Aunque pusiera mil fotos del Coliseo parecería igual de pequeño que si lo viéramos en la televisión. El Coliseo romano llena tu campo de visión, da igual donde mires porque siempre te encuentras con él. Me lo imaginaba mucho más pequeño, así que me sorprendió su grandeza, grandeza que no sólo está en sus dimensiones sino también en su historia.
Vangelis me transporta a un mundo diferente y aquí me viene al pelo. Desde la banda sonora de Excalibur, que una vez compusiera Carl Orff, aquel Carmina Burana que me encanta, hasta esa melodía que me pone la piel de gallina con sólo escucharla, Christophe Colomb.
La historia del Coliseo
El Coliseo de Roma es el anfiteatro más grande del mundo. Este colosal monumento de piedra, cuya fachada requirió 100.000 metros cúbicos de travertino y 300 toneladas de hierro, es al mismo tiempo símbolo de la antigüedad romana en la Ciudad Eterna e imagen de la propia Roma en todo el mundo.
En su origen, los combates de gladiadores tenían lugar en el Foro, donde se levantaban graderíos temporales para alquilarlos a los espectadores.
El primer anfiteatro permanente se construyó en el año 29 a. C. Tras el incendio de Roma en el año 64 de nuestra era, Nerón lo reemplazó por un anfiteatro de madera. El anfiteatro más bello del mundo, cuyos restos se contemplan en la actualidad, fue mandado construir por Vespasiano a partir del año 72 y se terminó bajo el reinado de su hijo Tito. Se levantó sobre los restos del parque de la villa de Nerón, la Domus Aurea.
Durante los cien días que duró su inauguración (año 80) se mataron más de 5000 fieras. El último espectáculo conocido tuvo lugar en la época de Teodorico en el año 523. Aunque no es seguro que allí se hayan martirizado cristianos, en el siglo XIX se instaló en su perímetro un vía crucis que es celebrado por el Papa todos los años. Esta consagración del edificio a los mártires cristianos le libró del pillaje al que su revestimiento de mármol y travertino le había expuesto desde la Edad Media.
El anfiteatro forma una eclipse de 188 m x 150 m. Su fachada tiene una altura de 50 m. En lo alto, una fila de ménsulas servía para sostener el gran velum, hecho de lienzos de lino desplegados por encima del edificio para proteger a los espectadores del sol.
Las 8o arcadas de la planta baja daban acceso a un complejo sistema de escaleras, la vomitoria, para facilitar la rápida entrada y salida de espectadores, que podían alcanzar desde 60.000 a 80.000. Las cifras grabadas por encima de estos accesos se correspondían con el número de la localidad (tessera) que cada cual llevaba consigo.
De las cuatro entradas situadas en los ejes principales del anfiteatro, una daba acceso a la tribuna imperial y las otras tres estaban reservadas a espectadores de categoría especial: magistrados, vestales, invitados de honor...
Lo que queda de la fachada exterior, aproximadamente 2/5 partes del conjunto, está mantenido en sus extremos por dos grandes murallas de la época de Pío VII.
El interior del Coliseo, hundido en su mayor parte, no es más que una pálida idea de lo que fue el monumento original en su época.
Los subterráneos del anfiteatro estaban cubiertos antiguamente por un suelo móvil de madera.
Albergaban todos los servicios indispensables para el desarrollo de los juegos: máquinas, jaulas para las fieras, armas...
Los 30 nichos que se abren en la muralla de los subterráneos estaban sin duda dotados de montacargas destinados a subir fieras y gladiadores al nivel de la arena. Grandes paneles de madera inclinados y provistos de un sistema rodante con bisagras y contrapesos permitían el montaje de todo tipo de decorados en el ruedo, paisajes artificiales de colinas y bosques, especialmente en el transcurso de las cacerías (venationes).
La cavea, conjunto de graderíos, estaba dividida en cinco sectores superpuestos. Las plazas eran fijas y su acceso no dependía de la suma pagada -ya que la entrada era gratuita- sino de la pertenencia a una categoría social determinada.
Según el historiador Suetonio, el emperador Augusto atribuyó la primera fila a los senadores, graderíos especiales para los plebeyos casados, otros para los jóvenes ataviados con la pretexta y las filas superiores para las mujeres.
Entre la Via Labicana y la Via San Giovanni in Laterano se ven los restos del Ludus Magnus, el principal cuartel de gladiadores, comunicado directamente por una galería con los subterráneos del Coliseo.
Al lado del anfiteatro se levantaba el coloso en bronce de Nerón, de 35 m de altura. El nombre popular de "Coliseo", utilizado a partir de la Edad Media, viene de la proximidad de esta colosal estatua.
Los Gladiadores
Los emperadores buscaban siempre el favor de la plebe. Para ello, recurrían a distribuciones de trigo, de dinero, baños públicos y, sobre todo, juegos. Éstos tenían lugar principalmente en tres tipos de monumentos: el teatro, el circo y el anfiteatro, donde se celebraban combates de gladiadores y cacerías de fieras, costosos espectáculos que permitían en toda ocasión exaltar los fastos del reinado.
Una grandiosa procesión abría los juegos. Los gladiadores penetraban en la arena por la porta triunphalis, detrás de los magistrados y los lictores. Se ha convertido en clásica la frase pronunciada en una ocasión antre la tribuna imperial de Claudio: ¡Ave, Caesar! ¡Morituri te salutant!
Las piezas de la armadura de los gladiadores, espalderas y grebas, protegían el cuerpo de las heridas que pudieran dejar en grave inferioridad al combatiente.
En el siglo I, se les añadió una rejilla a los yelmos.
Las tremendas batidas de animales destinados a las cacerías empobrecieron la fauna de África del Norte.
En el siglo I, se les añadió una rejilla a los yelmos.
Las tremendas batidas de animales destinados a las cacerías empobrecieron la fauna de África del Norte.
El árbitro es reconocible por su túnica y su vara de madera. Dirigía los combates y vigilaba su desarrollo.
Para levantar las bandas del velum a favor del viento se utilizaba un anemómetro.
Varios duelos tenían lugar al mismo tiempo sobre la arena y el público, que tomaba partido, apoyaba a una u otra categoría de gladiadores: tracios, samnitas, mirmillones... Por ejemplo, el secutor, provisto de un largo escudo, de una greba en la pierna izquierda y de un yelmo sin reborde, luchaba contra el reciario, que atacaba con ayuda de una red atada al cinturón, un tridente y un puñal. El reciario llevaba sólo una ancha espaldera que le cubría la base del cuello, tobilleras y un brazalete protegiendo el brazo izquierdo.
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