lunes, agosto 31, 2009

Ein Engel*

Hay muchas clases de ángeles.
Unos están presentes en tus sueños, tan etéreos como esporádicos: desaparecen cuando abres los ojos cada mañana.
Otros hablan y miran como los ángeles, y ni siquiera ellos mismos son conscientes de esto. De repente, un día los dejas de ver, pero un tiempo después te sorprende saber que han dejado su legado: una profunda huella que nunca desaparecerá.
Algunos ángeles se hacen querer inconscientemente, sea de la forma que sea. Es duro resistirse a su tacto, a su mirada o a su sonrisa. Brillan con una luz especial que te atrae, te magnetiza tanto que es ridículo luchar contra ella.
Hay quienes con un minuto de su tiempo te regalan el cielo, aunque ellos lo ignoren... Tienen una fuerza mágica, un poder sublime, capaz de contagiar hasta a los más fuertes. Poseen un halo especial, único.

Y estos ángeles no tienen alas, son de carne y hueso, sientes su presencia, son palpables...
Pero ¡ay de aquél que tenga todos esos atributos (y los que me haya dejado)...! No sé si, por fortuna o por desgracia, yo conozco a uno así.

(*) Engel: En alemán, 'ángel'.

A vueltas con la lluvia

El paraguas en el coche está bien, pero ¿quién se iba a imaginar que iba a llover tanto con el calor que ha hecho hoy?
No quiero mojarme, pero me sentía magnetizada para asomarme y ver llover y sentir ese olor a frescura.
Ahora ha dejado de llover, pero también está más oscuro. Igual es que no va a tardar mucho en anochecer. La lluvia en 31 de agosto deja un regusto amargo, con sabor a despedida. Muchos acaban, otros estamos deseando que llegue septiembre, y no es por los días que me voy fuera, sino por la vuelta a la normalidad, la tranquilidad de los que estamos aquí en el día a día. En invierno me da pánico irme a casa de noche, me da miedo caminar por las calles solitarias de Santo Domingo. Tengo que disfrutar de esto (de hecho lo disfruto bastante) porque quizás algún día decida irme a Logroño.
Espero no tener la mala fortuna de salir a la calle y que empìece a llover de nuevo.

¿TDT?

La semana pasada me enteré de que el apagón analógico en la Rioja Alta es el 3 de abril de 2010. Y la mayoría de las personas que tengo alrededor ya tienen colocado el adaptador. Si en mi casa aún no se ha puesto es porque mi padre dice que va a enviar a su electricista (que de antenista tiene poco).
Al final he optado por enviar yo a quien mejor me parezca, asegurándoles algo como: "Dejadlo en mis manos, que yo me encargo". Y así ha quedado la cosa. Cuando me parezca llamaré a alguien y quedaré con él en un momento en que yo esté en casa. Tampoco me preocupa, sobre todo porque:
-no veo casi nada la televisión
-voy a tener interferencias hasta abril porque están probando los nuevos repetidores
-tengo parabólica que llena los vacíos de la 'telebasura' y es independiente de la televisión terrestre
-aún quedan muchos meses.
Mis abuelos ya lo tienen puesto. El último día que fui a visitarles me comentó mi abuelo que veía mal la televisión y le expliqué lo de la TDT. No tardó mucho en colocarlo.

Después de la lluvia

Adoro el olor que queda después de la lluvia. Te precede antes de que llegues a salir al balcón y, de una forma u otra, te advierte de que está lloviendo (o de que ha llovido). El aroma de la tierra mojada te impregna las fosas nasales de tal manera que resulta costoso volver a la realidad.
Si bien es cierto que la lluvia me produce infinita tristeza (en esos momentos entro automáticamente en un estado creativo de total actividad), también es verdad que después de la lluvia me encanta salir a la calle, sobre todo si tengo parques, jardines o campo cerca.
Esta tarde han caído cuatro gotas, pero ha sido suficiente para cerrar los ojos y permitir que emanara ese aroma a frescura a través de todos los poros de mi piel.

También me gustan los olores a fósforo (cerillas) y a gasolina, pero no me extasian tanto como el aroma de después de la lluvia.

De lunes

Estamos de lunes y, como siempre, nos llega una avalancha de avisos, llamadas, visitas y otras historias que soy incapaz de enumerar. Empiezas a anotar todo y, finalmente, llega un momento en que tienes que pasar a la práctica tan rápido que no te da tiempo a apuntarlo.
He estado a punto de no tomarme el café, debido a que una visita ha venido a la hora crítica en que yo empezaba a pensar en el irresistible aroma del café recién hecho.
Al final, la avalancha de gente ha ido disminuyendo y, por fin, puedo sacar unos minutos antes de irme a casa para esbozar algo... de lunes.
Lo mejor de todo es que se me ha pasado la mañana tan rápido que no me ha dado ni tiempo a pensar en nada más.

domingo, agosto 30, 2009

Voulez-vous...?

En esta última semana he escrito menos que en los días anteriores. Creo conocer uno de los motivos. A veces, el hecho de que alguien lea o no lea lo que estás escribiendo influye bastante. Creo que antes entraba alguien que, de repente, ha dejado de entrar. La verdad es que no necesito ese aliciente para escribir, pero en cierta medida ayudaba; aunque no estaba del todo segura de que fuera él me gustaba creer que así era. De todas formas, yo seguiré escribiendo, unos días con más ganas, otros días incluso tendré que obligarme a hacerlo.
Lo que sí es cierto es que, en un estado de parón creativo, esa misma persona me dio un empujón para reanudar aquello que tenía estancado. Y no hablo del blog, donde escribo pequeñeces, sino de manuscritos empezados, historias a medias que nunca me decidía a retomar, esculpir personajes a los que dotas de una vida propia. Supongo que todos somos capaces de crear. Lo complicado no es crear, sino intentar alcanzar la perfección.

Un domingo como otro cualquiera

Lo que distingue al domingo del resto de días de la semana es ese ligero dolor de cabeza, fruto de la resaca, con que te levantas de la cama. Me he vuelto a perder el motociclismo, por lo que no sé cómo ha quedado Valentino Rossi, menos mal que siempre me quedará la página web de Moto GP.
Hacía varios fines de semana que no salíamos por Santo Domingo. En el Madison había boda y todos pensamos en que el siguiente fin de semana estaremos nosotros allí mismo, a esa misma hora, de esa misma guisa. La última la fuimos a echar a Leiva.
Por una parte, me alegro de que ya termine agosto y de que todo vuelva a la normalidad. Por otro lado, estamos en la antesala del invierno y, con mucho, yo prefiero el sol y el calor, aunque todavía queden algunos días para disfrutar de la piscina.
Quizás con la vuelta a la normalidad también vuelva a ver a ... Sólo quizás.
Llevo un día espantoso. Debería haber tirado la tarde viendo películas de terror o thriller psicológicos. Sin embargo, he dado tralla al portátil con más de cien CD de los últimos años que contienen documentos, fotos y otros archivos que necesito tener aquí y a mano. Lo que no podría soportar es no tener acceso rápido a ese tipo de información cualquier día que la necesite y tener que ir buscando CD tras CD. No tengo paciencia. Es como si volviera a tener en mis manos mi viejo Sony Vaio, porque casi todo es igual, incluso el fondo de escritorio (que viene a coincidir con la cabecera del blog).

