lunes, julio 17, 2006

La mansión de los dioses

Vangelis: Rachel´s Song
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Odín o Wotan, creador del Universo, padre de los dioses y de los hombres, cuyo brillante ojo era el sol, cuando no cabalgaba sobre las nubes a través del espacio residía en el Walhalla (cielo empíreo). Y allí, aposentado en un elevado trono, venía todo lo que hacían los dioses y los hombres.
De Odín nació Thor, dios del rayo y del trueno, que no se producían más que cuando, con una fuerza superior a la del resto de los dioses, daba terribles golpes con su enorme martillo.
Todo lo que Odín tenía de amable, inteligente y bueno, tan espiritual que no necesitaba comer y sólo se alimentaba de vino, lo tenía Thor de brutal, hosco, torpe y gran comedor y bebedor, del que siempre se estaba burlando el dios Loki.
El Walhalla era un recinto cercado, como una fortaleza inexpugnable. Walgrind, la cerca de los muertos, tenía una artística cerradura que ningún mortal podía abrir y conducía a la mansión del dios Odín. A través de la selva Glasir, con árboles que brillabar por el resplandor del oro, se llegaba a la sala del Padre de todos los Dioses.
El lobo y el águila -los animales de guerra del pueblo escandinavo- adornaban la fachada. En medio de la sala ardía el fuego sagrado, que siempre estaba vigilado para que no se apagara. Durante el día, la sala estaba vacía y abandonada, pero después venían los einherios (guerreros) y luchaban entre sí hasta vencer o morir.
Al llegar la hora de la comida, se retiraban los vencidos y todos iban al Walhalla. Allí tomaba asiento Odín en el trono que tenía dispuesto, y a su lado se colocaban los lobos Geri y Fenris (o Freki). Los einherios se sentaban también y comían la carne del jabalí Saehrimnir, que se mataba y consumía diariamente. Para beber tomaban el embriagador met, que manaba de las inagotables ubres de la cabra Heidrun. Sólo Odín bebía vino, que le servía para saciar su hambre y su sed. Con la carne del jabalí que se le ponía delante cebaba a sus lobos.
Durante la comida, las hermosas walkirias servían a los héroes, escanciaban el met a los einherios y alargaban a Odín el cuerno repleto de vino.
De vez en cuando, el ejército de los espíritus recorría los aires y su ruido era parecido al de una caza salvaje. Por eso en el norte, cuando sopla de noche el huracán, dice la gente del campo que en el cielo están los dioses cazando.

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Además de los dioses estaban los gigantes, que eran los arquitectos de las construcciones colosales de los palacios en donde habitaban los dioses; los enanos, hábiles forjadores de armas divinas, cuyo jefe era Wieland; las walkirias, mensajeras celestes que, en los campos de batalla, se ocupaban de recoger a los muertos y llevarlos al Walhalla.
De categoría inferior a estos seres había un sinfín de espíritus y genios, elfos y trolls, que jugueteaban con los mortales, a veces los ayudaban, otras se burlaban de ellos e incluso alguna vez les perjudicaban.
Odín siempre iba armado con un casco de oro y una brillante coraza. En su mano derecha empuñaba la lanza llamada Guguir, forjada por los enanos y a la que nadie ni nada podía detener.
Sleipnir era el más ágil y el mejor de todos los caballos. Tenía ocho patas y no existía obstáculo que no pudiera franquear. Odín cabalgaba sobre él para salir a sus cacerías salvajes.
El Walhalla era inmenso. Tenía 540 puertas, cada una de las cuales podía permitir la entrada de 800 combatientes en línea de frente. Y en este grandioso y magnífico palacio, los héroes pasaban el tiempo en medio de juegos guerreros y de festines, presididos siempre por Odín.
Para saber todo cuanto ocurría en sus dominios, Odín tenía sobre sus hombros dos cuervos llamados Munín y Hujín, es decir, "la memoria" y "el pensamiento", que le contaban al oído todo lo que habían visto y escuchado, pues cada mañana el dios los enviaba lejos, para que recorrieran los diferentes países e interrogaran a los vivos y a los muertos.
En cierta ocasión, Odín se hirió a sí mismo con su lanza y se colgó del árbol del mundo. Odín llevó a cabo un rito mágico que le debía rejuvenecer. Durante los nueve días y nueve noches que duró el voluntario sacrificio de permanecer suspendido de un árbol, agitado por el viento, el dios esperó que alguien le llevara un poco de comida o un poco de bebida, pero nadie llegó. Observó la existencia de tierras cerca de sus pies y las atrajo hacia sí, se encaramó sobre ellas y se vio librado del sacrificio. Mimir le hizo beber un poco de hidromiel y Odín, después de su resurrección, comenzó a mostrarse sabio en palabras y fecundo en obras útiles.
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Después de crear a Aské, el primer hombre, y a Embla, la primera mujer, Odín compartió el reino celestial junto a su esposa Friga, la Tierra, y con su hijo Thor, que desataba el trueno. Junto a ellos actuaban los ases, gobernadores del mundo, que estaban alojados en suntuosas moradas.
Para comunicar el Cielo con la Tierra, Odín mandó construir un puente multicolor, que fue el Arco Iris. Para que no pudieran entrar en él los malvados gigantes colocó un centinela, Heimdal, el dios del diente de oro, símbolo del día, que "tenía un oído tan sumamente fino que oía crecer la hierba en el cielo y la lana en el lomo de las ovejas, aparte de que su vista era tan extraordinaria que veía todo lo que sucedía a mil leguas a la redonda".
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