Giacomo Casanova es un libertino fornicador y mujeriego del siglo XVIII que encandila a todas las mujeres venecianas, solteras y casadas, vírgenes y religiosas, madres e hijas, promiscuas y ninfómanas. Todas caen en sus redes de seducción.
Por eso mismo es apresado multitud de veces, pero Casanova se encuentra bajo la protección del Dux de Venecia, que siempre le suelta por falsa identidad.
Un día llega un inquisidor a Venecia en busca del rompecorazones para ahorcarle. Perseguido por los soldados del obispo, llega a la universidad donde se realiza un debate acerca de si las mujeres deben pertenecer o no a esa institución. Allí, rodeada de hombres, se descubre el rostro una mujer que defiende la entrada de las mujeres a formar parte de la universidad.
Casanova se queda encandilado de su belleza y oratoria y comienza a perseguirla, se hace pasar por otra persona, y por primera vez se enamora.
He llorado, no he podido evitarlo. Todos los Casanovas se enamoran alguna vez, era previsible eso. Hay un momento en que no he podido evitar llorar, aunque eso también es previsible pues lloro en casi todas las películas.
Sale Jeremy Irons, que es el hombre perfecto. Aunque me encanta el protagonista (Heath Ledger), más aquí que de gay en "Brokeback Mountain" y me encanta algo que se dice dos veces a lo largo de toda la historia:
Dame un hombre que sea lo bastante hombre para entregarse sólo a la mujer que lo merece. Si esa mujer fuera yo lo amaría sólo a él para siempre.
La verdadera historia de Giacomo Casanova

Cuando uno evoca el nombre de Casanova, le viene a la mente, inevitablemente asociada, la imagen del seductor por antonomasia, y así es la leyenda del personaje: conquistador lujurioso, de insaciable lubricidad, ha llegado a eclipsar al hombre.
Giovanni Giacomo Casanova, señor de Seingalt, nació en Venecia en 1725. Hijo de la bella actriz Zanetta, se desconoce la auténtica identidad de su progenitor, que bien pudo ser el marido de su madre, otro actor o el empresario teatral Michele Grimani.
De pequeño, Casanova fue un niño enclenque y dotado de una inteligencia extraordinaria, una comprensión rápida y una memoria portentosa. Su abuela, admirada por los progresos culturales que hacía (aprendió a leer en menos de un mes) se decidió a enviarlo a estudiar a Padua, en cuya universidad recibió el título de Doctor en Derecho a los 17 años.
Su vasta instrucción llegó a abarcar diversos campos, y no solamente fue un hombre de conducta escandalosa, duelista y jugador; también destacó siendo violinista, matemático, poeta, novelista, historiador, filósofo, teólogo, traductor de Horacio y de Homero, astrónomo, químico, geólogo, médico empírico... Sin embargo, no ha pasado a la posteridad por ninguna de estas actividades, sino por la de ser un conquistador.
En los 39 años que duró su vida amorosa estuvo con ciento 22 mujeres: actrices, monjas, cortesanas, damas de la alta sociedad...; mujeres de las que Casanova se enamoraba con cierta ingenuidad, con pasión, de verdad; mujeres que, en no pocas ocasiones, se aprovechaban de su generosidad y que siempre conservaron de él un recuerdo dulce y nostálgico, pues el terrible y disoluto seductor era un amante magnánimo y tierno.
La vida de Casanova es una vida inquieta, dinámica, despreocupada y plagada de excesos. Viajero infatigable, aventurero, masón, espía..., conoció la prisión en los Plomos, las enfermedades sexuales, la riqueza y la ruina.
En sus últimos años, recluido en el castillo de Dux en Bohemia, aquejado de la próstata y gotoso, emprende la ardua labor de redactar su biografía. Con una letra menuda y clara y una excelente memoria, Casanova se dispone a escribir sus recuerdos, tarea a la que dedicaba 13 horas diarias, dejando unas memorias que, aun no siendo completas, ocupan 3700 folios.
Escrita en francés, lengua que Casanova domina junto con el italiano y el latín, la Histoire de ma vie jusqu’en l’an 1797 recoge confesiones de una enorme sinceridad, una verdad sin tapujos. En ella, el autor se retrata tal y como se ve a sí mismo, no esconde nada porque no se arrepiente de nada y por eso le resulta indiferente el juicio que el lector pueda hacer de él. El estilo literario es directo, vivaz, realista y un tanto desvergonzado, y la magnífica descripción de los personajes y de las costumbres de la época hacen que esta obra no sólo sea el relato de una serie de aventuras amorosas, sino también una perfecta ilustración histórica del Siglo de las Luces.
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