sábado, agosto 29, 2009

Incendio en Ezcaray

El jueves por la tarde estaba tomando una cañita con mi padre en la terraza de una cervecería céntrica. Fue entonces cuando empezaron a sonar las sirenas. Primero pasaron los de Protección Civil, después un Patrol de los Bomberos, y no llegué a ver los camiones que seguro pasaron a continuación. Iban en dirección a Ezcaray.
La alarma se mantiene intacta cuando ves las noticias esa misma noche y hablan del incendio en las proximidades de Ezcaray, con cinco focos de los que sólo tienen controlados la mitad.
Ayer por la mañana desayunaba a las ocho en la cafetería cuando volvieron a pasar en la misma dirección un camión de Protección Civil y dos de bomberos. Pero en ese momento ya tenían controlados cuatro de los cinco focos.
Hoy el incendio parece que ha sido sofocado ya.
Personalmente me da muchísima pena el tema de los incendios y, cuando te toca tan de cerca, sientes la impotencia de no poder hacer nada para remediarlo. Los pinos de más de ochenta años se han convertido en cenizas y la reforestación de la zona puede tardar años en llegar. Es sentimiento de pena.

Sueño acumulado

Ayer me quedé dormida sobre la cama. No recuerdo haber apagado el portátil, aunque sí haberlo apartado. He dormido con ropa y con la lámpara encendida, hasta que, en la madrugada, se ha levantado mi madre y me ha dicho que apagara la luz.
Esta mañana me ha costado levantarme como hace siglos no ocurría. A las siete me ha sonado la alarma del móvil, la he apagado y me he dado media vuelta en la cama. A las ocho ha sonado durante media hora la alarma del móvil de mi hermano, que no se dignaba a apagar y he tenido que levantarme para decirle que lo apagara.
A las diez ya no podía permanecer en la cama. Aparcar el coche un sábado de agosto es difícil; la próxima semana no habrá ni la mitad de gente que hay hoy. Por supuesto, me arriesgo a que me multen por subirlo a la acera.
Tengo que terminar una tarea pendiente que no he tenido tiempo de finiquitarla durante la semana y esta tarde quiero estar libre. Creo que quedaremos a intercambiar fotos.
También he aprovechado para comprarme una nueva cámara digital, más ligera y menos voluminosa, parecida a la otra, que he tenido que dejar por imposible al dejar de funcionar el flash.
Y sigo sintiéndome como si me hubiera pasado una apisonadora por encima. Esta noche creo que nos iremos a Leiva de fiesta.
Para un sábado que puedo descansar... Porque el siguiente tengo boda otra vez (¡menos mal que es la última!).

viernes, agosto 28, 2009

Vuelve el frío

Hoy he pasado frío y es muy posible que, aparte, me haya resfriado, ya que, momentáneamente, me ha dado por toser. También se ve que los días acortan y que ahora anochece antes. Siempre me apena ver cómo se asoma el invierno, acercándose lentamente.
Hoy ha sido un día arduo, al menos hasta que ha llegado Javier. Es un joven al que investigué dos horas después de que apareciera la primera vez y me enteré de bastantes cosillas. A mí venía a ofrecerme algo y me sorprendió su tribal tatuado en el reverso del brazo, pendientes dorados en las dos orejas y otro tipo de aretes en cejas y otras partes de su piel. En definitiva, que está bueno. Sólo que siendo comercial como es, aunque a mí me guste su estilo, considero que no es el más idóneo para su trabajo. Conectamos bastante bien desde el principio, supongo que por el hecho de que los dos somos buenos conversadores. Después de su visita he hablado con él varias veces por teléfono. Era como hablar con un amigo de toda la vida y eso que apenas le conozco.

Cuando me acuerdo de él le busco entre las estrellas

Hoy he visto a un hombre con el cuello abierto. Estaba recién operado, con apósitos que le cubrían toda la garganta. Yo sé que no le han cortado las cuerdas vocales porque le he escuchado hablar. Yo sé que tiene una cánula que le baja por la laringe y que tiene que colocarse todas las mañanas. Yo sé que no puede comer cosas duras como galletas o la corteza del pan. Yo sé de qué va todo eso.
Ese hombre me ha recordado a mi tío.
Mi tío tenía esa enfermedad. Le limpiaron toda la garganta. Tuvo que aprender a hablar, a comer; tuvo que aprender a decir "no" a muchas cosas. Y después de conseguirlo no tuvimos mucho tiempo para disfrutar de aquel tipo de felicidad que él valoraba tanto. Porque mi tío, pese a estar enfermo, tenía tantas ilusiones y esperanzas que sería incapaz de enumerarlas todas ellas. Jamás las perdió, sólo la última semana fue consciente de que se nos iba, de que no le habíamos contado todo. Tenía tantas ganas de vivir...
Le echo mucho de menos. El 12 de septiembre se cumplirán dos años. Y, pese a todo, aún cuesta. Hay momentos en que le recuerdas intensamente y te da la sensación de que aún puede aparecer por la puerta de un momento a otro. Sabes que no es así, sólo que a veces intentas negar la evidencia, porque él simplemente ya no está. Y es algo que, por las buenas o por las malas, tienes que aceptar. Asimilarlo... es otra historia.

"Todos estamos invitados"

Hacía mucho tiempo que no me sentaba con mis padres después de cenar a ver una película. Me ha enganchado desde el principio, sobre todo porque sale Óscar Jaenada, pero también porque el tema nos toca muy de cerca: lo que es vivir con miedo en el País Vasco, el nacionalismo vasco, el terror de los que son amenazados, vivir sin libertad, sometidos a una censura implícita, en un lugar donde no existe la democracia como tal. Es un asunto que nos toca tan de cerca que te sensibilizas de manera atroz. No está basada en hechos reales, pero radiografía con bastante fidelidad la realidad del País Vasco.

La película tiene dos líneas que se cruzan en un momento dado. Por un lado, está Josu Jon (Óscar Jaenada), un joven etarra que ha perdido la memoria al intentar saltarse un control de la Guardia Civil. Se encuentra en un hospital penitenciario, a la espera de juicio. No sabe quién es, o quién era antes del accidente. Sus compañeros tratan de recordárselo una y otra vez, se preocupan de que no olvide de dónde viene ni a qué grupo pertenece.
Por otra parte, está Xabier (José Coronado), un profesor de la Universidad del País Vasco, amenazado por ETA, que vive con terror en su tierra, vigilado por un miedo que no le deja vivir. En cierto momento en que descubre su falta de libertad dice que "no se puede vivir encerrado; esto no es vivir". Su sentencia de muerte está echada. Pues en el momento en que decide salir a la calle sin escoltas está claro lo que va a ocurrir. Su novia, Francesca (Vanessa Incontrada), es italiana y terapeuta. Cuando Josu Jon va a sus terapias, influenciado por sus compañeros etarras, él vigilará a Xabier, pasando toda la información que tiene de él.
Cuando Xabier es asesinado, ella también recibe una amenaza para que se vaya a su país. Será Josu Jon el que consiga salvarla, firmando su propia muerte por sus compañeros, pues él sabe que van a ir a buscarle: "O estás con ellos o estás contra ellos".

