viernes, julio 21, 2006

Ligera de equipaje


A las 6.45 sonaban todos los despertadores, aunque yo llevaba varias horas despierta. Al menos el viaje a Roma eclipsa otro tipo de pensamientos. En parte, me alegro.
Me he puesto minifalda, unos tacones de espanto y la maleta no me pesa. Siempre me pongo ropa llamativa cuando voy a coger un avión, es que siempre me pita algo. Acabo de recoger los últimos restos de comida que pueden dar vida a nuevas especies vivas en mi frigorífico.
Me queda poner el candado en la maleta, que va casi vacía, pero volverá hasta los topes. En un cuarto de hora (no llego, no llego) debería coger el urbano para la estación de autobuses. Tendrá que ser el de las 8 menos cuarto. Si es que al final voy a tener que esperar en Filiberto Villalobos. Y me dará tiempo a desayunar por segunda vez.
Lo que más pesa es el monstruo que anida en mi interior. Lo abandonaré en Roma para no volverle a ver nunca más. Lo dejaré con el resto de fauna que vive entre los muros supervivientes a tantos siglos de historia.
Necesito este paréntesis, aunque mi mente a veces viaje a otro sitio y se me vuelvan a rasgar los ojos en señal de duelo ¿o quería decir dolor? Pero desecharé pensamientos tristes estos días.
Disfrutaré al máximo, visitaré lugares nuevos y conoceré italianos, estoy segura: "Prego, signore, per cortesia". Sí, al repasar mis conceptos de italiano, resulta que me acuerdo de cosillas. Y me sale acento como a ellos. Me defenderé hablando (o intentándolo) en italiano.
Es hora de irse. No sé si debo decir Arrivederci! o A presto!, más o menos vienen a decir lo mismo.
Volveré pronto.

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