lunes, julio 31, 2006

El "Jarchas"

Mi profesor de literatura se llamaba Fernando. Llevaba muchos años casado y tenía dos hijas, pero era un secreto a voces que en su pasado, cuando iba a hacer votos para sacerdote, se enamoró de una mujer y se salió del seminario para casarse con ella.
Sólo le conocía de oídas, pero me habían dado a entender que sus clases eran equivalentes a la siesta diaria del día. Le veía de lejos. Era un hombre alto, moreno, tenía el pelo negro como el tizón y una incipiente barriga. Daban ganas de abrazarle. Me daba buena impresión, era un imán que hacía que te acercaras a él irresistiblemente. Lo del "Jarchas" le venía desde hace años, un apodo que alguien le había puesto hacía mucho tiempo y que había perdurado con el paso de las generaciones, aunque su literatura preferida no era expresamente la mozárabe. Siempre llevaba una mano ocupada con varios ejemplares de autores famosos.
Por fin llegó 2º de BUP, donde conocería a mi nuevo profesor de literatura. Ya me habían contado que en la otra aula había pillado durmiendo a uno y le había despertado de ese sopor. Había sido el primer día de clase.
Pasó lista uno a uno y cada vez que decía un nombre se quedaba mirándonos. Yo clavé mi mirada en esos profundos ojos negros. Le miré con afecto, no en vano llevaba un curso entero "enamorada" de él.
Ese curso de literatura fue el más poético de todos. En las clases de Fernando expresaba mis amores juveniles mediante rimas. Aprendí a escribir cuentos al estilo más becqueriano y probé todas los recursos estilísticos. Y llegó la Navidad.
Fernando no sabía nada de mi afición literaria hasta que volvimos en enero del año siguiente. La persona que más libros había leído esa Navidad había sido yo. Recuerdo perfectamente los títulos: La Barraca y Cañas y Barro de Vicente Blasco Ibáñez, y Cumbres Borrascosas de Emily Brönte. Me pidió que le repitiera los títulos y me hizo varias preguntas, supongo que tanteándome. ¿Era posible que no me creyera? No importaba, pronto se daría cuenta de que devoraba libros, como descubrió que en el momento en que me dio por escribir poemas les hacía los deberes a la mayoría de los internos, hasta que los pilló. El cambio de sexo se notaba en aquellas primeras palabras que yo plasmaba en el papel.
Con Fernando aprendí a adorar a los clásicos, aprendí a querer a Bécquer y a añorar a Lorca, ensalcé a Chéjov y del Siglo de Oro me decanté por Quevedo y Lope de Vega, me enteré de que el Poema de Mío Cid estaba más cercano a mí de lo que yo hubiera imaginado jamás, me aprendí aquellos versos innumerables de Espronceda que decían:

Con diez cañones por banda,
viento en popa, a toda vela,
no corta el mar, sino vuela
un velero bergantín.
Bajel pirata que llaman,
por su bravura, "El Temido",
en todo mar conocido
del uno al otro confín.
Recuerdo aquel examen cuya única pregunta fue: "Escribidme la última estrofa de La Canción del Pirata". Con el paso del tiempo fui cogiéndole cariño. Para mí sus clases eran perfectas y deseaba que llegaran. Mientras la gente se dormía mientras él leía cualquiera de los libros que siempre le acompañaban yo siempre me quedaba anonadada con esa voz que era música celestial en mis oídos.

Llegamos a 3º de BUP y Fernando siguió dándome clases de literatura. Un día nos mandó leer Pepita Jiménez de Juan Valera. Cometió un error al recomendar ese libro pues me di cuenta de que la vida del sacerdote protagonista corría paralela a lo que fue en el pasado la vida eclesiástica de Fernando. Y después de leído preguntó en clase qué nos había parecido. Una mano en alto para mezclar lo real con lo ficticio y le pregunté: "Fernando, ¿te sientes identificado con este libro?". Le saqué los colores. Mi pregunta era totalmente inocente. Y mi profesor era propenso a enrojecer. Aquel día tuve una idea maravillosa: le declararía mi amor a través de la poesía. Así es como comencé a escribirle poemas a diario y mezclar esos papeles entre sus libros, antes de entrar en clase.

Mis rimas eran completamente sensuales, románticas y cargadas de un amor platónico inmenso. Después pasaron a ser más eróticas y cargadas de sexualidad. Pero eran rimas inexpertas. Él se imaginaba que alguien le gastaba una broma, pero a veces llegaba a clase ruborizado y algo exaltado. Después de varios meses me pilló metiéndole la poesía diaria entre los libros. Los dejó en la repisa de la ventana, antes de entrar en clase, como siempre, y se alejó, aunque sólo fue a esconderse. Ese día fue él quien me sacó los colores a mí.

En ese momento dejé de interesarme por sus clases, le mostraba dejadez y comencé a leerme mis propios libros. Recuerdo estar en un pupitre del fondo y de repente escuchar un silencio sepulcral a mi alrededor. Levanté la vista y tenía a Fernando delante de mí. Quise desaparecer y sólo pensaba: "Tierra, trágame". Me pidió el libro, se titulaba Ceguera asesina y hace poco que me había llegado del Círculo de Lectores. Pensaba que me lo iba a confiscar el resto de la semana, pero sólo me lo pedía para ver el título. Me lo devolvió. La clase me miraba, pero yo estaba magnetizada por sus ojos negros y su sonrisa, una sonrisa que me decía todo: "No me falles, atiéndeme en clase". Fernando no me dijo nada, no me castigó nunca por haber estado leyendo otras cosas aquel día. Quizás él entendiera mejor que nadie el amor platónico, esos primeros amores de juventud.