La película muestra hermosos escenarios de San Sebastián.

jueves, agosto 27, 2009

El jardín de la mente

Iban a ser cinco minutos y ha sido una hora fuera. Cuando estás sola en la oficina estás más pensando en las llamadas de teléfono que no cogerás que en lo que estás haciendo en ese momento. Después de un rato, los chicos ya bromeaban conmigo. Debo tener un rostro amistoso que invita al buen rollo; siempre me pasa.

Últimamente tengo ciertas cosas en la cabeza que no me dan tranquilidad. No es un tema del que me apetezca hablar ahora. Ayer me enfadé de manera descomunal, como hacía siglos que no me pasaba. He comprobado que tengo gente alrededor que intenta ponerme la zancadilla si bajo la guardia. Sólo que he aprendido a verlas venir antes de que lleguen y a sortear ciertos obstáculos que, en parte, me intranquilizan. He aprendido a valorar lo bueno y lo malo de cada persona. Antes sólo me quedaba con lo malo, cuando me hacían una no quería saber más. Ahora soy capaz de perdonar, pero no sin antes sacar los dientes. Al final, todas las aguas vuelven a su cauce.

Hay otro tema que tampoco me deja dormir. Pero si hablara de ello sé que me sentiría infinitamente triste. Esperas saber algo, esperas obtener una señal, esperas recibir una respuesta... pero los días van pasando y no llega nada. Te sientes descolocada porque sabes que el interés va difuminándose, que ya no es lo que era y que sólo te lo encontrarás por casualidad. Y lo que desconoces realmente es qué pasará entonces; qué le vas a decir, cómo le vas a mirar...

En definitiva, que no hay nada como tener la cabeza tranquila.

"La mente es como un jardín. Si cuidas de tu mente, si la nutres y la cultivas como si fuera un fértil jardín, florecerá más allá de tus expectativas. Pero si dejas que la maleza arraigue, nunca podrás alcanzar la paz de espíritu y la armonía interna... Si yo fuera al patio donde tienes ese jardín y echara residuos tóxicos sobre tus queridas petunias, no te haría ninguna ilusión, ¿verdad?
Los buenos jardineros guardan sus posesiones como soldados orgullosos y procuran que nada pueda contaminar sus plantaciones. Pero fíjate en los residuos tóxicos que la mayoría de la gente mete en el fértil jardín de su mente, y eso un día tras otro: preocupaciones, ansiedades, la nostalgia del pasado, los cálculos sobre el futuro y los miedos que ellos mismos alimentan y que pueden destrozar el mundo interior de cualquier persona. En la lengua nativa de los Sabios de Sivana, que existe desde hace cuatro mil años, el símbolo que representa por escrito la preocupación es muy similar al que simboliza la pira funeraria. No es una simple coincidencia. La preocupación priva a la mente de gran parte de su poder y, antes o después, acaba dañando el alma". (Sacado de un libro que muy pronto destriparé por aquí).

Ensayo sobre los olores

Un olor te puede traer, inconscientemente, recuerdos tan intensos como lejanos. La cuestión es que, cuando reparas en ese hecho, sueles dedicar un pensamiento breve y luego se te olvida.
Puede aparecer un aroma que precede a alguien que aparece de repente y sólo tienes que cerrar los ojos para encontrarte anacrónicamente en otro sitio. Son sensaciones profundas. La mente viaja a aquel momento concreto de manera inconsciente. A veces ni siquiera recuerdas el instante, pero sí si aquella sensación era buena o mala.
Un aroma de hace siglos puede llegar con otra persona y poner alerta a tus sentidos... Y lo olvidas de manera esporádica... hasta la próxima vez. El rastro que ha quedado se ha ido disipando a la vez que las sensaciones y los recuerdos.

miércoles, agosto 26, 2009

Extrañas coincidencias

En el día a día siempre ocurre algo que termina resaltando. Puedes estar en el fin del mundo, intentar olvidar aquello en lo que pensabas las últimas semanas; puedes rellenar tu cabeza con otro tipo de actividades que te alejen de recuerdos que no quieres recordar, mantenerte firme en una decisión que quizás tomaste ayer; puedes contar mil ovejas cada noche o puede que hayas dejado de soñar; incluso has podido perder las ilusiones que tenías no hace tanto tiempo... pero lo que jamás podrás olvidar son aquellos ojos negros, su forma de mirar y sentirte perdida en cuestión de segundos.

Lo que son las cosas... Intentas no pensar en una persona y entonces ocurre algo...

Frente a mí, rodeada por varias personas, han aparecido unos ojos negros, los mismos ojos negros sin ser los mismos; similares rasgos, pelo negro recortado, más joven quizás. Cuando le he observado fijamente ha bajado los ojos y he reparado en la caja que llevaba bajo el brazo. Entonces he sabido quién era sin saberlo. Ha subido a una vivienda; un vecino ha dicho su apellido, luego algo relacionado con su trabajo y, cuando se iba, le han llamado por su nombre. Los mismos ojos, la misma timidez, la misma forma de caminar... No podía ser otro que su hermano, segura después de que me lo corroboraran sin yo preguntar nada. Yo lo sabía desde el mismo momento en que ha aparecido por la puerta y ha mirado igual que él.

Lo que son las cosas...

Ganas de cine en casa

Me encuentro extrañamente tranquila. He echado una ojeada a ver qué películas nuevas hay y me he encontrado al gran Johnny Depp en "Enemigos públicos". Pero tengo tanto sueño que me voy a dormir y ya la terminaré de ver en otro momento. Está bien, sólo que se me cierran los ojos de cansancio.
También me he encontrado con "Up", la última de Pixar. La dejo pendiente para otro momento. Últimamente tengo tan poco tiempo que ni siquiera soy capaz de ver una película entera antes de irme a dormir. Me pregunto si "Up" igualará la calidad de "Wall-E".
Mañana más.

Esta tarde creo que he hecho algo de lo que podría arrepentirme. Soy persona que piensa en que jamás hay que arrepentirse de nada sino aprender con ello, pero aun así...

martes, agosto 25, 2009

Adicción

Mis amigas me dicen que me estoy convirtiendo en una adicta al trabajo. Quizás tengan razón en parte, sobre todo porque pudiendo salir a las siete suelo regresar a casa a la hora de cenar la mayor parte de los días, por lo que me ven poco. Pero cuando vengo algún sábado por la tarde y me llaman varias veces para tomar algo e ignoro el móvil es cuando empiezan a pensar verdaderamente en mi salud.
Si bien es cierto que yo meto muchas horas porque si puedo hacer algo hoy no lo dejaré para mañana, he descubierto que hay una persona que mete muchas más horas que yo, pues cuando me he ido al mediodía aún seguía y cuando he venido a las cuatro ya estaba su coche (aparcado en otro sitio). No me suelo fijar, sólo que como he llegado más tarde de las cuatro he observado todos los vehículos pues estaba todo ocupado. Me lo apuntaré para el resto de días, porque si vengo un rato antes siempre tengo sitio.

