De toda la gente que ha pasado por mi vida, que no es poca, sólo odio a una persona. Antes pensaba que era incapaz de odiar a nadie pues lo había intentado y no salía de mí ese sentimiento tan negativo. Algo muy fuerte te deben hacer para que germine en tu interior algo así.
Le conocía de vista. Varias veces en el pasado nos habíamos cruzado en el autobús, incluso en la calle y después bares y discotecas.
Un verano intercambiamos un saludo, después comenzamos a hablar y nuestras charlas llegaron más allá. De repente éramos pareja.
Cuando mi hermano se enteró de quién era mi novio en aquellos momentos me advirtió que lo dejara cuanto antes, pero yo, encegada de amor, no veía lo mismo que mi hermano, y no le hice caso. ¿Qué vería mi hermano en él que yo era incapaz de ver...?
B. es el mayor hijo de puta que ha pasado por mi vida. Un día de madrugada, después de una larga noche de fiesta y alcohol, discutimos. Y él, en una vena de agresividad, sacó a la luz su carácter violento. Me levantó la mano. En ese momento se me bajó todo el efecto de las copas de varias horas antes, miles de imágenes empezaron a correr por mi cabeza a toda velocidad, como estoy segura de que por la suya también pasaron muchas cosas.
No la bajó, pero fue suficiente para no dignarme a mirarle nunca más a la cara. Un hombre que es capaz de levantar la mano a una mujer, aunque no la baje, es capaz de llegar mucho más allá.
Si me hubiera tocado un pelo en vez de dirigirme a casa hubiera ido a ponerle una denuncia. No llegó la sangre al río, así que decidí marcharme a casa a maldormir. Ese día no pegué ojo, anduve nerviosa durante muchas horas. Y callé. El silencio, debido al miedo que había cogido a esa persona en cuestión de minutos, era lo único que estaba de mi parte. Caí en un mutismo inusual en mí. En un día había cambiado radicalmente mi manera de ver las cosas.
Cuando ves en el telediario a todas esas mujeres que perecen a manos de los hombres te parece algo tan lejano... Nunca piensas que pueda pasarte a ti. Pero un día pasa... o al menos descubres que también a ti te puede ocurrir... Intentas quitarte esas imágenes de la cabeza, algo imposible. Todavía recuerdo la furia de su mirada, su mano en alto. Sé que nunca podré olvidar ese día. Por eso le odio.
Le evité como pude. De mi boca no salió una palabra respecto a lo que había pasado esa madrugada, ni siquiera a mi mejor amiga se lo conté. Si mis hermanos se hubieran enterado se hubiera montado una bronca terrible, hubieran ido a buscarle... en fin, no sé adónde hubiéramos llegado.
No fueron mis hermanos los que se enteraron y si alguna vez lo supieron nunca me lo comentaron, pero sí mis amigos. Todos mis amigos llegaron a enterarse.
Dos semanas después de que pasara aquello y de que enterrara a B. de por vida, él estaba borracho en una discoteca. Mi amigo Jorge se lo encontró y se pusieron a hablar un poco de todo. B. le dijo lo mucho que se arrepentía respecto a mí por lo que me había hecho. Jorge le preguntó el qué y allí salió a la luz toda la historia que, si hubiera estado en mis manos, jamás se hubiera sabido.
Era un domingo por la tarde cuando nos reunimos todos en un bar. Jorge me cogió aparte diciéndome que tenía que preguntarme algo: "Ana, ¿es verdad que B. te levantó la mano?". Me quedé blanca como el papel, le clavé la mirada, empezó a temblarme el cuerpo, las lágrimas acudieron a mis ojos. No necesitaba darle una respuesta pues con sólo ver ese estado de pánico que se había apoderado de mí ya la sabía. Jorge se lo contó al resto de mis amigos y uno a uno todos me fueron haciendo la misma respuesta. Les pedí que por favor no se lo contaran nunca a mis hermanos (y no lo hicieron).
