miércoles, agosto 12, 2009

Época de reflexión

Que hoy haya escrito unas pocas palabras sobre lo complicado que me resultaría desaparecer en estos momentos no quiere decir que sea lo único que haya escrito hoy aquí. Sólo que a la hora de darle a publicar no lo he hecho. No sé por qué; supongo que no voy a decir nada que no haya dicho los últimos días. Para mí, es más difícil contenerme porque necesito sacar muchas de las cosas que llevo dentro, ya que como se vayan acumulando terminaría estallando cualquier día.
En cierto modo, también me siento algo cansada. No cansada por haberme encariñado con un cuasidesconocido entrañable, más bien estoy cansada de esperar y también de darle vueltas a la cabeza. Desde mi perspectiva particular, siempre he comparado el hecho de dar vueltas a la cabeza con los remolinos de los ríos, que te arrastran hacia la negrura del fondo y cada vez es peor. Un día decidí no volver a hacerlo y siempre lo evito en la medida de lo posible.

Esta tarde me miraba las manos y pensaba en la suerte que tenemos de estar sanos, de no tener una enfermedad grave, de que no nos falte una mano o un pie... sabiendo que a la vuelta de la esquina igual haya alguien que cuente con uno de estos males (u otros) que les están mortificando. El problema es que nunca nos conformamos. Podemos tener una casa inmensa, conducir un coche enorme, estar respaldados por una familia que sabes que siempre va a estar ahí, disfrutar de un trabajo que posees en una época en que el tema laboral está en números rojos, puedes tener a tus amigos tan próximos que sólo se requieren cinco minutos para quedar con ellos... y, sin embargo, a pesar de tener todo puedes sentir que no tienes nada. Los humanos somos unos inconformistas por naturaleza. Claro que si estuviéramos de acuerdo con todo lo que nos rodea, nos podemos sentar tranquilamente a ver la vida pasar, que es más fácil que vivirla, luchar por lo que queremos, abrir los ojos cada mañana y sentir que una extraña energía fluye por tus venas impulsándote a seguir adelante, pese a los obstáculos -que siempre surge alguno, pero todos tienen arreglo-. Cuando sea una ancianita, ya me sentaré a ver la vida pasar y a reflexionar sobre lo que hice y dejé de hacer. De momento, voy a coger el próximo tren.

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