
Hace poco tiempo soñé que estaba en coma. Me había dado un golpe en la cabeza y llevaba postrada en la cama de ese hospital varios días.
Al fondo oía voces. Todos los días venían a verme, recibía muchas visitas a diario. Mi familia me cogía de la mano y me hablaba, me contaban cosas cotidianas de sus vidas. También mis amigos venían y me intentaban contar lo maravilloso que era vivir. Pero mi cabeza no quería despertar. Me gustaba oír aquellas historias diarias, que se me grababan en la mente, para no olvidarlas jamás.
Una tarde vino alguien, me cogió de la mano y se puso a hablar. Reconocí su voz, tildada de un acento demasiado dulce. Me dijo que debía despertar, que la vida era demasiado hermosa para pasarla en las sombras. Después me susurró que volvería al día siguiente, me soltó de la mano y se fue.
Varias horas más tarde desperté, vi la luz, reconocí a mi familia. Al principio no podía hablar. Cuando al fin mis primeras palabras llegaron a borbotones a los oídos de mis padres les pregunté por la persona que había venido. Me contestaron que no había ido nadie unas horas antes, que habían estado allí y que no habían visto a nadie.
Esa persona jamás volvió. Poco a poco me fui recuperando. El día que dejé el hospital miré para atrás y me di cuenta que los ángeles también existen, aunque no los veamos y aunque aparezcan cuando menos lo esperemos.
Quizás es que ese ángel tiene nombre propio. Sí, los ángeles también existen.
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