
Hace un año me fui a Ávila, era 10 de julio de 2005. Había conseguido mi primer trabajo remunerado. Nunca antes había estado en Ávila más que de pasada en la estación de tren de camino a Madrid.
Ávila tiene algo irreal, es como si la historia retrocediera. Ya no es el encanto de sus piedras, ni de las carpas al aire libre que en esas tardes estivales estaban repletas por ser fiestas... era la gente. Los abulenses son muy abiertos. Sólo tengo que pensar en el médico que me operó allí unos días después. Me enamoré de él. Me podría doblar la edad, me hizo tomar una decisión, y no fue su efectividad como médico ni su físico... sino su simpatía lo que hizo que me entregara a sus expertas manos.
Me había dejado en una sala del hospital sola para asumir una elección: operarme en horas en ese lugar desconocido o irme de urgencia a mi tierra para ingresar esa misma noche. Después de varias horas y con esa tranquilidad absoluta que se respiraba en el hospital, y después de que el doctor me hiciera ver la urgencia de lo que tenía me quedé.
Unos días antes hice dos entrevistas en el mismo día. Me dijeron que volviera el lunes para ponerme a prueba y me dieron la misma hora. Tuve que elegir una.
Soy una persona selectiva, aunque no es difícil serlo pues la vida nos hace tomar decisiones, no todas son tan atractivas como quisiéramos. A veces no hay más remedio. La pastilla roja o la pastilla azul. O quizás es mejor dejar que las cosas vengan por sí solas. ¿Para qué voy a elegir una pastilla si ella me va a elegir a mí? Qué facil es dar la vuelta a las cosas.
Mañana será otro día. Tengo que elegir... pero mientras tanto no me desespero. Pues no sirve de nada.
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