martes, agosto 25, 2009

Miedo a la tormenta

Cuando he salido de casa la tormenta estaba en su punto más álgido. Daba miedo, la verdad. Es cierto que a mí me dan pánico las tormentas, cuando relampaguea cierro los ojos y aprieto los dientes deseando que pasen pronto. Pero esta mañana tenía los rayos delante de la carretera, no se veía nada e iba muy despacito. Y sólo pensaba en que iba a ser fulminada por uno de esos rayos que surgían delante de mí.
Miedo es una palabra que se queda corta para describir las sensaciones de esta mañana.

Si hubiera salido cinco minutos más tarde no lo habría pasado tan mal. Pues cuando estaba aparcando la tormenta llegaba a su fin.

Ahora queda el olor a tierra mojada, a frescura infinita. Lo mejor de las tormentas son los afrodisíacos aromas de después.

La tormenta de esta mañana me ha traído a la memoria otra de hace muchos años. Con 18 años y recién sacado el carné de conducir, nos vinimos una amiga y yo a Santo Domingo a tomar un café. Fue entonces cuando empezó a caer una tremenda y empezó a oscurecer. Estuvimos esperando a que escampase, pero no tuvimos suerte. Y yo, por mucho que me pesara, tuve que coger el coche y volver a casa a paso de tortuga. Y con un miedo atroz, por supuesto.
A mí sólo me gusta ver las tormentas de lejos y, si me pillan de cerca, prefiero estar resguardada en casa.

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