Lo que queda en mi ombligo hoy en día no es nada. No se nota ni siquiera la fina línea que cerraba la herida. Este verano me ha dado el sol y ni siquiera se percibe ese fino hilo de lo que era hace un año. Qué artista el médico, igual o mejor artista que el que me tatuó un pegaso ahí.
No sé por qué de repente me vienen a la mente aquellas palabras de Antonio Machado:
Pegasos, lindos pegasos,
caballitos de madera.
Yo conocí siendo niño,
la alegría de dar vueltas
sobre un corcel colorado,
en una noche de fiesta.
En el aire polvoriento
chispeaban las candelas,
y la noche azul ardía
toda sembrada de estrellas.
¡Alegrías infantiles
que cuestan una moneda
de cobre, lindos pegasos,
caballitos de madera!
caballitos de madera.
Yo conocí siendo niño,
la alegría de dar vueltas
sobre un corcel colorado,
en una noche de fiesta.
En el aire polvoriento
chispeaban las candelas,
y la noche azul ardía
toda sembrada de estrellas.
¡Alegrías infantiles
que cuestan una moneda
de cobre, lindos pegasos,
caballitos de madera!
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