Estos últimos días he tenido mucho tiempo para pensar. Recuerdo en el viaje a Madrid, en el autobús, donde cogí una página del periódico y sobre una imagen escribí esto:
"Atrás quedan las enormes cúpulas de Salamanca,
atrás queda todo lo que nunca dije,
atrás queda todo lo que jamás diré.
El Tormes corre tranquilo a mi lado.
9.17 en el autobús.
Hoy dormiré en otro país. Roma tiene los brazos abiertos para mí.
¡Oh, Roma, la bella Roma!"
En el avión tuve un sueño, es demasiado desgarrador para volver de nuevo a él. En otras circunstancias cabría tildarlo de pesadilla, pero en aquellos momentos poco me importaba. Recuerdo que pensaba en ciertas circunstancias y se me caían las lágrimas.
En la capital italiana poco tiempo tuve para pensar. Vivía el momento, ese "Carpe Diem" tan nombrado por tantos autores. Estuve en las alturas y a todas horas estuve rodeada de gente de todo el mundo, sobre todo de españoles.
En cada rincón me encontraba con restos de historia, en cada rincón había un italiano que me saludaba. Entendía el italiano a la perfección, aunque me costaba hablarlo; comprendía a la gente que me hablaba en inglés; y la mayoría debían leer en mis ojos que era española pues muchos me hablaron en mi propio idioma.
Roma es exquisita en cuanto a arte se refiere, pero cojea en otras cosas. Es una ciudad que, para todo lo que tiene, no está bien cuidada ni bien organizada. Los italianos son acogedores y de más de simpáticos. También llega hasta allí la gran riada de inmigrantes, que rondan las zonas turísticas.
Dibujaba el Panteón en las escaleras de enfrente cuando dos niños se me quedaron mirando. Les sonreí. Eran españoles pero yo no dije nada. Estaba sumida en mi mundo y, a pesar de estar rodeada de gente, me sentía demasiado concentrada para notarlo.
De repente llegó la hora de volver. Ayer pensaba que quizás tendría que quedarme una noche más allí (no me hubiera importado). En el avión de vuelta no pensé. Me dediqué a mirar las nubes, el paisaje de abajo. Cuando veía las nubes creando esas imágenes pensaba que eran dioses que estaban durmiendo. Era otro reino, inalcanzable para nosotros. Vi el mar azul abajo, ese mar Mediterráneo en toda su plenitud. Había pedido: "finestra, per cortesia". Aterrizar me da vértigo, y siempre pido ventana en el avión, a pesar de que me dan miedo las alturas. Pensaba que con el retraso perdería el autobús, pero llegué a tiempo. Cuando me senté hice una llamada que me devolvió la sonrisa. Sólo Joan es capaz de hacerme reír. El domingo había sido su cumpleaños. Le llamé muchas veces desde Roma pero ninguna cogió. Ayer me comentó que había pasado el día en la playa y no se había llevado el móvil. Debería hablar más a menudo con él porque tiene salidas que son para soltar grandes carcajadas.
No quería dormirme en el autobús de vuelta, pero no pude evitarlo. A pesar del aire acondicionado y que no tenía ropa para taparme, caí en el delirio onírico hasta que vi el centro comercial "El Tormes", que me despertó con sus luces. Está en Santa Marta de Tormes, a cinco minutos de Salamanca. Me restregué los ojos. También había soñado, recuerdo todo lo que vi pasar mientras mis ojos habían estado cerrados. Era una mezcla de monumentos romanos y una persona que se diluía en el espacio y en el tiempo. Debería mirar en el Diccionario de los sueños. Hay cosas realmente inexplicables y no sé interpretar lo que sueño.
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