martes, agosto 04, 2009

Pequeños impulsos

Siempre he pecado de impulsiva, demasiado impulsiva. El problema que conllevan esos impulsos repentinos en los que no te paras a pensar es que después podrías arrepentirte. Me he tirado por el acantilado en innumerables ocasiones y, en muchas de ésas, me he dado grandes batacazos.
Llega un momento en que empiezas a replantearte las cosas, a reflexionar antes de dar el siguiente paso, a pensar en las consecuencias. Sigo siendo igual de impulsiva (eso es algo innato al carácter de una persona y no creo posible que llegue a desaparecer nunca), sólo que ahora sabes que puedes controlar tus emociones, que antes de tirarte de cabeza te lo piensas no dos veces sino veinte.

Esta tarde he conseguido controlarme. He tenido que llevarle a mi hermano el móvil que se había dejado en casa, me he liado en conversaciones de cafetería y eran las cinco cuando he decidido que sólo quería bañarme y escribir.
Con diez años menos lo hubiera hecho y encima habría sacado fotos. El caso es que algún coche ha librado esta tarde de que le pintara un monigote en la luna trasera. A mí se me daba bien el dibujo, sobre todo el artístico. Hubiera sido una pequeña travesura sin maldad, aunque no sé si a la persona que después hubiera tenido que limpiarlo le hubiera hecho tanta gracia.

No creo que el portátil sea un buen conductor del agua, pero necesito aire y agua y en estos momentos no cambio el jardín por la habitación. En la piscina me tiro de cabeza sin pensar, quizás porque sé lo que voy a encontrar en el otro lado.

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