viernes, julio 28, 2006

Creando belleza

Día a día intento que cada cosa que escribo destile belleza por todos los lados. No quiero que nada enturbie ese estado de paz.
Siempre he pensado que la mente hay que moldearla poco a poco, como si se tratara de una obra de arte, que no debemos dejar de lado pues entonces se erosiona. Con el tiempo aprendí que no sólo era la mente la que tenemos que moldear sino muchos otros aspectos de nuestra vida.
Cuando creamos algo, bien sea un texto en un blog, los rasgos de un dibujo, los trazos de una pintura, manualidades varias y otras tantas cosas, deseamos que siempre roce la perfección. Si creamos algo y nos conformamos con eso aun teniendo imperfecciones será una obra inacabada y, por tanto, no tiene tanto valor.
Igualmente en la vida no hay que conformarse con lo que pasa, sino que debemos buscar la perfección en todas las facetas. La perfección es una utopía pues el ser humano nunca podrá aspirar ser perfecto completamente. Podremos ser perfeccionistas, pero nunca perfectos.
Yo soy una persona perfeccionista. Con nueve añitos alguien me abrió los ojos en ese sentido. No sabía exactamente lo que quería decirme, pero se quedó observando mi trabajo mientras mis compañeros de clase estaban en el recreo.
En la escuela, los viernes por la tarde se dedicaban a las manualidades. Mi maestra de entonces era asidua a este tipo de trabajos. Con ella aprendí a escribir bien en los dictados y con ella me di cuenta de lo mucho que apreciaba los viernes por las tardes. Los primeros trabajos manuales eran láminas negras para raspar con punzón, después llegaron las figuras con pinzas de tender la ropa, cuadros con intercalados de escayola, pintura y terciopelo, flores con alambres y medias de colores... y las figuras de escayola. Mi primera figura de escayola fue una virgen de colores lisos que cuelga de la pared de mi habitación desde hace años. Después llegaron las figuras negras que convertíamos en figuras anticuadas con betún. Y un día nos enseñó varios modelos de figuras que hacer para navidad. Toda la clase se cogió las estatuillas más fáciles y cómodas de pintar, por lo general una sola figura. La excepción fui yo, que elegí el trío del belén: San José, María y el Niño. La maestra me preguntó si estaba segura, si me daría tiempo. Y le contesté que sí. Claro que me dio tiempo a acabar de pintarlas para esa navidad, sólo tuve que sacrificar mis recreos. Pero la gozaba pintando. Me sentía dueña de una paz infinita y no quería que terminara nunca esa media hora que pasaba entre pinceles.
Entonces un día, cuando ya todos habían salido al patio menos yo, vino la profesora de párvulos, la señorita Mª Luz, a la que guardo un cariño especial desde que la oyera decir a mi maestra en aquellos tiempos respecto a su trato con los alumnos: "A los niños se les trata con miel, no con hiel". Mª Luz se quedó observando cómo pintaba a San José, con una delicadeza y esmero que la sorprendieron. Así me lo dijo. Me habló suavemente, como hablaba ella. Me dijo que le gustaba el entusiasmo que ponía en las cosas y -lo recuerdo perfectamente- "no lo pierdas nunca". Levanté los ojos de la figura, la miré y sonreí. Después se fue a hablar con mi maestra. Yo seguí pintando, ensimismada y muy concentrada en dónde ponía color.
Cuando un tiempo después llevé el belén a casa a mi madre le encantó. Desde entonces lo expone cada navidad para que todo el mundo lo vea.
Pienso que cada creación, sea cual sea, debe ser bella, perfecta... y si no puede llegar a serlo, al menos debería intentar acercarse, aunque sólo sea un poco.
Si algún día supiera que lo que va a salir de mi mente, por ejemplo a la hora de escribir, es destructivo, no lo escribiré. O simplemente dejaría de escribir. Curiosamente cuando el mundo se me echa encima es cuando tengo una necesidad irreprimible de escribir, aunque lo que salga de mi mente sea a veces demasiado triste.

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