Una gran tarde. Me gusta observar a la gente, sobre todo cuando viajo.
Esperaba al tren sentada en el andén de una estación castellano-leonesa perdida, bajo el sol infernal del mes de julio. En principio tenía mi espacio vital, que pronto se ha visto invadido por gente extraña. El primero en llegar ha sido un colombiano que lo primero que ha mirado han sido mis piernas. No me gusta llevar falda pero hoy tenía calor. No era el primero ni sería el último que se fijaba en mis piernas para después posar su mirada en mis ojos que decían: "¿Qué hostias miras?".
Al entrar en la estación, tres cuartos de hora antes, varios locales y los guardas de seguridad también se habían quedado mirándome. Es increíble el poder que ejerce una mujer sobre los hombres, da igual que enseñe las piernas o el escote, es un efecto-imán difícil de desviar.
El colombiano me ha preguntado si tenía billete y le he dicho que sí. Él me ha empezado a contar una historia de que se iba a subir al tren sin billete, que en la taquilla no lo vendían porque el tren iba completo. A los 5 minutos una señora, ha dicho que era cántabra, ha aparecido con su perrito, supongo que había oído al colombiano, y se ha sentado allí mismo para decir también que estaba sin billete. Han empezado a quejarse... A mí ni me iba ni me venía la conversación pues suelo sacar los billetes "de ida y vuelta" y no justo antes de que salga el tren... Previsora soy.
Lo mejor estaba por llegar.
De repente pasa por allí un yonki, y me ha clavado la mirada. Debo tener cara de simpática porque la gente me habla en todos los sitios, o quizás tengo en la frente escrito un "háblame". Cuando le he escuchado, arrastrando sus palabras, he pasado de él. ¿Qué me estaba diciendo si yo no tenía problemas de asiento en el tren? Quería que se largara, pero cuando ha dicho que iba a subir al tren sin billete, la señora de Cantabria y el colombiano le han dado tema de conversación. Al lado del yonki, que se notaba que se había metido algo, iba una chica joven, entrada en carnes, que parecía que venía de la playa con su vestido tipo pareo, el pelo rosa semioculto por un sombrero masculino de fieltro gris. Iba con el yonki, aunque cuando me ha hablado su voz era suave y no parecía que se hubiera metido nada. Le he explicado que si el revisor era majo y con toda la gente que había en su situación era difícil que les echaran del tren.
El colombiano se ha encargado de subirme la maleta. He buscado mi sitio. Al menos hoy no me ha tocado levantar a nadie alegando: "Perdone, está Usted sentad@ en mi sitio". Junto a mí había una señora con dos niños que se me han quedado mirando fijamente. Sandra y Adrián estaban sentados enfrente de mí, jugando con sendas Game-Boy. De vez en cuando levantaban los ojos y me miraban con curiosidad.
He cogido el móvil y he llamado a casa. El retraso del tren era de 10 minutos. Cuando la señora de mi lado lo ha oído me ha preguntado a qué hora debía haber llegado el tren a Burgos. Así ha comenzado una charla que ha durado hasta el final del viaje. Era de Ciudad Rodrigo y su marido era francés. Viajaba con sus hijos a su tierra natal buscando el sol que en París no tenían. Cuando me ha dicho que venían de París les he preguntado: "¿Habéis estado en Eurodisney?". Ahí es cuando me he enterado de que vivían en París. Los niños eran bilingües. Les he oído hablar los dos idiomas con gran soltura, francés mejor que español, claro. Eran unos niños simpáticos. A Adrián me daban ganas de cogerle y abrazarle. Era más pequeño pero simpático y educado, y no paraba de reír, sobre todo cuando hablaba rápidamente en francés y yo levantaba la ceja mirándole. Calculo que tendrían 7 y 9 años.
He ido a la cafetería y allí estaban los polizones de la estación de Burgos. Y el yonki nada más verme se ha puesto a hablar conmigo. Le ignoraba como podía; el colombiano ha sido mi salvación. Creo que se han bajado todos en Valladolid, donde el tren se queda casi vacío.
El viaje ha sido ameno en el sentido de que la señora de Ciudad Rodrigo me ha dado conversación. Llevaban viajando desde las 5.30 de la mañana y tenían unas ganas inmensas de llegar. Y luego me quejo yo.
Al final me ha deseado feliz verano. Una gente muy agradable. Así da gusto viajar.
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