Hay adicciones mejores (y también peores).

Miedo a la tormenta

Cuando he salido de casa la tormenta estaba en su punto más álgido. Daba miedo, la verdad. Es cierto que a mí me dan pánico las tormentas, cuando relampaguea cierro los ojos y aprieto los dientes deseando que pasen pronto. Pero esta mañana tenía los rayos delante de la carretera, no se veía nada e iba muy despacito. Y sólo pensaba en que iba a ser fulminada por uno de esos rayos que surgían delante de mí.
Miedo es una palabra que se queda corta para describir las sensaciones de esta mañana.

Si hubiera salido cinco minutos más tarde no lo habría pasado tan mal. Pues cuando estaba aparcando la tormenta llegaba a su fin.

Ahora queda el olor a tierra mojada, a frescura infinita. Lo mejor de las tormentas son los afrodisíacos aromas de después.

La tormenta de esta mañana me ha traído a la memoria otra de hace muchos años. Con 18 años y recién sacado el carné de conducir, nos vinimos una amiga y yo a Santo Domingo a tomar un café. Fue entonces cuando empezó a caer una tremenda y empezó a oscurecer. Estuvimos esperando a que escampase, pero no tuvimos suerte. Y yo, por mucho que me pesara, tuve que coger el coche y volver a casa a paso de tortuga. Y con un miedo atroz, por supuesto.
A mí sólo me gusta ver las tormentas de lejos y, si me pillan de cerca, prefiero estar resguardada en casa.

Dormir

Parece mentira cómo puedes caer en cinco minutos con tan sólo cerrar los ojos. Podría haberme quedado aquí tranquilamente hasta que amanezca mañana. De pequeña solía quedarme muchas veces tumbada en la cama, a no ser que viniera alguien o tuviera frío.
Sólo hay que cerrar los ojos para volar lejos, para meter en la mochila pensamientos que te hacen sonreír y dejarte llevar...

Sí, es hora de ir a la cama.

lunes, agosto 24, 2009

Un papel en blanco

Tengo la cabeza como un papel en blanco. Es difícil sacarse todo, aunque sé que es temporal. Siento como si en el último mes hubiera vivido dentro de una ilusión, de una burbuja que de repente ha explotado y todo, bueno o malo, ha empezado a fluir sin yo poder hacer nada. Esto tiene cosas positivas y cosas negativas. Ni siquiera me permito sentarme un minuto en el jardín para pensar. A veces sigue siendo inevitable, sólo que se puede controlar.

Supongo que... tiene que ser así.

Vacío

Tengo un agujero muy grande en el estómago y no es precisamente de hambre. Me pregunto qué es lo que ha provocado el vacío. La sensación es bastante inquietante.
Es como si estuviera esperando un tren que nunca va a llegar.
Es como si estuviera regando una flor que nunca va a ver la luz.
Es como si estuviera alimentando a un pez que lleva días flotanto en la misma dirección.
Es como ponerse delante de una hoja en blanco y que, a la vuelta de un rato, la hoja siguiera igual.

Agosto se va...

Parece mentira lo rápido que pasa el tiempo. Voy a tener que ponerme las pilas un poco si quiero aprovechar los últimos días de sol, porque en cuanto empiece septiembre comenzará a hacer frío. Es que no queda nada para que termine el verano. En un mes estaré en Bélgica y aún sigo sin alojamiento. Me tendré que poner seria.
Y encima ayer pensaba que me dolía la tripa por el alcohol y los desfases de las fiestas o quizás porque las pocas patatas que comí no me habían sentado bien, pero no, se me había olvidado a qué huelen las nubes.
Aunque adoro el calor, se agradece que un lunes por la mañana haya salido nublado, que se trabaja mejor.

Una pausa para soñar

Tengo muchas preguntas que hacer, carezco de las respuestas a las mismas, porque yo no puedo contestarlas. Escribo sobre todo aquello que sería incapaz de decir en voz alta y, pese a todo, hay ciertos temas de los que no voy a hablar más o al menos en un tiempo, porque si no piensas en ciertas cosas se terminan difuminando, incluso olvidando. Todo puede incrementarse o disminuir, en estos momentos es algo que está en mis manos. En estos días he aprendido (en realidad, hace muchos años que lo aprendí) que la única manera de conseguir que algo no aumente en intensidad es que no se le alimente de ningún modo. No soporto la indiferencia y, para mí, es más sencillo relegar todo al cajón de los recuerdos y olvidarme temporalmente de todo.

El enigmático

Hay un personaje al que me encuentro en todas las fiestas de los pueblos. Cada vez que me ve se queda mirando; no sé por qué, pues no le conozco ni creo que él a mí. En realidad me suena su cara del autobús que nos llevaba al colegio cuando éramos pequeños, lo que me da una ligera idea de dónde puede ser.
Me da miedo que me miren de ese modo. Quizás sólo me mira porque mi cara también le suena del autobús de cuando éramos pequeños.

domingo, agosto 23, 2009

Nos sobran los motivos

En estos momentos estoy aguantando la respiración. Creo que todo es fruto de una especie de tristeza quizás porque se acaban las fiestas, quizás porque el alcohol es un depresivo, quizás por otros asuntos que no me apetece nombrar ahora.
Aguanto la respiración porque esa milésima de segundo entre inspirar y expirar es suficiente para pensar si debes o no debes decir algo. Siento que una incipiente desidia empieza a apoderarse de mis sentidos. Me viene a la mente aquello que decía Sabina en aquella canción:

"Este adiós no maquilla un hasta luego,
este nunca no esconde un ojalá,
estas cenizas no juegan con fuego,
este ciego no mira para atrás,
este notario firma lo que escribo
esta letra no la protestaré.
Ahórrate el acuse de recibo,
estas vísperas son las de después.
A este ruido tan huérfano de padre
no voy a permitirle que taladre
un corazón podrido de latir.
Este pez ya no muere por tu boca,
este loco se va con otra loca,
estos ojos no lloran más por ti
".

