
El membrillo es una comida que nunca ha sido de mi agrado. Con sólo olerlo me entran unas náuseas terribles.
Cuando estuve en el internado, una vez a la semana lo ponían de postre para cenar. No podía soportarlo, incluso había veces que era obligada a comerlo.
Para mí el membrillo es la peor cosa que me puedo llevar a la boca, incluso peor que el pescado o el queso.
En la vida también nos encontramos con pequeños trozos de membrillo que son intragables. También se revuelve nuestro estómago y, a pesar de que no produce náuseas, el rastro que deja es mucho mayor. Me gustaría no encontrarme con esos trozos de membrillo. Es demasiado insoportable.
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