
Me gustaría volar, perderme entre las nubes y no mirar atrás.
Ojalá tuviera alas que me dieran esa libertad. Pero ¿de qué sirve tener alas cuando terminan cortándotelas?
A veces también me gustaría tener la memoria de un pez para no recordar nada de lo que ha pasado hace un minuto, ni nada de lo anterior.
Me gustaría volar y olvidar con cada aleteo todo aquello que me estruja por dentro. Pero es difícil. No nací para volar, ni tengo alas para dirigirme hacia el horizonte. Me tendré que conformar con mirarlo desde lejos y con cerrar los ojos... y volar de otra manera, volar con la imaginación. A veces es lo único que nos queda.
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