Patatitas

Con el día de las patatas terminan las fiestas de mi pueblo. Había muchísima gente hoy, además el tiempo acompañaba. Sólo he probado las patatas con chorizo y ya me ha bastado. Recién levantada tenía de todo menos hambre y, con el picnic montado, nos hemos quedado medio dormidos en la hierba.
Se me ha pasado todo tan rápido...

sábado, agosto 22, 2009

Una boda menos

El día se hace largo cuando has dormido pocas horas y luego tienes una boda a la que tienes obligatoriamente que ir. De hecho, los más allegados deben seguir aún la fiesta en un bar de la Plaza del Mercado. Es decir, mis padres y uno de mis hermanos siguen en Logroño, mientras mi hermano pequeño y yo nos hemos marchado cuando hemos considerado oportuno hacerlo, es decir, cuando se ha acabado el baile.
Anoche llegué a las cinco y, curiosamente, esta mañana me he despertado sin resaca y en un buen estado físico. A medida que iba avanzando el día empezaba a sentir cansancio acumulado en el cuerpo. Y calor, hacía mucho calor, tanto en la Redonda (no entiendo cómo no ponen aire acondicionado en todas las catedrales), como en el comedor (donde daba directamente el sol), como en la sala de baile después.
La anterior vez que estuve en el Imperial Montesol fue en 2001 y de noche, así que hoy he podido observar los magníficos terrenos del restaurante.
Al llegar a casa sólo deseaba quitarme los zapatos (esta vez me han durado puestos casi todo el día) y tumbarme. Así que a las nueve de la noche me he echado una siesta hasta la hora de cenar. Acabo de recordar que hoy me habían invitado a cenar en la ermita; un grupo de gente de mi pueblo con los que me llevo bien. Ya sabían que hoy mi día era largo, así que me disculparán.
Hasta aquí llegan, distorsionadas, las canciones de la orquesta. Estoy descansada, aunque necesito un café. Y sólo puedo tomármelo en el bar (por eso de que fuera los cafés saben mejor que en casa). Es hora de marchar, preparada para más fiesta. Que la noche es joven.
Me queda una sola boda más. Y ayer me dijeron que tenía que leer en misa -sin comentarios-.

En la comida uno de Albelda me ha invitado a una cena popular en su pueblo para el próximo fin de semana. Me ha dicho además que se sentiría ofendido, él y cuatro más que estaban también en mi mesa, si al final decidía no ir y que si tenía él que venir a buscarme lo haría. Siempre haciendo amigos. Seguro que me entrará una amnesia temporal y lo olvidaré.

viernes, agosto 21, 2009

Cosas que se hacen sin pensar

El lunes, cuando al mediodía llegaba a casa, había delante de mi garaje un coche que me obstaculizaba el acceso al interior. Y, como en cualquier pueblo que se precie, no existen vados. Sabiendo que el coche es propiedad de unos que están de alquiler enfrente llamé al timbre, sin éxito pues nadie respondió a mi llamada.
Siempre meto el coche en el garaje porque al mediodía, si lo dejo en la calle, llega un momento en que le da directamente el sol. Y, aunque cuando llegué aún daba la sombra, sabía que no podía dejarlo fuera. Subí a casa, escribí en un papel -educadamente, eso sí- que hicieran el favor de no poner el coche delante de los garajes, porque no había podido meter el coche, que lo dejaran más adelante o más atrás, y lo coloqué en el parabrisas. Yo tuve que meter el coche en un garaje que no correspondía. No han vuelto a aparcar delante de mi casa.
Hoy se me ha ocurrido dejar una nota en otro parabrisas, me he reído con sólo pensarlo, pero me he echado para atrás. Era una invitación a comer el domingo en mi pueblo. Pero no me he atrevido a llevarlo adelante. El motivo no lo sé. Igual que la he escrito sin pararme a pensar en ello, la he roto sin más.

Recapacitar

Es bueno recapacitar de vez en cuando. Es necesario que yo lo haga en estos momentos, antes de marchar. Porque me hago muchas preguntas, como ¿por qué he visto 'algo' que ha llevado al volcán a entrar en erupción? De repente, he sentido ¿mariposas en el estómago? ¿una mano aprisionando el pecho? ¿que me ruborizaba? ¿O sólo ha sido la necesidad de verle? ¿Ser consciente de que podía habérmelo encontrado después de tanto tiempo?
Creo que me estaba pillando, pero ya dice el refrán que "ojos que no ven corazón que no siente". Debe ser, porque me acuerdo de él a menudo, sólo que no es eso que vibraba hace un mes en mi interior, es como si todo se hubiera estancado de repente. Pero todo está ahí, oculto. No puedo evitar que me guste, eso es así, de eso soy consciente, como también que siento como si estuviera en un punto muerto.
Y, pese a no saber nada de él, todavía salto cuando descubro algo que me lo recuerda.
Considero necesario hacer este tipo de reflexiones.

Cena en... ¿Rodezno?

En uno de los bares anoche me comentaban que si hacíamos cena esta noche, pero no en la ermita -porque siempre es el mismo menú-, sino en Rodezno, lo que equivale a salir de mi pueblo en pleno apogeo de la fiesta.
Manifesté mi opinión en contra, recuerdo:
-¿A Rodezno? ¿Siendo fiestas aquí?
-Es que en la ermita es el mismo menú de siempre.
-Pues prefiero el mismo menú de todos los años que marchar a cenar a Rodezno.
En fin, me terminaron convenciendo o, mejor, me dejé convencer. Simplemente porque estar casi cuarenta personas, que sólo coincidimos en fiestas de Gracias, cenando todos juntos -como en los viejos tiempos- merece la pena. Al final no importa el lugar, ni que el Día Grande haya sido hoy (de hecho, yo ni lo he saboreado), no importa si te tienes que ir al fin del mundo... lo que verdaderamente importa en noches como la de hoy es esa grata compañía.
Hemos quedado a las diez menos cuarto en la plaza, con el peto de fiestas, preparados para marchar. Eso quiere decir que a las 20.30h. deberé haber apagado todos los ordenadores, haber recogido todos los possits y papeles, haber reordenado todo, etc. Y, como soy algo maniática del orden, seguro que tardaré un rato en dejarlo todo en perfecto estado.

Al otro lado de la calle

Intentas no pensar en cierta persona y, cuando a media tarde te da por echar un vistazo a la calle, te encuentras con algo inesperado. Veo algo que me lo trae a la mente sin querer y me pregunto por qué el azar no me ha hecho asomarme un rato antes, justo cuando acababa de llegar.
Mañana podría aparcar delante del portal, que tampoco nos encontraríamos.
Es curioso porque ardes de deseo por ver a una persona y es entonces cuando jamás le ves, pero sí ves otras cosas que te lo recuerdan.
Controlar el deseo es difícil, pero viable.

Supongo que si nuestros pasos nos llevan a encontrarnos algún día por la calle ocurrirá, sin más, sin forzar un encuentro fortuito.

Para olvidar

Posiblemente éste sea uno de los días que más me cuesta hacer una simple llamada o acudir a algún sitio o hablar con un vecino cabreado. El caso es que no pierdo la compostura, pero la procesión va por dentro. Es uno de esos días para olvidar y encima tengo que arreglármelas sola. Hoy me siento como si tuviera que llevar el timón de un barco demasiado grande. Sé que puedo llevarlo... pero hoy no tengo fuerzas. Nunca me había sentido tan desmoralizada.
Me cabrea además llegar y encontrarme el portátil lleno de possits.

(Pausa)

Un detalle en la calle puede cambiar el sentido del día en 180º. He salido cinco minutos, he visto algo y todo el pesimismo de hace una hora ha desaparecido.

Dolor de cabeza

Lo primero que he hecho, nada más llegar, ha sido tomar un Paracetamol. Tenía un dolor de cabeza terrible, una incipiente y débil resaca que ya no ha hecho acto de presencia. No me gusta medicarme en ningún aspecto; para ir al médico tengo que estar muy enferma; si puedo aguantar sin tomar nada lo hago. Lo que no puedo es trabajar con dolor de cabeza. Ahora se ha pasado.
Creo recordar que anoche tomé unas cuatro o cinco cervezas. No más. Sólo que el madrugón también influye.
La mañana además está bastante tranquila.