Mucho tiempo después me enteré que esa tarde mis amigos se habían sentado y habían pensado en ir a buscar a B. Al final se decidieron por el no (al menos ellos son más civilizados). Me alegro de que no pasara nada. Cuando me enteré de esto me acojoné y me enfadé. ¿Qué hubiera pasado si hubieran ido...? Me sentí fatal, y no había sido yo quien abrió la boca.
viernes, julio 28, 2006
Odio
Después de aquel domingo mis amigos, en un carácter protector, y sabiendo que yo salía con miedo a la calle me aconsejaron que fuera con ellos para que B. no se me acercara. Y así fue. Estuve más de un año saliendo de fiesta con todos los varones. Por lo general mis amigas y yo salimos aparte, pero por aquel entonces, aunque mis amigas fueran a otros bares (en contadas ocasiones, pues ellas también terminaron enterándose), terminábamos saliendo todos juntos. B. jamás se me acercó, ni a mis amigos, que le instaban a que se largara antes de aproximarse.
Poco a poco el temor fue desapareciendo. El día que les dije a mis amigos que necesitaba perder ese miedo que me había atado de pies y manos durante tanto tiempo ellos me preguntaron si estaba segura. Y dije que sí.
El primer día que B. me vio con mis amigas se acercó pero ni me digné a mirarle, en cambio miraba a mi amiga I. y ella me decía: "Ana, tranquila". Respiraba hondo e intentaba ignorar, mal que bien, a quien estaba cerca de mí. Pero el cobarde de B. fue incapaz de dirigirme la palabra, era consciente de lo que podía esperar de mí. En cambio sí que pillaba a mis amigas por banda y algo así fue lo que le soltó a E.: "Dile a Ana que agua pasada no mueve molino, que me perdone, que jamás tenía que haber pasado eso, que quiero que me salude, que podemos volver a ser amigos..."
Lo intentó muchas veces, a mí nunca me dijo nada. Un día se dio cuenta de que no le perdonaría jamás y dejó de dar la brasa a mis amigas. Y de repente dejé de saber de él.
Ahora sé que tiene un bar. Ni mis amigos ni mis amigas han puesto un pie en el mismo. No creo que lo hagan. Aunque si lo hacen me es indiferente. Esa persona para mí no significa nada. Si muriera mañana no lo lamentaría. No le deseo ningún mal, y espero que siga guardando las distancias conmigo. Es más, deseo que la mujer que se case con él no sea una víctima más de la violencia de género. Sé adónde es capaz de llegar esa persona, y ojalá nunca vuelva a levantar la mano a nadie.
Le odio, aunque apenas me acuerdo de él. Prefiero no pensar porque me hierve la sangre.
Han pasado cinco años de todo eso. Ahora ya no me cuesta mucho hablar del tema. El tiempo de después fue criminal pues vivía con miedo, y eso no es vivir. Después todo pasó y parece que fue nada más que un mal sueño, pero no, ocurrió y se me quedó demasiado grabado como para poder olvidarlo así como así. Después de él temía que cualquier hombre se me acercara. Un día me di cuenta de que no todos eran iguales, que sólo había sido una mala experiencia pero todos los hombres no son así, y dejé el temor a un lado.
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2 comentarios:
Hola Ana soy sergio. Me alegro que ya no te cueste tanto hablar de ello. No se como se puede hacer algo asi..
Por cierto prometiste poner una letra de la Oreja y sigo esperando eh..
Besiños
Buenas soy Frank, la verdad es que leer cosas así hace que me hierban la sangre y no se me ocurre nada que hacer. La verdad es que hay que vivirlo para darse cuenta de lo que es.
Y bueno, no se me ocurre nada más que decirte salvo el alegrarme que hoy en día puedas contarlo con libertad. Recuerda que hay gente peor, en cualquier caso eso no es un consuelo
Un bechi...
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