
Hoy he recibido una llamada desde Santander. Al ver el 942 me he imaginado quién podía ser. Sólo tengo apuntado su teléfono móvil. Ana Lara y yo hablamos de siglos en siglos. La última vez que hablamos fue en julio del año pasado, a principios.
Hace unos meses recibí una postal de Dublín. Era de ella. Por la letra me lo imaginé, firmaba como "Lara". Ella siempre quiso llamarse así, y sus padres no quisieron para ella un nombre compuesto. A la hora del bautizo les dijeron que Lara no era cristiano, de ahí que le tuvieran que poner Ana delante.
Me ha invitado a Santander, donde estará todo el mes de agosto y en septiembre volverá a Dublín. Me ha dicho que su nivel de inglés ha mejorado bastante. No trabaja como psicóloga sino en un restaurante.
Yo siempre pensé que Ana Lara debía autodiagnosticarse antes a sí misma porque tenía cosas raras en la cabeza. Ahora, cuando hablamos, es diferente. La veo más serena, más mujer, menos loca que entonces.
Supongo que le debo ese viaje desde hace años. Me apetece playa, pero no el mar Cantábrico. Ella siempre me insiste en que vaya, así como también me ha invitado a Dublín. Ya le he dicho que si me movía de aquí tendría que ser en la segunda quincena de agosto.
El caso es que ha habido muchos silencios en esa conversación. Me daba la sensación de que éramos dos desconocidas, después de todo lo que compartimos. La única manera de afianzar de nuevo la amistad sería volviéndonos a ver, así que me veo en Cantabria en un plazo no muy largo de tiempo, recordando viejos tiempos y repitiendo antiguas locuras.
La curiosidad aumenta en el momento en que pienso cómo será el reencuentro. Sí, tengo que volver a verla, hay cosas que jamás deben perderse.
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