En mi pueblo hay procesión y misa en la ermita hoy. No parece que el tiempo vaya a acompañar. Hoy habrá buena comida en todas las casas, sólo que yo tengo que quedarme a comer aquí (peluquería). Realmente podría ir a comer a casa, lo que ocurre es que llegaré y todos estarán en el vermout, tendría que esperar bastante rato porque hoy es un día de ésos que se come tarde y llegaría impuntual esta tarde. Así que mejor me quedo.

A las siete tocan diana

Minutos previos al chupinazo, desde el balcón del Ayuntamiento

No voy a negar que me cuesta escribir, que a pesar de beber sólo cervezas siento una alegría inusual. Ni sé lo que me ha impulsado a coger el portátil para ponerme a escribir ahora. Yo iba a regresar a casa a las dos, pero no había prisa y, a pesar de que me ha fastidiado volver a casa a las tres, me he obligado.
Mañana puedo ir a las nueve, a las diez o a media mañana. Nadie me echará el alto. Sin embargo, sé que estaré puntual a primera hora, como todas las mañanas.
Sólo tengo que meterme a la cama, a pesar de la pereza, cerrar los ojos y pensar en que no estoy abrazando a la almohada, sino a...
Si siguiera hablando contaría secretillos, y siento incluso predisposición a hablar, así que prefiero parar aquí.

jueves, agosto 20, 2009

Presentando el presente

El presente pasa tan rápido que, en cuanto vuelvas a inspirar nuevamente, ya se habrá convertido en una acción pretérita.
Nunca nos paramos a pensar; miramos al futuro con esperanzas, ilusiones, deseos; volvemos la cabeza hacia atrás para recordar momentos que pudieron ser mejores y, a veces, no reparamos en que posiblemente el mejor instante de nuestra vida sea el momento presente.
Y el presente es amplio, se puede extender a un solo sentimiento, un solo pensamiento que está candente ahí; ni lo ocultas ni lo ciegas, sigue tan presente como el presente.
El mejor momento es ahora, porque ahora nunca volverá a ser más que en otro momento futuro similar pero diferente.
Son las 20.42h. del 20 de agosto de 2009. No volverá. Estoy disfrutando escribiendo esto.
El presente es el mejor momento de nuestra vida porque siempre está en gerundio; ahora es ahora y sólo es necesario un segundo para pensar en ello e, instantes después, se habrá convertido en pasado.

Flashback

Es inevitable no pensar en las fiestas de otros años.
El año pasado las pillé con tantas ganas que todos los días regresé a casa después de que hubiera salido el sol. Fue una excepción; por lo general, no espero a que se haga de día excepto en la madrugada del sábado. Este año posiblemente sea así.
Cuando yo venga mañana a la oficina seguirán de fiesta en la carpa. Menos mal que, desde mi casa, no se ve. También recuerdo ciertos momentos non gratos, pero, como todo, esos instantes cogen polvo en un rincón de la memoria. Al final das la espalda a todo aquello que te hizo daño en el pasado. A veces me pregunto sobre aquello y siento que en esa noche me convertí en una persona de piedra. No con todo el mundo, claro; sólo me muestro indiferente ante algo que me ha producido dolor, como fue el caso. Aún hoy no he conseguido olvidar, pero sí he llegado a ignorar. No creo que olvide nunca; si lo olvidara volvería a pisar la misma piedra, porque sólo el ser humano es el único animal capaz de tropezar dos veces con la misma piedra. Es curioso, nunca me he considerado una persona rencorosa y ni siquiera creo que guarde rencor y, sin embargo, soy incapaz de perdonar aún, aunque haya pasado todo un año. Es que hacer daño de manera gratuita y consciente sólo puede ser el acto de una especie de monstruo y, desde mi punto de vista, es imperdonable. Es posible que la herida esté curada. Para mí no hay vuelta de hoja. Hace muchos meses que tomé una decisión inquebrantable al respecto.
Igual hay personas que he conocido últimamente que, en cierto modo, me ayudan a olvidar lo inolvidable, pero esto ha sido sin querer queriendo, fruto de coincidencias, azares, alternativas, opciones que nos brinda la vida. Al final, todos terminamos quedándonos con las cosas buenas y, claro, también se termina perdonando a todo el mundo. Es el tiempo el que enfría y cura las heridas. En todo este tiempo simplemente era mejor no pensarlo y, aunque complicado, intentar que no influyera. Y creo que al árbol caído siempre le puede quedar un trozo de vida; supongo que puedo ser como ese árbol caído, pero no muerto, que de un día para otro buscó la fuerza para sobrevivir buscando tan sólo aire sano y energía positiva, poniendo tierra de por medio con todo aquello que contaminaba y enrarecía el ambiente. Supongo que supe, de alguna forma, hacer que se impusiera la razón por encima de todo.
Por hablar de otras fiestas, recuerdo en vísperas de un viaje a Madrid donde me tuve que ir a hacer un Curso de Verano a El Escorial. Yo me tenía que ir a casa y dos amigos empezaron con la tontería de que fuéramos a la piscina, y finalmente aparecimos en mi casa unas veinte personas a bañarnos. Siempre he pensado que bañarse en la oscuridad es bastante reconfortante. Esto fue hace ya unos años y a unas horas tan avanzadas que íbamos un poco cieguillos. Después volvimos a la verbena y la gente nos miraba raro porque íbamos todos mojados (por partida doble).
Y en las fiestas siempre aparecen parejas nuevas e inesperadas, lo que termina siendo mofoso al día siguiente porque, por mucho que se encondan, siempre hay alguien que los ve.
No sigo, porque al final me veré obligada a decir nombres al comentar anécdotas concretas.

Lo pasaremos bien.

El día que perdieron

El sábado por la tarde no disfrutaremos tanto en el frontón como hace un año, ya que los de mi pueblo perdieron el último día que jugaron.
A medida que sigue su curso la semana las gradas cada vez están más pobladas. A mí últimamente no me ha dado por pasarme, sobre todo porque he llegado casi a la hora de cenar. Creo que mañana hay pelota y, por supuesto, el sábado y si llego a tiempo (ya que tengo boda en Logroño) estaré allí, juegue quien juegue.

De hecho, creo que sólo podré disfrutar a tope el Día de las Patatas, que es este domingo. Esto es un guiño a aquello de:
-¿Qué conocéis de mi pueblo?
-C. y las patatas.

Un nuevo amanecer

Y sentir que la brisa matinal acaricia tu piel, mientras cierras los ojos para no pensar.

Debería haber ido a comer a Ezcaray, pero sé que me costaría volver de nuevo al trabajo, mientras todos se quedan a disfrutar de la sobremesa y de la tarde.

Estoy demasiado tranquila. A ver si dura...