Por supuesto, seguí llevándome bien con él y jamás volvió a pillarme leyendo un libro en clase que no perteneciera al temario de literatura española. Es más, volví a ser la primera persona que se leía los libros obligatorios, incluso los recomendados. Volví a ser participativa. Un día nos hizo un examen sorpresa. Recuerdo perfectamente que era sobre Peribáñez y el comendador de Ocaña de Lope de Vega. Tenía los apuntes en un cuaderno, pero no recordaba más que por encima que iba sobre la imposibilidad de ascender de clase social, así que saqué mi cuaderno y me puse a copiar descaradamente. Fernando vino -para mí que siempre me tuvo enchufe- y me dijo qué hacía. Le contesté: "Nada, estoy tomando notas". No me quitó el cuaderno ni alegó que estuviera copiando. Veía las caras anonadadas de la gente, con las bocas abiertas y fijo que pensaban: "Menuda fresca". Quizás lo era, pero también tuve cara para sacar mis apuntes y copiar delante del profesor. Es la única vez que lo hice, no me gustaban los exámenes sorpresa, aunque sí Lope de Vega. ¿Qué más da que copiara lo que él había dicho en clase si en ese examen era evidente que ya me había leído el libro?

Pasó el curso, y llegamos a COU, cuyo coordinador era Fernando. Además de ser mi tutor, ya no sólo me daba clases de literatura sino también de latín. El año anterior, gracias a mi mal profesor de latín, había terminado odiando a los romanos. Sé que decepcionaría a Fernando en el momento en que viera mi pasotismo respecto a la lengua latina. Así que en la primera evaluación me toqué las narices y suspendí, claro, pero en mi mente pensaba que no podía fallar a esa persona. Los textos latinos en COU eran para estudiarlos día a día y yo no lo hacía. Los fines de semana iba a casa. Allí tengo un tío que sabe mucho latín, tanto que siempre te está explicando el origen de las palabras. Le pedí ayuda, y cada fin de semana iba donde él a que me explicara.

En las clases de latín Fernando siempre pedía voluntarios que salieran al encerado. Nunca salía nadie. Un día levanté la mano y salí, al día siguiente igual y así durante toda la segunda evaluación; nadie más que yo salía. Fui la única persona a la que no le importaba equivocarse, pero a diario y voluntariamente estuve traduciendo en la pizarra, y odiaba la tiza, pero mereció la pena. Al final de esa evaluación, un día Fernando preguntó si alguien quería saber su nota. Algunos la pidieron, pero no se la dio. Creo que sabía que yo se la iba a pedir. En ese momento yo era una especie de cebo, pero sin hablar mal, que yo a Fernando le quería mucho. Yo sabía que me iba a subir la nota, como también sabía que él quería demostrar a la clase que el esfuerzo diario tiene su recompensa. Levanté la mano. Y me la dijo: "Ana, tienes un 6,7, pero después de esta evaluación en la que has salido sólo tú a la pizarra, con lo que me cabe pensar que eres la única que ha estudiado latín día a día, y por lo que te has esforzado... tienes notable". Otros cuantos pidieron su nota y a nadie se la dio más que a mí. Sí, me usó de cebo, como también me dio las gracias. Fernando y yo nos entendíamos perfectamente. El resto de curso apenas toqué tiza, la competencia a la hora de salir voluntariamente a la pizarra creció tanto que dejé de salir. Era evidente que pasaría eso. La clase se transformó totalmente, todo el mundo participaba, preguntaba... Un día Fernando me llamó a su despacho. Me agradeció que hubiera impulsado la clase de tal manera. Me preguntó a qué quería dedicarme. Y parece que aún fue ayer aquella larga conversación. Apreciaba a Fernando, como sé que él me apreciaba a mí. Hablamos de muchas cosas, incluso de las poesías de antaño. Me pidió que nunca perdiera la afición por los libros y que si alguna vez en el futuro tenía dudas sobre algo que no dudara en comunicarme con él.

Llegó el verano. Me dio pena dejar el colegio después de tanto tiempo. Un día estaba en el campo con una amiga cuando vi aparecer un coche que me sonaba mucho. De allí salió Fernando, con su mujer e hijas. Me quedé a cuadros. Fernando era de un pueblo cercano al mío, era evidente que estaba veraneando, y que en mi casa le habrían dicho dónde iba a encontrarme.
Después seguí carteándome con él. Siempre que tenía que elegir entre inmensas listas de libros le preguntaba qué opinaba. A veces se ha encontrado con mis padres, que también le adoran y él les pregunta si me va bien.

A Fernando es uno de los profesores que llevo y llevaré siempre en el corazón. Yo impulsé su clase de latín, pero él propugnó en mí un impulso diferente, me enseñó mundos increíbles inventados por otras personas, me ayudó a viajar a través de las palabras y empujó mi visión lectora como nadie lo habría conseguido jamás.

Nunca, en los cuatro años de internado, le llamé por el mote con el que todos hacían alusión a él. Para mí era simplemente Fernando, como la canción de ABBA.

Y hoy... hoy me he acordado de él porque llevo muchos días sin pasar página en un libro. Debería hacerlo pero no tengo ganas. Si Fernando me viera me cortaría el cuello, o quizás si escuchara esa sutil voz que me mecía en mis años adolescentes fuera suficiente para que cogiera con los ojos cerrados cualquier libro.

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