manera, su fascinación.
El peinado muy elaborado de la Virgen y su expresión suave la vinculan con la tradición florentina. Pero la escena, que tiene lugar en un paisaje apacible, no es menos intensa, probablemente por la actitud y las miradas intercambiadas entre los tres protagonistas, dispuestos en un esquema piramidal clásico. Atentos y en recogimiento, la Virgen y san Juan Bautista miran hacia el Niño. Éste trata de coger el libro apoyado en el brazo de la Virgen, donde está anunciada su Pasión, mientras san Juan Bautista sostiene la cruz, otra prefiguración del sacrificio futuro.

Este inmenso lienzo fue encargado en 1562 para el refectorio del convento benedictino de San Giorgio Maggiore, restaurado por Palladio. El espacio pictórico se encuentra perfectamente integrado al espacio real: el suelo y las columnas del cuadro prolongan la arquitectura de la pieza, escenografía conforme las tesis de Vitruvio. Este espacio pictórico es demasiado amplio para ser abarcado con una sola mirada y, como ocurre a menudo, coexisten varios puntos de fuga: uno a nivel de los personajes y el otro en la parte superior, atrayendo así la mirada del espectador hacia el cielo, que abre el espacio del refectorio al exterior. Veronés aparece aquí como un gran decorador, llenando su lienzo con personajes en ropajes contemporáneos y de objetos sin relación directa con la escena del Evangelio, lo que le será reprochado por los censores eclesiásticos en el caso de otro lienzo. A lo cual replicará Veronés: "Nosotros, los pintores, nos tomamos la misma libertad que los poetas y los locos", citando libremente al poeta Horacio.

Caravaggio entrega este cuadro a los Carmelitas Descalzos para su iglesia en Roma, pero es rechazado por indecente. Rubens, entonces en la corte de Mantua, aconseja al duque, su mecenas, adquirirla para su colección. Los monjes reprochaban a Caravaggio haber presentado a la Virgen como un verdadero cadáver. Se cree que el pintor tomó como modelo a una prostituta ahogada: el cuerpo de la Virgen se ve hinchado y muy blanco. Al representarla así se cuestiona la idea de que, apenas muerta, ascendió al cielo. El haz de luz oblicuo destaca el drama y el dolor de los discípulos. Poco después de terminar este lienzo, Caravaggio tuvo que huir de Roma, acusado de asesinato.

Este lienzo pertenece a una serie de 12 cuadros (de los cuales 10 se encuentran en el Louvre) que ilustra las fiestas organizadas en Venecia en honor a la elección del dogo Alviso IV Mocenigo. Pintados unos 10 años después de las ceremonias, se inspiran en grabados, copiados a su vez de Antonio Canaletto. En éste se asiste a la partida de la galera del Bucentauro hacia el Lido, donde el dogo celebraba cada año, el día de la Ascensión, las bodas de Venecia y el Adriático. Esta escena es para Guardi el pretexto para esbozar con su pincelada vibrante y desenvuelta, de sensibilidad eternamente moderna con respecto a la atmósfera, una vista de Venecia y de sus habitantes dentro de una luminosidad diáfana y plateada. Guardi ha renovado enteramente la pintura del vedute, sustituyendo el punto de vista preciso de Canaletto, su predecesor y compatriota, con una visión más poética e incluso fantástica.

"Había visto antes algunos de sus cuadros, que me habían impresionado mucho... Si mis personajes de la época azul se estiran, es probable que sea por influencia suya" (Picasso, en una carta a Brasaï).
En esta obra de juventud, Murillo aborda un tema que retomará a menudo: el de los chicos andaluces que corretean por las calles y se alimentan de poco (en algunos casos de melones, aquí de algunos cangrejos), tema de la picaresca que también trata la literatura. Este mismo pintor multiplicará las representaciones de la Inmaculada Concepción, cuya suavidad se encuentra en las antípodas del claroscuro brutal y realista de esta escena.