Preparando los petos


Mañana a estas horas la plaza de mi pueblo rezumará alegría y olerá a fiesta recién comenzada. Calculo que podré quedarme hasta las dos, sin pasarme de esa hora.
Acabo de sacar los petos del armario. Sigo pensando en que el último (color kiwi-cereza) aún no ha empezado a gustarme y que seguiré usando el viejo (naranja-negro). No tiene nada que ver con el color: el viejo tiene más bolsillos.

miércoles, agosto 19, 2009

Y parecen siglos

19 de agosto...
No hace mucho he caído en que parece que ha pasado una eternidad desde el anterior. Lo cierto es que los días se me pasan tan rápidos que apenas me da tiempo a saborearlos y, contrariamente, un mes es poco tiempo pero me da la sensación de que aquello que tengo en mente bien pudo haber ocurrido hace siglos. Es como si cada hora del último mes se hubiera convertido en un año.
Es extraño. Parecen recuerdos esculpidos en piedra de una época pasada que jamás existió.

Tantas cosas que decir

Me apetece escribir algo, algo bonito, algo que llegue, algo que lea mañana o dentro de dos años y no me arrepienta nunca de haberlo escrito.
Y ¿qué puedo decir que esté dotado de una belleza tal que linde con la perfección? Sólo tengo que pensar en una persona para cerrar los ojos y dejarme llevar. Me pregunto hasta qué punto es correcto que yo escriba sobre este tema, dónde están los límites de lo que se debe y no se debe decir, por qué últimamente me guardo tantas cosas... Quizás es porque estoy un tanto desconcertada.
Cuando no sabes a lo que te expones, lo que piensa la otra persona, es muy difícil permitir que los pensamientos fluyan libres. La incertidumbre te lleva a la inseguridad, a la intranquilidad de no saber qué hacer o qué decir; desde hace semanas tengo un nudo en el estómago. Al pensar en otras cosas, al intentar mantener ocupada mi cabeza en el día a día, desvío mi mente, la engaño para que no alimente la desazón. Quizás estoy desanimada, pero es algo en lo que ni siquiera me he parado a pensar.
¡Oh! Iba a ser bonito, pero me cuesta que emane la alegría. Me corroen un sinfín de preguntas que estoy evadiendo, y que finalmente saldrán a la superficie. Es como un torbellino que me está azotando con pasión, una y otra vez. En último término, mal o bien, sales del huracán en que estás inmersa.
Da igual. Sigo cerrando los ojos y le sigo viendo entre brumas, sigo soñando con él aunque al día siguiente no me acuerde, sigo tomando café a la misma hora de siempre (últimamente antes por otras cuestiones que me sacan a la calle antes de tiempo)...

Ante mí se vislumbran dos caminos. Donde empieza uno hay un indígena que siempre miente, el otro está custodiado por un indígena que siempre dice la verdad; un camino lleva a la tribu caníbal, el otro te sacará de la jungla en la que te encuentras. Sólo puedes hacer una pregunta. ¿Qué debes preguntar para que te digan cuál es el camino bueno?
Aprovechando los dos caminos me he acordado de este acertijo. Tampoco recuerdo la solución, aunque es cierto que si la pienso terminaré sacándola. Supongo que siempre nos encontramos ante una moneda de dos caras y tomar decisiones es algo que tenemos que hacer todos, y muchas veces, en esta vida. Yo tengo las cosas bastante claras, pero necesito saber otras cosas que no provienen de mí. He aquí el origen de tanto desconcierto.

Es hora de marchar. Necesito darme una ducha de ésas que duran siglos, en las que sientes que con el agua y el jabón desaparecen todas las cargas y pesares del día. Y aunque parezca que estoy algo descorazonada no es así; realmente me siento con una vitalidad fuera de lo común, pese a la hora.
Hoy quería decir algo bonito, quizás a veces la desazón se tiñe de una belleza inesperada. Lo hermoso no siempre va de la mano con la felicidad. Hoy quería decir algo bonito, pero tendrá que esperar a mañana porque se me ha hecho tarde. Quizás haya en todo lo recién escrito alguna frase que merezca la pena; no voy a pararme a releer.

Siempre hay algo que decir. Cualquier minucia o pequeñez que aparezca en el día a día es escribible. Todo es escribible. Y hay muchas formas de hacerlo.
Hoy toca café donde siempre y el simple hecho de estar con tu gente te depara momentos tan gratos que nunca tienes ganas de marchar. Como ahora, que no me apetece parar y, sin embargo, me veo obligada a hacerlo, porque en un rato oscurecerá. Quiero llegar a casa y que aún sea de día.
Hacía días que no me quedaba aquí hasta tan tarde.

Una llamada inoportuna

Cuando iba a coger el coche me ha sonado el móvil. He estado hablando por teléfono como tres cuartos de hora. Y eso que no me gusta el teléfono. Era mi mejor amiga, que acaba de llegar de vacaciones, así que nos hemos estado contando novedades. Acabo de quedar con ella, así que la llamada nos la podíamos haber ahorrado, ya que nos vamos a ver en un rato.
La llamada era inoportuna porque al final no he ido donde había decidido ir. Cuando he visto que eran las 19.45h. he regresado a la oficina. Lo de Santurde puede esperar, sólo que ahora tendré que sacar un momento mañana por la mañana.
Si es que odio el móvil por algo. Aunque me han dicho muchos que tengo una voz muy dulce telefónicamente hablando. Que lo odie no quiere decir que se me note al hablar.

Sólo soy borde con los que me intentan hacer cuestionarios de Movistar.

Esto es el nunca acabar

Cuando den las siete tengo que subir a Santurde. Ganas tenía cuando me han llamado pero, al estar sola en la oficina, no puedo marcharme hasta que no acabe el horario. Ahora no me apetece mucho ir hasta aquel pueblo. Lo más lógico sería que, al volver, me fuera directamente a casa, pero sé que no va a pasar, sino que me quedaré levantando trabajo al menos una hora más.
Lo que es seguro es que me tomaré algo en la cafetería del spa, más que nada porque no hay día que no suba a Santurde que no entre, a veces incluso sólo a saludar.

¡Cómo se nota que hoy ya no juegan los de mi pueblo! Ayer perdieron y ya no estarán en la final como el año pasado.

¿18 de agosto?

A la hora de escribir hoy la fecha en dos ocasiones he puesto el día de ayer. En la segunda estaba claramente segura de que estábamos a 18 y a martes. No sé por qué será, quizás por ir con prisas a todos los sitios, por correr sin parar a pensar, por ir saltando de asunto en asunto casi sin enterarme. Al final, mirando el calendario, me he sorprendido viviendo en un día que ya ha pasado. A veces me da la sensación de que aún no ha terminado la jornada anterior. No sé por qué es esto, pero ahí está.
Agosto ya está en su última fase.

Esta mañana me he cruzado por la calle con un 'amiguito'. Realmente no es mi amigo. Es que he estado en tantos cuarteles últimamente (no por nada que yo haya hecho, ni tampoco he pisado los calabozos ni nada de eso), que ya me conocen y me saludan por la calle. Espero que esto sirva para que no me multen por tener mal aparcado el coche y para que me ignoren en los controles de carretera, etc. La verdad es que prefiero no encontrármelos, no es que tenga nada contra los guardias, simplemente que donde están, por lo general, es porque ha pasado algo.

