domingo, agosto 09, 2009

Una visión en la madrugada

A las cinco de la mañana me fui en busca de un taxi. Llovía suavemente, hacía frío -aunque no lo notaba- e iba caminando descalza, pero mis pies no sentían que el suelo estaba mojado y, bien pensado, me podía haber cortado, porque estamos hablando de una calle céntrica.
A las cinco de la mañana no había un solo taxi en la parada, así que me pensé en serio si ir caminando hasta casa. Son seis kilómetros. También son efectos del alcohol.
En el camino me encontré con Alfredo. Así parece como si fuera alguien a quien conozco de toda la vida, pero no es así. Nos conocimos anoche y estuvimos hablando un rato. Le dije que me iba caminando, igual que los peregrinos. Creo que él estaba de despedida y que era de Vitoria. Recuerdo su cara de sorpresa ante tal decisión. Finalmente nos fuimos cada uno en direcciones opuestas.
A los cinco minutos ya estaba pensando que, por mucha fuerza de voluntad que tenga y la seguridad de que sí sería capaz de venir a casa caminando -eso sí, descalza- durante seis kilómetros, es peligroso que una chica sola vaya junto a una carretera nacional de madrugada. Por supuesto, iría por el camino de los peregrinos, pero aún así... es peligroso. Así que sólo se me ocurrió llamar a información telefónica y que me conectaran con un taxi. Fue coser y cantar y además tuve suerte, porque el taxi llegaría en diez minutos. Cuando el taxista me preguntaba el nombre por teléfono, volvió a aparecer Alfredo y reanudó la conversación de antes. Yo ya sé lo que quería; verle aparecer por segunda vez fue sugerente, sobre todo cuando me dijo que me acompañaba a casa.
En ese momento tuve una visión. Cuando tienes a una persona en la cabeza no hay sitio para otros. No le había visto esa noche, pero en cierto modo le estaba viendo en ese instante, en mi mente, sí, pero era él al fin y al cabo.
Sin perder la compostura y de manera educada le dije a Alfredo que se fuera a casa y que no se preocupara, que ya no iba a ir a mi pueblo caminando.

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