Y a la hora de comer no he saboreado nada. Me he marchado como alma que lleva el diablo porque tenía una tarea urgente que hacer antes de las 16.00h.
Con todo, en el momento en que he caído en que es miércoles sólo he pensado que "mañana empiezan las fiestas de mi pueblo".

Un grave despiste

Siempre he pensado que internet es peligroso en el sentido de dar datos personales. Respecto a esto, me cuido mucho de lo que cuelgo, de no dar más que los datos imprescindibles pero nunca concretos (y si son concretos jamás serán reales). Puedo describir una ciudad grande que me pille cerca, incluso nombrarla, pero jamás diré los nombres de lugares pequeños.
Igual que los nombres de personas. Si me siento obligada a hablar de alguien, o bien lo obvio de tal manera que no se haga necesario decir su nombre, o bien pongo una sola inicial que lo simplifique todo.
Lo mismo me pasa con las fotos. Nunca se sabe quién las puede ver, adónde pueden llegar. Así que seguiré colgando fotos hechas por mí, pero no mías ni de gente cercana.

Hace cinco minutos se ha encendido una bombilla y he descubierto que en una de las últimas entradas di, inconscientemente, un dato clave de mi vida, que si bien pasa desapercibido a mí no me han dejado de subir los calores al caer en la cuenta de lo que considero un despiste mayúsculo que se puede eliminar como si nada hubiera ocurrido. Pongo tanto cuidado en estas cosas que a veces algo se me pasa por alto.
De todas formas, estoy pensando que no es tan grave. Que yo sepa sólo tienen esta dirección cuatro personas y el blog sigue, como en el momento de su creación, con su estatus oculto.

martes, agosto 18, 2009

Sigue el camino de baldosas amarillas

La imaginación esconde tesoros insospechados, algunos de ellos, incluso, no los llegaremos a conocer nunca. A mí me dicen que tengo mucha imaginación, yo creo que todo es, más bien, fruto de una potente y ferviente creatividad.
Cuando camino por la calle es fácil que se me encuentre despistada, porque siempre estoy inventando historias. Con cualquier nimio detalle, objeto o quizás con el hecho de cruzarme con una persona que me llame especialmente la atención ya tengo el germen de una historia que empieza a moldearse lentamente en mi cabeza, una idea abierta a miles de posibilidades, aunque después deseche casi todas y varíe la idea inicial. Ahí comienzan los entresijos de una trama que puede plasmarse por escrito o no.
Cuando era pequeña era una maniática de las baldosas de las aceras e iba saltando de unas a otras, guiada por el color. No es que siguiera el camino de baldosas amarillas; sin duda estaba influida por aquel reino de Oz.
Hoy iba caminando por una calle céntrica y, por una vez, no estaba concentrada en una historia a punto de florecer, ni me iba fijando en los colores de las baldosas... Hoy pensaba en que alguien podía haber caminado en esa dirección minutos antes, que seguro que ha caminado por las mismas calles que yo, que quizás dos horas más tarde usara ese mismo recorrido, y nunca hemos hecho ese mismo trayecto a la vez. Es curioso.
Esto me pasa por caminar despacio y dejarme influir por el camino de baldosas amarillas.

Agua

Se me ha pasado el día tan rápido que, cuando empiezo a pensar en lo que he hecho hoy, soy incapaz de enumerar todo. He llegado a casa, he comido sola, puesto que andaba con prisas y éstas se debían a que no encuentro mejor momento para lavar el coche que en el paréntesis entre la comida y la hora de entrada a la oficina, y siempre es en Autolavado de Santo Domingo, que a esa hora brilla por la ausencia de gente. Además ha sido el coche de mi padre, al que he dado mi palabra de que lo tendría en casa a las 19.00h., aprovechando que he quedado en el frontón con mi gente y que hoy sí que estaré allí, animando a los nuestros.
Ha habido un momento de la tarde en que sudaba a chorros y creo que he estrenado la ducha de la oficina. Lo hubiera evitado si hubiera podido; la verdad es que después me he quedado mejor. Incluso se me ha quitado un poco el sueño que me persigue, motivado sin duda alguna por el calor.
Me queda por hacer una cosilla antes de marchar. La verdad es que me quedan muchas cosillas, pero el resto puede esperar.
Por una vez tengo el bocata(*) del correo con emails que no he tenido tiempo de leer, supongo que también pueden esperar.
Hay prioridades y otros asuntos no tan prioritarios. Siempre se lo explico a mi hermano pequeño; él cree que el fútbol es algo prioritario en su vida, yo creo que no lo es tanto, sino que hay cosas más importantes, por ejemplo, que no ha tocado un apunte en lo que lleva de verano. Todo será por fastidiarle. Tenemos un carácter tan parecido, a pesar de la diferencia de edad, que siempre estamos como el perro y el gato.

(*) En Gmail hay una extensión que se llama GTalk que coloca un bocadillo como los de los tebeos en la barra del escritorio y aparece una M roja cuando tienes correo, como es el caso.

Cita a las 19.00h.

Hoy he dado mi palabra a mis amigos de que estaré puntual antes de que empiece el partido. Ojalá me dejaran arbitrar, sólo que ya se sabe que iba a ser a favor de los de mi pueblo; además juegan en casa y nadie me va a decir nada.
Saldré un poco antes para estar a la hora. Y ya que ayer me perdí el partido que no se jugó (los otros no se presentaron) hoy necesito contagiarme del ambiente que sé que habrá en el frontón donde, por cierto, ayer debían estar las gradas llenas.

En mi pueblo está la gente que salta a la mínima. Ayer se buzoneó todo el pueblo; era la réplica del Ayuntamiento al artículo del señor Amarillo en la revista de la Asociación. No debería decir que era una carta impresentable donde se pegaban muchas patadas al diccionario y daba la sensación de que quien había escrito aquello estaba enormemente alterado. Mofas aparte. En mi pueblo saltan chispas.
Creo que es mejor quedarse tras la barrera. Yo paso de las movidas estas, más que nada porque no merecen la pena y porque tengo razones de peso como para no posicionarme junto a ninguna de las partes.

Otra vez la acera


Si mi padre hubiera visto dónde he dejado su coche esta mañana igual me esconde las llaves la próxima vez (aunque realmente no lo creo), además ya me ha comentado que me estoy aficionando. La verdad es que tenía que ir en esa dirección, iban a ser cinco minutos y no había un sitio libre a las ocho de la mañana. Así que si el otro coche sí, ¿por qué éste no va a ocupar acera? En los primeros días que lo cogía temía aparcarlo, ahora ya no.
Lo que de verdad le pasa a mi padre es que cuida el coche como oro en paño; no me lo dice, pero yo creo que teme que algún día aparezca en casa con algún rayón.
Me gusta conducir ese coche, aunque echo de menos el embrague. Lo que es cierto es que pisas un poco el acelerador y te pone a 160km/h en cuestión de segundos. De la fuerza te echa para atrás, aunque también impone un poco. Me da respeto y no quiero perder ese respeto. Al fin y al cabo, nunca te puedes confiar.